Este blog es un regalo. Yo quería tenerlo y alguien que me quiere me lo regaló. Yo quería que mi casa tuviera ventanas y puertas y él me regaló una casa entera. El lo llenó de sol y yo de otoño. Todo tiene su momento. Este es el mío. No tiene un tema, solo tiene un fin aunque todavía no sé cuál es. Está aquí, es mi regalo. Cuidaré de él.
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domingo, 17 de septiembre de 2017
MI VIDA SIN TI...
Este ha sido un mes para pensar mucho en la muerte. Nosotras que siempre lo hemos hecho.
Le hemos dedicado tiempo una vez más a lo que sucede en ese transito entre la vida y la muerte. Y a la vida y a la muerte, como espacios contrapuestos y complementarios. El tiempo que vivimos y aquel en el que ya estamos muertos quizás, para seguir estando, pero siempre de otra manera.
La muerte esta semana de una cooperante española en Afganistan, a manos de un paciente y todo el eco mediatico de esa noticia, quizás para mi mayor por motivos laborales, ha vuelto a generarme inquietud. Es verdad, no es politicamente correcto, pero no nos duelen igual todas las muertes, porque aunque las condenemos todas, no las elaboramos en la memoria emocional de la misma manera. Y hay algo en su muerte que me produce desazón. Y es su imborrable e inmensa sonrisa. Tan llena de vida, tan ilusionante.
Tienen en común las muertes del último mes, que son muertes inesperadas, que nos pillan de sorpresa, que sentimos injustas, inexplicables y que nos dejan un gran dolor, a veces personal y a veces colectivo.
Muertes que no nos dejaron anticiparlas y prepararnos para ellas porque no alcazábamos a imaginarlas tan cercanas. Muertes que truncan vidas jóvenes en su mayoría, con un largo recorrido por delante, vidas que imaginábamos y que sin embargo ya no serán. Y en ese no ser de su ausencia, nos dejan un dolor profundo a los que sí tenemos que seguir viviendo.
Decía hace unas semanas que esa certeza de la fragilidad de la vida me había presionado emocionalmente para celebrarla, a ella y su presencia en los que seguían estando pero, ciertamente, en estos últimos dias mi reflexión apunta más bien a cómo seguimos viviendo (estando) en compañía de nuestros muertos. Qué hacer con ese vertigo que da la ausencia -para siempre- de quien se fue de manera inesperada.
Decía Rosa Montero en su libro "La rídicula idea de no volver a verte": " Cuando un niño nace o una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible. Nunca se siente uno tan auténtico como bordeando esas fronteras biológicas: tienes una clara conciencia de estar viviendo algo muy grande"...y es verdad.
Y no es complejo prepararse para vivir, incluso para seguir viviendo tras una muerte, cuando de alguna manera ésta es previsible. Duelen todas, pero las inesperadas duelen más y de hecho esa falta de previsión es uno de los factores que complican el duelo. Ninguno de ellos, los que hoy ya no están, nos avisó, ninguno advirtió que se iría para siempre y, siento, que nos han dejado cargados de orfandad.
Y dado que todos en algún momento nos convertimos en huérfanos de la presencia de alguien, me pregunto cuándo dejamos de percibirnos como tales. Y si el destino, es ese. Es que ya no sea sentir que no estás, que me faltas, sino que sea que estes de otra manera y que no me duela tanto tu ausencia, entonces, por favor dime cómo se hace.
Cómo hago para que esa sonrisa infinita que tienes en todas las fotografías e imágenes que he visto en estos días, no sea algo que sienta que, como posibilidad; hemos perdido para siempre. Y piense en tus dolientes vivos y en su doloroso sentimiento de pérdida.
Como dice el poeta, a veces siento que "no perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta..."
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Montse Hernández P.
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lunes, 4 de septiembre de 2017
... COSAS QUE NUNCA TE DIJE
...es el título de una película de Isabel Coixet. Recuerdo levemente el argumento, pero el título siempre me resuena. Pienso mucho en las cosas que no decimos ...sobretodo cuando son importantes.
Yo creo que de fallar, fallo por lo contrario. Digo más de lo que a veces debería. No porque sea una de esas personas que se dicen directas y que, desde mi punto de vista, a menudo son inoportunas y groseras, sino porque a veces digo cosas que otras personas no están preparadas para oír o no saben que hacer con ellas, o porque a veces, esto último, también me pasa a mi, que me pregunto ¿Y ahora que hago con esto?...
Jamás me he detenido a pensar qué efecto puede tener en otra persona el decirle un piropo o una palabra bonita en relación a sí misma..., hacerle saber el grato efecto que su presencia tiene en mi. ...hacerle saber que le veo, que le siento, y que su presencia y buen hacer, hacen mi vida mejor, más sencilla, más ilusionante. Me espanta que la vida pueda dejarme sin la oportunidad de decírselo en la cotidianidad. No quiero decirlo porque es su cumpleaños, navidad, se va a vivir a otro país o simplemente lloro su muerte. Quiero que lo sepa, hoy y en ese instante. "Me gustas y celebro tenerte en mi vida"...y además decirle el por qué, cuáles son mis razones. No es un elogio vano, es que de verdad, le celebro.
Este verano en familia he sido consciente de las personas que celebro tener allí. Siempre lo soy pero a veces más. Esta llegada a casa tan consciente de lo efímera que es a veces la vida con tantas muertes inesperadas me ha hecho pensar mucho más en esto de hacer sentir a la gente cuan importante es para nosotros
Y así he estado muy pendiente de celebrar la vida y a los vivos. En uno de esos encuentros que el verano me regala, tras mucho rato hablando de sí mismo, mi interlocutor me preguntó ¿Y tú como estás?... su pregunta me agobió un poco porque solo pude responderle: Estoy. Y en ese momento me pareció una respuesta simple, incluso inquietante y angustiosa, insuficiente, al lado de su relato cargado de novedades. ...Pensé... "No tengo nada que contarte" terrible.... Y he estado pensando en esa conversación y esa situación, en contraste con las otras dos conversaciones, que no tuve.
Una, por cierta cobarde prudencia que me alegro de esgrimir, todo se andará. Porque sí, a veces hay conversaciones que por comprometidas es mejor que falten. Seguro que el tiempo les resta el peso del compromiso y le sumamos picardía y risa. Está ahí pendiente, aún así espero haberte hecho sentir que eres importante.
Y la otra, que me sigue haciendo pensar. A veces no hablamos, lo que no quiere decir que no comuniquemos. No hemos hablado, cierto. Apenas hemos coincidido para hacernos promesas ...encuentros que duran un instante: y te miro y te siento... y hay algo que es diferente y se me va la cabeza en explicaciones posibles. Con lo fácil que es hablar... La primera vez que me te hablé, te lo dije: como no aproveche esta ocasión... Las cosas que nunca te dije, a veces se parecen a las cosas que no se como decirte (en este caso para tranquilizarte)...Por eso escribo, porque necesito decirtelo. Sea lo que sea, estamos aquí.
Comunicar, que importante...
Mientras fue niña mi único objetivo con H. fue hacerla sentir amada. Con la adolescencia mi único objetivo es que además de amadas (sigamos o no en ello) mantengamos la capacidad de comunicarnos...H. es muy orgullosa y yo una persona más bien silenciosa y solitaria. Hago un ejercicio consciente cada día para que, parafraseando el libro, pueda seguir hablándole de manera que me escuche y pueda seguir escuchándola para que ella me hable...
Ayer, tras un día especialmente poco comunicativo y algo tenso en confianzas, H. volvía a casa tras pasar casi tres horas con tres compañeras del cole. En ese estar conscientemente atenta le pregunté por lo que habían hecho..., lo que habían hablado.... Y tras un ratito aparecen las cosas que quiero que me diga: "Mamá porque I. dice que ella sí quiere fumar. ¿Es tonta o qué?"... Sabes qué....Ni L. ni I...quieren a sus madres ¿Por qué?....Mamá, no me sé el nombre de ninguna cerveza y ellas sí. ¿Es normal?.... Cuantas cosas para conversar y terminar el día arropadas en nuestros miedos, dudas y certezas.
Poder saber de qué habla mi hija con sus amigas cuando no es por el móvil -que puedo más o menos seguir-...Saber que sigo siendo un referente para ella, que sigue contrastando su visión del mundo conmigo, que me de la posibilidad de darle mi opinión, solo mi opinión, al respecto de esa conversación...me parece tremendamente importante...y cuanto más se mantenga mejor, porque los días que sus respuestas a mis preguntas son monosílabos, realmente me inquieta que algo esté pasando...y que haya cosas que nunca me diga.
Y no, no me olvido de que aquellas que nunca dije a mi padres. Que además de serenidad y paciencia, hay que tener memoria.
Yo creo que de fallar, fallo por lo contrario. Digo más de lo que a veces debería. No porque sea una de esas personas que se dicen directas y que, desde mi punto de vista, a menudo son inoportunas y groseras, sino porque a veces digo cosas que otras personas no están preparadas para oír o no saben que hacer con ellas, o porque a veces, esto último, también me pasa a mi, que me pregunto ¿Y ahora que hago con esto?...
Jamás me he detenido a pensar qué efecto puede tener en otra persona el decirle un piropo o una palabra bonita en relación a sí misma..., hacerle saber el grato efecto que su presencia tiene en mi. ...hacerle saber que le veo, que le siento, y que su presencia y buen hacer, hacen mi vida mejor, más sencilla, más ilusionante. Me espanta que la vida pueda dejarme sin la oportunidad de decírselo en la cotidianidad. No quiero decirlo porque es su cumpleaños, navidad, se va a vivir a otro país o simplemente lloro su muerte. Quiero que lo sepa, hoy y en ese instante. "Me gustas y celebro tenerte en mi vida"...y además decirle el por qué, cuáles son mis razones. No es un elogio vano, es que de verdad, le celebro.Este verano en familia he sido consciente de las personas que celebro tener allí. Siempre lo soy pero a veces más. Esta llegada a casa tan consciente de lo efímera que es a veces la vida con tantas muertes inesperadas me ha hecho pensar mucho más en esto de hacer sentir a la gente cuan importante es para nosotros
Y así he estado muy pendiente de celebrar la vida y a los vivos. En uno de esos encuentros que el verano me regala, tras mucho rato hablando de sí mismo, mi interlocutor me preguntó ¿Y tú como estás?... su pregunta me agobió un poco porque solo pude responderle: Estoy. Y en ese momento me pareció una respuesta simple, incluso inquietante y angustiosa, insuficiente, al lado de su relato cargado de novedades. ...Pensé... "No tengo nada que contarte" terrible.... Y he estado pensando en esa conversación y esa situación, en contraste con las otras dos conversaciones, que no tuve.
Una, por cierta cobarde prudencia que me alegro de esgrimir, todo se andará. Porque sí, a veces hay conversaciones que por comprometidas es mejor que falten. Seguro que el tiempo les resta el peso del compromiso y le sumamos picardía y risa. Está ahí pendiente, aún así espero haberte hecho sentir que eres importante.
Y la otra, que me sigue haciendo pensar. A veces no hablamos, lo que no quiere decir que no comuniquemos. No hemos hablado, cierto. Apenas hemos coincidido para hacernos promesas ...encuentros que duran un instante: y te miro y te siento... y hay algo que es diferente y se me va la cabeza en explicaciones posibles. Con lo fácil que es hablar... La primera vez que me te hablé, te lo dije: como no aproveche esta ocasión... Las cosas que nunca te dije, a veces se parecen a las cosas que no se como decirte (en este caso para tranquilizarte)...Por eso escribo, porque necesito decirtelo. Sea lo que sea, estamos aquí.
Comunicar, que importante...
Mientras fue niña mi único objetivo con H. fue hacerla sentir amada. Con la adolescencia mi único objetivo es que además de amadas (sigamos o no en ello) mantengamos la capacidad de comunicarnos...H. es muy orgullosa y yo una persona más bien silenciosa y solitaria. Hago un ejercicio consciente cada día para que, parafraseando el libro, pueda seguir hablándole de manera que me escuche y pueda seguir escuchándola para que ella me hable...
Ayer, tras un día especialmente poco comunicativo y algo tenso en confianzas, H. volvía a casa tras pasar casi tres horas con tres compañeras del cole. En ese estar conscientemente atenta le pregunté por lo que habían hecho..., lo que habían hablado.... Y tras un ratito aparecen las cosas que quiero que me diga: "Mamá porque I. dice que ella sí quiere fumar. ¿Es tonta o qué?"... Sabes qué....Ni L. ni I...quieren a sus madres ¿Por qué?....Mamá, no me sé el nombre de ninguna cerveza y ellas sí. ¿Es normal?.... Cuantas cosas para conversar y terminar el día arropadas en nuestros miedos, dudas y certezas.
Poder saber de qué habla mi hija con sus amigas cuando no es por el móvil -que puedo más o menos seguir-...Saber que sigo siendo un referente para ella, que sigue contrastando su visión del mundo conmigo, que me de la posibilidad de darle mi opinión, solo mi opinión, al respecto de esa conversación...me parece tremendamente importante...y cuanto más se mantenga mejor, porque los días que sus respuestas a mis preguntas son monosílabos, realmente me inquieta que algo esté pasando...y que haya cosas que nunca me diga.
Y no, no me olvido de que aquellas que nunca dije a mi padres. Que además de serenidad y paciencia, hay que tener memoria.
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domingo, 13 de diciembre de 2015
ESPERANZA DE VIDA...
En las últimas semanas me he encontrado nuevamente con él. Siempre viene a verme cuando necesita darme o decirme algo. Esta vez viene a pedirlo. No importa. Jamás pide y esta vez pide con razón.Cuando le veo pienso en que hay algo que hace maravillosos a los negros rostros del África Subsahariana. Su sonrisa y sus ojos brillan como no lo harán nunca los rostros blancos. Su mirada y su sonrisa me iluminan.
E. es oficialmente y legalmente "Solicitante de Asilo", sí de esos que hace unos meses se han puesto de moda. Existían antes del verano y seguirán existiendo después cuando ya les hayamos olvidado en el telediario, porque sus solicitudes dependen de lo que allí les pasa y no de lo que aquí "concedemos".
Pero el caso de E. es atípico. E. solicitó asilo de forma sobrevenida, después de muchos años en nuestro país. Le conocí hace dos años, cuando ya lo había pedido, así que nada tengo que ver en ello. Sus razones también son atípicas y la experiencia me dice que es más que probable que nunca le sea reconocido el estatuto de Refugiado aunque quizás sí la protección subsidiaria.
Tras dos años renovando fielmente esa solicitud cada seis meses como manda el marco legal, aquí sigue, en situación de estancia legal. Más, mucho tiempo más de lo que inicialmente cabía esperar...Lo "habitual" sería que ya le hubieran dicho que de eso nada....
Le pregunté la última vez, más bien por curiosidad ¿Cuándo solicitaste asilo... esperabas que te lo concedieran? ...No, me contestó....Tampoco esperaba entonces, seguir vivo a estas alturas. Y sonrió. No me importaba el futuro, porque no lo tenía...
Y base tiene, porque también tiene al menos una enfermedad que se suponía debía haberlo matado...pero ahí sigue. Vivo. Sonriendo. Tomando decisiones como si una vida larga le esperara.
E., con su actitud, hace crecer cada día su esperanza de vida. Lo hace con cada paso que da. Y yo celebro conocerle porque al hacerlo, os prometo que también crece en mi la esperanza...en la vida.
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Montse Hernández P.
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martes, 8 de diciembre de 2015
DEFENDER LA ALEGRIA
Estoy alegre.
Llevo días sintiendo y, sobretodo pensando alegrías, pequeñas alegrías.
Llevo meses sin escribir pero llevo días pensando en hacerlo. En escribir para celebrar la alegría.

Hace días, al llegar a casa, cuando se abrieron las puertas del ascensor, la navidad nos golpeó en la cara. A H. que venía conmigo y a mi, nos dio un ataque de risa. Era otra vez ella. Ella que no sé como se llama pero es mi vecina desde hace unos pocos años. Ella, la misma que llenó nuestro largo y anodino pasillo de hermosas plantas, y con eso le dio una calidez de la que soy consciente cuando subo al resto de pisos y los veo vacíos. Ella que nunca deja de sonreír. Ella que habla con una dulzura enorme. Sí, ella lo había vuelto a hacer....había llenado nuestro pasillo de adornos de Navidad.
Nada más abrir la puerta del ascensor...un belén, guirnaldas, colgantes con motivos navideños en cada ventana del patio interior.... Una exageración, incluso algo de mal gusto por lo recargado, pero ciertamente una exageración llena de vida. Y de alegría.
Cuando llegué a esta casa hace más de una década, ella no vivía aquí. Vivía él, con otra, que intuyo le hizo sufrir. A él le vi poco en esa época, lo suficiente para verle adelgazar, entristecer y desaparecer. La que fue su pareja se quedó en el piso. A los dos o tres años él volvió y entonces la que conocí como su pareja, desapareció. A ella, intuyo, le dolió menos la separación. Y no digo más porque no lo sé. Sólo se que me alegró verle volver a él porque parecía un buen chico y ella no lo parecía tanto.
Llegó, volvió a ser él, a sonreír. Y a su lado apareció mi actual vecina, dulce, sonriente, con sus perritas mellizas, que siempre nos saludan al llegar a casa. Ella que lo llenó de vida. A él, a nuestro pasillo, a nuestra navidad. Ella que rompe mis moldes con su delicadeza en el trato, sus horarios a destiempo ¿enfermera?, con sus atuendos de motera o sus abrigos talle largo, sus tacones o sus atuendos de runner. Ella, que sea lo que sea, siempre nos hace sonreír.
Que importante es rodearte de aquellos que te aportan alegrías. Que importante es tenerlas y, sobretodo, saber verlas.
Diciembre de por sí me supone alegrías, las alegrías propias de las celebraciones vitales, que no navideñas, aunque también. Diciembre celebra el inicio de un proceso migratorio que ha llenado mi vida de oportunidades y aprendizajes, que me ha convertido en una persona con la que me siento a gusto. Me gusta recordar esa fecha tan llena de simbolismos nacionales. Yo tenía que haber llegado en Noviembre pero un intento de golpe de estado en mi patria de origen demoró el viaje. Y llega Diciembre y con él, el cumpleaños de H., mi niña bonita que va haciéndose mujer. H. que cada día me supone más alegrías. Diciembre es para mi un mes de comienzos y no solo de finales.
Pero es verdad que andamos vital y laboralmente corriendo para "cerrar" el año adecuadamente y yo llevo días con un ojo en este presente y otro en el futuro que nos llega, tratando de no perder en esa disparidad de miradas, el paso y el ritmo que nos permita seguir avanzando. Escucho, descifro, intuyo, anticipo...
No es fácil sincronizar y acompasar emociones. Menos, hacerlo en medio de tantas urgencias e intensidades, en medio de tanto desaliento colectivo. Pero, es verdad, que si sabemos mirar, si sabemos rodearnos bien, quizás estemos mejor preparados para resistir los embates, y estoy segura que las cosas se nos harán un poco menos cuesta arriba.
Siento mucho desencanto por muchas cosas que me rodean, podría regodearme en ello...pero salgo al pasillo y mi vecina me alegra el día con su exagerada navidad. Voy a una reunión a la que no quiero ir y soy consciente de todas las cosas buenas que en ella recibo. Me regalo unos días de buena y elegida compañía, esa que me arropa y me hace sonreír. Simplemente duermo más y como mejor. Por unos días me obligo a pocos horarios y esas cosas sencillas me recuerdan lo facil que resulta a veces proveerse de pequeñas dosis de bienestar y alegría.
...y entonces la vida me regala una alegría inmensa, que no es mía, sino de otros que la han luchado y que merecen disfrutarla. Y estoy alegre sí, mucho. Y dure lo que dure quiero ser consciente de ella y disfrutarla en cada poro. Ya vendrán tiempos peores, sí. Y entonces seguiremos resistiendo al desaliento. Como ahora.
Yo también elijo y pienso, como recitaba en sus noches de desaliento alguien inmenso, "soy el amo de mi destino"... y sobretodo, "...soy el capitán de mi alma".
Llevo días sintiendo y, sobretodo pensando alegrías, pequeñas alegrías.
Llevo meses sin escribir pero llevo días pensando en hacerlo. En escribir para celebrar la alegría.
Hace días, al llegar a casa, cuando se abrieron las puertas del ascensor, la navidad nos golpeó en la cara. A H. que venía conmigo y a mi, nos dio un ataque de risa. Era otra vez ella. Ella que no sé como se llama pero es mi vecina desde hace unos pocos años. Ella, la misma que llenó nuestro largo y anodino pasillo de hermosas plantas, y con eso le dio una calidez de la que soy consciente cuando subo al resto de pisos y los veo vacíos. Ella que nunca deja de sonreír. Ella que habla con una dulzura enorme. Sí, ella lo había vuelto a hacer....había llenado nuestro pasillo de adornos de Navidad.
Nada más abrir la puerta del ascensor...un belén, guirnaldas, colgantes con motivos navideños en cada ventana del patio interior.... Una exageración, incluso algo de mal gusto por lo recargado, pero ciertamente una exageración llena de vida. Y de alegría.
Cuando llegué a esta casa hace más de una década, ella no vivía aquí. Vivía él, con otra, que intuyo le hizo sufrir. A él le vi poco en esa época, lo suficiente para verle adelgazar, entristecer y desaparecer. La que fue su pareja se quedó en el piso. A los dos o tres años él volvió y entonces la que conocí como su pareja, desapareció. A ella, intuyo, le dolió menos la separación. Y no digo más porque no lo sé. Sólo se que me alegró verle volver a él porque parecía un buen chico y ella no lo parecía tanto.
Llegó, volvió a ser él, a sonreír. Y a su lado apareció mi actual vecina, dulce, sonriente, con sus perritas mellizas, que siempre nos saludan al llegar a casa. Ella que lo llenó de vida. A él, a nuestro pasillo, a nuestra navidad. Ella que rompe mis moldes con su delicadeza en el trato, sus horarios a destiempo ¿enfermera?, con sus atuendos de motera o sus abrigos talle largo, sus tacones o sus atuendos de runner. Ella, que sea lo que sea, siempre nos hace sonreír.
Que importante es rodearte de aquellos que te aportan alegrías. Que importante es tenerlas y, sobretodo, saber verlas.
Diciembre de por sí me supone alegrías, las alegrías propias de las celebraciones vitales, que no navideñas, aunque también. Diciembre celebra el inicio de un proceso migratorio que ha llenado mi vida de oportunidades y aprendizajes, que me ha convertido en una persona con la que me siento a gusto. Me gusta recordar esa fecha tan llena de simbolismos nacionales. Yo tenía que haber llegado en Noviembre pero un intento de golpe de estado en mi patria de origen demoró el viaje. Y llega Diciembre y con él, el cumpleaños de H., mi niña bonita que va haciéndose mujer. H. que cada día me supone más alegrías. Diciembre es para mi un mes de comienzos y no solo de finales.
Pero es verdad que andamos vital y laboralmente corriendo para "cerrar" el año adecuadamente y yo llevo días con un ojo en este presente y otro en el futuro que nos llega, tratando de no perder en esa disparidad de miradas, el paso y el ritmo que nos permita seguir avanzando. Escucho, descifro, intuyo, anticipo...
No es fácil sincronizar y acompasar emociones. Menos, hacerlo en medio de tantas urgencias e intensidades, en medio de tanto desaliento colectivo. Pero, es verdad, que si sabemos mirar, si sabemos rodearnos bien, quizás estemos mejor preparados para resistir los embates, y estoy segura que las cosas se nos harán un poco menos cuesta arriba.
Siento mucho desencanto por muchas cosas que me rodean, podría regodearme en ello...pero salgo al pasillo y mi vecina me alegra el día con su exagerada navidad. Voy a una reunión a la que no quiero ir y soy consciente de todas las cosas buenas que en ella recibo. Me regalo unos días de buena y elegida compañía, esa que me arropa y me hace sonreír. Simplemente duermo más y como mejor. Por unos días me obligo a pocos horarios y esas cosas sencillas me recuerdan lo facil que resulta a veces proveerse de pequeñas dosis de bienestar y alegría.
...y entonces la vida me regala una alegría inmensa, que no es mía, sino de otros que la han luchado y que merecen disfrutarla. Y estoy alegre sí, mucho. Y dure lo que dure quiero ser consciente de ella y disfrutarla en cada poro. Ya vendrán tiempos peores, sí. Y entonces seguiremos resistiendo al desaliento. Como ahora.Yo también elijo y pienso, como recitaba en sus noches de desaliento alguien inmenso, "soy el amo de mi destino"... y sobretodo, "...soy el capitán de mi alma".
domingo, 19 de julio de 2015
AGENDA
Me sé el número de teléfono de la casa de mis padres y el de la mía, dudando a veces, porque ese lo uso poco.
Podría reconocer con dudas alguno más...hasta allí llego.
Me sé mi teléfono móvil y ninguno más. Tendré que aprenderme el de H. cuando lo tenga y espero tardar un poco en dárselo.
Si pierdo la agenda de teléfonos, mi escasa memoria me dejará incomunicada. Por suerte, hoy en día hay otros medios y otras habilidades para poder recuperar los números, pero seguramente serán sólo aquellos que hayan sobrevivido el paso del tiempo. Recuperaré los que tenga en el móvil.
Mi agenda de teléfonos en papel tiene más de veinte años...Y a veces, cuando la veo, cuando recurro a ella, sonrío. No es una agenda es simplemente un cuadernillo de papel reciclado, de hojas muy finas, algunas ya sueltas. En ellas he ido apuntando números de teléfono y direcciones de veinte años de vida...que digo veinte, deben ser treinta o cuarenta porque cuando la empecé...hace veinte, ya apunté los acumulados en años previos.
Recuerdo aquellas tardes en tu compañía, en aquel piso sin muebles que parecía un chollo*. Nuevo, bien situado, a estrenar pero... sin muebles. Ninguno de los tres los necesitó. Con lo que teníamos sobrevivimos aquel año. Uno de los más importantes de mi vida. Aquella vida contigo, aquellas charlas, se convirteron en un acicate para cambiar la mia. A mejor. Y también la tuya. Por eso seguimos aquí juntos, aunque separados.
Pues sí, recuerdo aquellas tardes, cortando las esquinas del cuadernillo con un cúter para poder identificar las letras, escribiendo en verde y rojo; nombres, teléfonos, direcciones (de aquellas escribir cartas y postales, aún era un placer que me permitía). Cada cierto tiempo pienso que debo cambiarla, actualizarla, pero casi nunca empiezo. Bueno sí empiezo, pero no termino...
Hace unos años hice el mejor de los intentos. Organicé el primer paso: tachar las que no tendría que pasar, aquellas que no eran actuales, aquellos con los que ya no tendría contacto, aquellos -algunos- que ni siquiera reconocía quienes eran!!!. Terminé agotada y con dolor de corazón; decidida a no desprenderme nunca de mi vieja agenda que contenía tanta vida...tantos recuerdos...tanta gente que fue, es y algunos seguirán siendo, tremendamente significativos...
Una agenda que atesora afectos en tres continentes, veinte países, casi un centenar de ciudades. Ciudades que tienen rostros, vidas compartidas, recuerdos permanentes o fugaces pero vida al fin y al cabo. Me cuesta "hacer limpieza de números". Cada vez que lo intento, con cada nombre, aparece un recuerdo. La mente y el corazón se van de paseo a revivir y yo, siempre dada a la ensoñación, me emociono pensando en esos compañeros de viaje y en toda esa vida. Que suerte tengo.
Me pregunto ahora... a mi ¿quién podrá seguirme la pista?...me faltan algunos años para cumplir cincuenta...he tenido nueve hogares y uno más de préstamo (el familiar, al que siempre se puede volver). No sé cuántos números de teléfono fijo porque creo que no tuve en todas las casas en las que he vivido (qué memoria desdibujada la mía), y sólo dos móviles, uno laboral (cuando trabajé en cooperación) y el actual...ese otro que, como mi agenda, atesora teléfonos que no me sé. Por suerte, sigo recordando quienes son todos los que están allí.
Y que la vida me dan. Aunque no les llame nunca. No me gusta hablar por teléfono. Me gusta escribir. Aunque ya no escribo cartas, otra asignatura pendiente. Las redes sociales que nos han hecho mucho bien pero también han traído algunos males....
* Según la RAE "Cosa apreciable que se adquiere a poca costa"
Podría reconocer con dudas alguno más...hasta allí llego.
Me sé mi teléfono móvil y ninguno más. Tendré que aprenderme el de H. cuando lo tenga y espero tardar un poco en dárselo.
Si pierdo la agenda de teléfonos, mi escasa memoria me dejará incomunicada. Por suerte, hoy en día hay otros medios y otras habilidades para poder recuperar los números, pero seguramente serán sólo aquellos que hayan sobrevivido el paso del tiempo. Recuperaré los que tenga en el móvil.
Mi agenda de teléfonos en papel tiene más de veinte años...Y a veces, cuando la veo, cuando recurro a ella, sonrío. No es una agenda es simplemente un cuadernillo de papel reciclado, de hojas muy finas, algunas ya sueltas. En ellas he ido apuntando números de teléfono y direcciones de veinte años de vida...que digo veinte, deben ser treinta o cuarenta porque cuando la empecé...hace veinte, ya apunté los acumulados en años previos.
Recuerdo aquellas tardes en tu compañía, en aquel piso sin muebles que parecía un chollo*. Nuevo, bien situado, a estrenar pero... sin muebles. Ninguno de los tres los necesitó. Con lo que teníamos sobrevivimos aquel año. Uno de los más importantes de mi vida. Aquella vida contigo, aquellas charlas, se convirteron en un acicate para cambiar la mia. A mejor. Y también la tuya. Por eso seguimos aquí juntos, aunque separados.
Pues sí, recuerdo aquellas tardes, cortando las esquinas del cuadernillo con un cúter para poder identificar las letras, escribiendo en verde y rojo; nombres, teléfonos, direcciones (de aquellas escribir cartas y postales, aún era un placer que me permitía). Cada cierto tiempo pienso que debo cambiarla, actualizarla, pero casi nunca empiezo. Bueno sí empiezo, pero no termino...
Hace unos años hice el mejor de los intentos. Organicé el primer paso: tachar las que no tendría que pasar, aquellas que no eran actuales, aquellos con los que ya no tendría contacto, aquellos -algunos- que ni siquiera reconocía quienes eran!!!. Terminé agotada y con dolor de corazón; decidida a no desprenderme nunca de mi vieja agenda que contenía tanta vida...tantos recuerdos...tanta gente que fue, es y algunos seguirán siendo, tremendamente significativos...
Una agenda que atesora afectos en tres continentes, veinte países, casi un centenar de ciudades. Ciudades que tienen rostros, vidas compartidas, recuerdos permanentes o fugaces pero vida al fin y al cabo. Me cuesta "hacer limpieza de números". Cada vez que lo intento, con cada nombre, aparece un recuerdo. La mente y el corazón se van de paseo a revivir y yo, siempre dada a la ensoñación, me emociono pensando en esos compañeros de viaje y en toda esa vida. Que suerte tengo.
Me pregunto ahora... a mi ¿quién podrá seguirme la pista?...me faltan algunos años para cumplir cincuenta...he tenido nueve hogares y uno más de préstamo (el familiar, al que siempre se puede volver). No sé cuántos números de teléfono fijo porque creo que no tuve en todas las casas en las que he vivido (qué memoria desdibujada la mía), y sólo dos móviles, uno laboral (cuando trabajé en cooperación) y el actual...ese otro que, como mi agenda, atesora teléfonos que no me sé. Por suerte, sigo recordando quienes son todos los que están allí.
Y que la vida me dan. Aunque no les llame nunca. No me gusta hablar por teléfono. Me gusta escribir. Aunque ya no escribo cartas, otra asignatura pendiente. Las redes sociales que nos han hecho mucho bien pero también han traído algunos males....
* Según la RAE "Cosa apreciable que se adquiere a poca costa"
viernes, 7 de noviembre de 2014
VIEJA
...yo tendría unos doce años cuando vi la primera estría de mi cuerpo. En ese momento pensé que era una señal inequívoca de alguna enfermedad que comenzaba a manifestarse. Pero no, era la genética. Había olvidado darle a mi cuerpo la elasticidad. Permitir crecer sin huellas, lo que por naturaleza (y no por kilos) debía crecer. No sé cuánto tardé en saber que no estaba enferma sino que me hacía mayor. Como llevan años apareciendo, ya forman parte de mi cotidiano paisaje corporal, y nos vamos entendiendo mejor.
...tenía veintinueve años la primera vez que me teñí el pelo. La abundancia de hebras blancas, no me hacía mayor, que yo mayor soy desde siempre. Sólo estaba ahí, otra vez la genética haciendome trampa. Esta familia longeva (que afortunados!!!) me condena al cabello blanco y con ello me ha dado la excusa perfecta para cambiar. Así que vamos del pelirrojo al castaño oscuro, a veces uniforme, casi siempre a trozos y matices, como me gusta a mi la vida.
...cuando decidí hacer las maletas otra vez y marcharme a sentir el aire fresco sobre mi piel, yo tenía treinta y dos años. Y mi cuerpo protestó. Que son estos cambios y así tan bruscos!. Me vuelves loco!.. Y se expresó: dejé de menstruar. La regla volvió cuando el cuerpo se adaptó al clima y la alimentación, cuando el espíritu se serenó. Algo más de un año después, anticipando el viaje de regreso (porque yo suelo vivir en el futuro), el cuerpo protestó otra vez, y esta vez se estaba realmente enfadado. Dejó de menstruar otra vez, pero fue tanto, que con mi necesidad de maternar, ya me preocupé. Y al médico me fui. Esperé la cita cuatro meses, la consulta casi dos horas y me atendió diez minutos para sentenciar: "Quizás tenga usted una menopausia precoz". Salí de allí y pensé: Con el tiempo que me has dedicado, ni hablar. Y así fue, la regla volvió a los pocos meses, simplemente cuando el espíritu se recuperó. Han pasado casi doce años y aquí sigue, acompañandome mes a mes.
Y aunque estas señales no me dicen nada de mi vejez, pienso en ellas estos días cuando me miro en el espejo y otras huellas (obviemos los detalles) me recuerdan que sigo envejeciendo. Y que bien poder verlo!!... y quererme mucho así, vieja y todo.
Y no, no es mi cumpleaños...pero es que mi linea de vida si lo está.
H. cumplirá su primera década en unas semanas. Diez años. La década prodigiosa. Yo envejezco. Ella se hace mayor. Lo veo. Lo siento. Se avecina una nueva realidad.
Unas semanas antes, mi padre cumplirá ochenta y un años. Hasta hace unos años no era conciente de su vejez. Ahora lo soy, a cada segundo, en cada poro de mi piel.
Esa piel mía en la que veo el rastro de la herencia biológica que me ha dejado mi padre. Esa piel mía tan blanca al lado de la piel negra de mi hija. Y en ese contraste la vida que nos une y nos separa.
Esa piel mía, tan suave para según qué manos.
"¿Por qué me acaricias tanto mamá?"
Yo sonrío. Y le contesto: yo, es que hablo con la piel.
...tenía veintinueve años la primera vez que me teñí el pelo. La abundancia de hebras blancas, no me hacía mayor, que yo mayor soy desde siempre. Sólo estaba ahí, otra vez la genética haciendome trampa. Esta familia longeva (que afortunados!!!) me condena al cabello blanco y con ello me ha dado la excusa perfecta para cambiar. Así que vamos del pelirrojo al castaño oscuro, a veces uniforme, casi siempre a trozos y matices, como me gusta a mi la vida.
...cuando decidí hacer las maletas otra vez y marcharme a sentir el aire fresco sobre mi piel, yo tenía treinta y dos años. Y mi cuerpo protestó. Que son estos cambios y así tan bruscos!. Me vuelves loco!.. Y se expresó: dejé de menstruar. La regla volvió cuando el cuerpo se adaptó al clima y la alimentación, cuando el espíritu se serenó. Algo más de un año después, anticipando el viaje de regreso (porque yo suelo vivir en el futuro), el cuerpo protestó otra vez, y esta vez se estaba realmente enfadado. Dejó de menstruar otra vez, pero fue tanto, que con mi necesidad de maternar, ya me preocupé. Y al médico me fui. Esperé la cita cuatro meses, la consulta casi dos horas y me atendió diez minutos para sentenciar: "Quizás tenga usted una menopausia precoz". Salí de allí y pensé: Con el tiempo que me has dedicado, ni hablar. Y así fue, la regla volvió a los pocos meses, simplemente cuando el espíritu se recuperó. Han pasado casi doce años y aquí sigue, acompañandome mes a mes.
Y aunque estas señales no me dicen nada de mi vejez, pienso en ellas estos días cuando me miro en el espejo y otras huellas (obviemos los detalles) me recuerdan que sigo envejeciendo. Y que bien poder verlo!!... y quererme mucho así, vieja y todo.
Y no, no es mi cumpleaños...pero es que mi linea de vida si lo está.
H. cumplirá su primera década en unas semanas. Diez años. La década prodigiosa. Yo envejezco. Ella se hace mayor. Lo veo. Lo siento. Se avecina una nueva realidad.
Unas semanas antes, mi padre cumplirá ochenta y un años. Hasta hace unos años no era conciente de su vejez. Ahora lo soy, a cada segundo, en cada poro de mi piel.
Esa piel mía en la que veo el rastro de la herencia biológica que me ha dejado mi padre. Esa piel mía tan blanca al lado de la piel negra de mi hija. Y en ese contraste la vida que nos une y nos separa.
Esa piel mía, tan suave para según qué manos.
"¿Por qué me acaricias tanto mamá?"
Yo sonrío. Y le contesto: yo, es que hablo con la piel.
domingo, 5 de octubre de 2014
LO PERDIDO...
Empiezo. Hace unos días se ha muerto el disco duro de nuestro viejo ordenador. No puedo decir que fue inesperadamente. Es cierto que no le dí la importancia que merecían a todas esas señales que avisaban que algo no iba bien. Así, un día como cualquier otro, N. intentaba descubrir qué impedía la conexión a Internet, de pronto el viejo aparato se apagó en medio de un estertor y no volvió a arrancar.
¿Tienes algo importante aquí? preguntó N...Y yo, que apenas lo he usado en los últimos siete años, le dije: No lo sé. Y es verdad, no lo sé. Mi memoria, que sigue siendo prodigiosa para algunas cosas, en otros ámbitos se desdibuja. Y me preocupa porque también es una señal.
Cuando N. me preguntó sólo alcancé a decirle que no tenía claro si allí había algo importante (que supongo que sí). Allí recogí mi vida durante seis años, los que mediaron entre mi regreso a esta tierra y la llegada a mi vida de mi hija. Pensé, si no lo recuerdo con intensidad, entonces quizás no hay nada que, más que importante, sea imprescindible. Porque importante es todo lo que acontece en mi vida y más cuando se revisa de vez en cuando. Así que a bote pronto lo que siento que he perdido es la posibilidad de la nostalgia, esa que aparece cuando repasas hechos y momentos con la perspectiva del tiempo. Y lo pienso desde la certeza de que hay cosas que, en lo tangible, he perdido para siempre.
Sigo. En estas últimas semanas hemos tenido que elegir algunas cosas. Con la llegada del curso escolar mi horario laboral pasa de ser jornada continua a ser jornada partida. Así, con el otoño, como los árboles pierden sus hojas, yo pierdo la posibilidad de decidir qué quiero hacer en un tercio de mi tiempo. Llevo días pensando en las cosas que elegimos para esas tardes (extraescolares), en las cosas que llegan para cubrir esas horas (deberes) y en el horario que negocio y me construyo, a base de pedir flexibilidad en la forma de entender el trabajo.
Ahora que ya parece que está construido el calendario escolar llevo días pensando en las cosas que hemos perdido, en las que dejaremos de hacer, y en lo que hay de renuncia y aceptación en ello. Con la tibieza que ofrece la sensación de que sólo se trata de una temporada. Cuando llegue junio, si estamos vivas, mis tardes volverán a ser mías.
Una vuelta más. Ayer decía R. que quizás no estaba eligiendo la mejor opción pero sí la que la hacía más feliz. Con este mensaje respondía a una serie de mensajes, con demasiados espectadores para mi gusto, que resultaban de una ruptura afectiva con una pareja de muchos años. Desde hace meses comparto esa triste decisión desde la cercanía que me une a ambos miembros de la pareja. El desamor duele (a veces el amor también) pero hay tantas formas de manejarlo.
En los últimos años, varias parejas amigas que llevaban el suficiente tiempo juntos, como para pensarlas sólidas, han decidido cambiar el rumbo y separarse. Con ello, han evocado una ruptura de pareja especialmente significativa para mi y las pérdidas que supuso (que son ganancias) y he vuelto a pensar en ello otra vez. Me alegro de haber optado también no por lo que parecía mejor, sino por lo que me hacía más feliz. Y no es que estuviera yo mal acompañada, es que no era más feliz que sola.
Pienso en la gestión de las rupturas, quién deja y quién es dejado, quién ha elegido qué y cuándo. La misma historia de separación admite a menudo varias lecturas de elecciones hechas. Y entonces insisto en que eso que pierdes como posibilidad futura, esa vida de pareja, no debe impedirte ver, ni valorar, todo lo que ganaste en el pasado por haber vivido esa experiencia. No será más, pero fue. Y que nos quiten lo bailado.
Y más. Desde mi historia familiar y personal como migrante, desde mi experiencia laboral y personal trabajando con migrantes, he escuchado a lo largo de estos años miles de historias que hablan de pérdidas. El que migra gana, sin duda, pero esas ganancias no son visibles siempre desde el primer momento, por lo menos no de forma integrada con la consciencia de las pérdidas. Y te preparas para pérdidas evidentes sin ser consciente de que serán igual de significativas las pérdidas más sencillas y cotidianas: la visión de un paisaje, un acento, el aroma de cierta comida, las tardes de charlas con los amigos, los ruidos de tu amanecer, la humedad del aire, las miradas.
Termino. Cuando eliges (cuando tienes la libertad de elegir) es obvio que ganas. Ganas aquello que, dentro de las opciones que había, te pareció mejor (entre otras cosas porque parecía que te hacía más feliz y eso bien vale el intento). En estos días en los que pienso tanto en lo perdido, me reafirmo en la necesidad de tomar consciencia de ello, de no minimizarlo, de valorarlo en su justa medida, de aceptar el hueco que dejará en nuestras vidas, de hacer el duelo, permitirse la tristeza, la rabia y el desamor; pero también reconciliarse con el valor que tuvo, guardándole un espacio privilegiado y mimado en nuestra memoria.
¿Tienes algo importante aquí? preguntó N...Y yo, que apenas lo he usado en los últimos siete años, le dije: No lo sé. Y es verdad, no lo sé. Mi memoria, que sigue siendo prodigiosa para algunas cosas, en otros ámbitos se desdibuja. Y me preocupa porque también es una señal.
Cuando N. me preguntó sólo alcancé a decirle que no tenía claro si allí había algo importante (que supongo que sí). Allí recogí mi vida durante seis años, los que mediaron entre mi regreso a esta tierra y la llegada a mi vida de mi hija. Pensé, si no lo recuerdo con intensidad, entonces quizás no hay nada que, más que importante, sea imprescindible. Porque importante es todo lo que acontece en mi vida y más cuando se revisa de vez en cuando. Así que a bote pronto lo que siento que he perdido es la posibilidad de la nostalgia, esa que aparece cuando repasas hechos y momentos con la perspectiva del tiempo. Y lo pienso desde la certeza de que hay cosas que, en lo tangible, he perdido para siempre.
Sigo. En estas últimas semanas hemos tenido que elegir algunas cosas. Con la llegada del curso escolar mi horario laboral pasa de ser jornada continua a ser jornada partida. Así, con el otoño, como los árboles pierden sus hojas, yo pierdo la posibilidad de decidir qué quiero hacer en un tercio de mi tiempo. Llevo días pensando en las cosas que elegimos para esas tardes (extraescolares), en las cosas que llegan para cubrir esas horas (deberes) y en el horario que negocio y me construyo, a base de pedir flexibilidad en la forma de entender el trabajo.
Ahora que ya parece que está construido el calendario escolar llevo días pensando en las cosas que hemos perdido, en las que dejaremos de hacer, y en lo que hay de renuncia y aceptación en ello. Con la tibieza que ofrece la sensación de que sólo se trata de una temporada. Cuando llegue junio, si estamos vivas, mis tardes volverán a ser mías.
Una vuelta más. Ayer decía R. que quizás no estaba eligiendo la mejor opción pero sí la que la hacía más feliz. Con este mensaje respondía a una serie de mensajes, con demasiados espectadores para mi gusto, que resultaban de una ruptura afectiva con una pareja de muchos años. Desde hace meses comparto esa triste decisión desde la cercanía que me une a ambos miembros de la pareja. El desamor duele (a veces el amor también) pero hay tantas formas de manejarlo.
En los últimos años, varias parejas amigas que llevaban el suficiente tiempo juntos, como para pensarlas sólidas, han decidido cambiar el rumbo y separarse. Con ello, han evocado una ruptura de pareja especialmente significativa para mi y las pérdidas que supuso (que son ganancias) y he vuelto a pensar en ello otra vez. Me alegro de haber optado también no por lo que parecía mejor, sino por lo que me hacía más feliz. Y no es que estuviera yo mal acompañada, es que no era más feliz que sola.
Pienso en la gestión de las rupturas, quién deja y quién es dejado, quién ha elegido qué y cuándo. La misma historia de separación admite a menudo varias lecturas de elecciones hechas. Y entonces insisto en que eso que pierdes como posibilidad futura, esa vida de pareja, no debe impedirte ver, ni valorar, todo lo que ganaste en el pasado por haber vivido esa experiencia. No será más, pero fue. Y que nos quiten lo bailado.
Y más. Desde mi historia familiar y personal como migrante, desde mi experiencia laboral y personal trabajando con migrantes, he escuchado a lo largo de estos años miles de historias que hablan de pérdidas. El que migra gana, sin duda, pero esas ganancias no son visibles siempre desde el primer momento, por lo menos no de forma integrada con la consciencia de las pérdidas. Y te preparas para pérdidas evidentes sin ser consciente de que serán igual de significativas las pérdidas más sencillas y cotidianas: la visión de un paisaje, un acento, el aroma de cierta comida, las tardes de charlas con los amigos, los ruidos de tu amanecer, la humedad del aire, las miradas.
Termino. Cuando eliges (cuando tienes la libertad de elegir) es obvio que ganas. Ganas aquello que, dentro de las opciones que había, te pareció mejor (entre otras cosas porque parecía que te hacía más feliz y eso bien vale el intento). En estos días en los que pienso tanto en lo perdido, me reafirmo en la necesidad de tomar consciencia de ello, de no minimizarlo, de valorarlo en su justa medida, de aceptar el hueco que dejará en nuestras vidas, de hacer el duelo, permitirse la tristeza, la rabia y el desamor; pero también reconciliarse con el valor que tuvo, guardándole un espacio privilegiado y mimado en nuestra memoria.
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Montse Hernández P.
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martes, 29 de julio de 2014
LA MIRADA DE LOS OTROS
"Es en la mirada de los otros donde te vuelves a construir" Jorge Font
He vuelto a ver "La vida de los otros" y he recordado este texto que escribí hace algunos años y que hoy retomo, altero, matizo.
"Voyeur" lo titulé y pensé al hacerlo: Somos todos, así que es plural. ¿Cuál es el plural voyeur?...nunca recibí clases de francés.
Antes de ser madre, iba mucho al cine. Al cine, cine, al local. Me gusta la pantalla grande. Desde entonces, aparte del precio que ha crecido para perderse, no es fácil encontrar espacios, compañías, ánimos para volver a ese formato. Pero, cuando claudico, cuando me rindo y veo algo en la pantalla del televisor o, aún peor, en la del ordenador, pienso en todo lo que me estoy perdiendo. En todas esas historias que siempre me devuelven la vida. Incluso las que me desgarran el corazón. Los campamentos de H. me han llevado a las pantallas, en los tres formatos. De esa melancolía de historias bien contadas, nace este recuerdo epistolar....
Hacía meses que no iba al cine. Fui ayer y he vuelto hoy. Dos películas buenas, una alemana "La vida de los otros" y la otra danesa "Después de la Boda". Me han gustado ambas aunque la primera más, quizás porque creo que es más real. Vuelvo a casa bajo la lluvia pensando en la grata sensación que me deja el cine.
Desde que oí hablar de ella estoy
pensando en el impacto que tiene en nuestras vidas, "La vida de los otros". Ya
sea que mires o escuches. Que lo hagas furtivamente protegido por la oscuridad
del cine o desde una ventana que te oculta tras la cortina. Puede que la vayas
leyendo a capítulos o la escuches acompañada de melodía. Ya sea que te sientes
simplemente a mirar en un parque o en una terraza, que escuches la radio o las
oigas "en la consulta" ..las historias que otros viven o nos cuentan, nos
atrapan y transforman, y eso da miedo pero es una suerte.
Nos metemos en la vida de la gente y
dejamos que la gente entre en la nuestra, a menudo de forma poco precavida, y
entonces sus vidas nos tocan y nos transforman, se quedan con nosotros cuando
ellos se van, tiñen nuestros paisajes, cambian nuestras referencias, perturban
nuestras certezas y quedamos atrapados entre el miedo que eso nos provoca y la
fascinación de ver transformarse el mapa de nuestro certero mundo.
Las historias ajenas nos distraen de
las propias y eso es sencillo, que se queden a vivir con nosotros ya es algo más
perturbador. He pasado el fin de semana con muchas personas para lo que es
habitual. La mitad "oficialmente" desconocidas y me sorprendía conocer tantos
detalles íntimos de sus vidas, reconociendo que paralelamente y por simple
deducción lógica, seguramente ellas sabrán otros tantos de la mía. Conozco
detalles muy personales de compañeros de camino simplemente porque antes fueron
personas con las que trabajé o con quienes compartí momentos de intimidad en otras
circunstancias alejadas de las actuales (y de alguna manera de esto hablamos en
"Después de la Boda"), de cómo la gente se queda en nuestras vidas incluso
cuando no está en ellas.
Soy una voyeur, lo reconozco. Se me da mejor mirar y escuchar que hablar. Tengo una extraña capacidad
para hurgar en la intimidad de la gente sin que esta se sienta agredida (al
menos eso creo porque pocas veces he recibido una señal de que así fuera)...
Pienso en las historias que vivimos, y en cómo las narramos.
Y sabes qué, las cosas que nos dijimos, con palabras o sin ellas, por decirlas, y también por omitirlas, están esta noche conmigo; mientras tomo un café, entre la luz tenue... con los claros sonidos de este hogar de paredes de papel!...
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Montse Hernández P.
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21:00
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jueves, 29 de mayo de 2014
PERTENENCIAS
M. vive muy lejos de aquí. Como yo, no vive en el lugar que la vio nacer. Ambas fuimos emigrantes por placer y eso hizo más fácil la partida. Creo, sin embargo, que ambas hubiéramos querido volver. El devenir de los hechos fue postergando ese regreso y llegó un punto en el que lo descartamos como opción. Al menos, a corto plazo. Nunca se sabe. Y de eso sabemos mucho en mi familia.
M. hace unos días reflejaba en su muro de Facebook que cumplía diez años la asociación, que en su ciudad aglutinaba a los emigrantes de mi país. Imaginaba el lugar en el que vive, como un lugar pequeño. Me sorprendía que hubiera un volumen suficiente de expatriados para formar una asociación que quisieran mantener viva nuestra identidad cultural. Que trabajara por ayudarla, por ayudarnos, a mantener viva nuestra pertenencia.
M. y yo nacimos en un país maravilloso, que abrió siempre sus manos a los llegados de otras tierras. Lo sé, lo he sabido y sentido siempre. Somos un pueblo acogedor, aunque vivimos tiempos difíciles. Al leer la nota de M., y el trasfondo que refleja, sentí mucha tristeza. Tristeza, por todas las migraciones forzadas de las que he sido testigo todos estos años por mi trabajo. Tristeza, por las vivencias de muchos amigos que no tuvieron eso que definimos entonces como suerte o fortuna. Ellos se han ido, pero porque se sintieron expulsados.
Esa referencia también me hizo pensar en algunos nombres de mi infancia. La Hermandad Gallega, el Centro Catalán, El Club Libanés, El Centro Italo, El Hogar Canario...Nombres que no entendía en su trascendencia entonces (me parecían una versión light de una secta, de un grupo cerrado y poco animado a incorporar a los distintos) y que, ahora, desde nuestras migraciones, comprendo en su justa medida...
Cuando M. colocó la nota, yo evoqué con añoranza esos lugares porque ahora sí, desde la distancia, con la ausencia a cuestas, entiendo el rol tan importante que juegan en el mantenimiento del sentido de pertenencia...Y es que todos necesitamos "pertenecer", porque en esa pertenencia tenemos un espejo que define mucho de lo que somos...
Pertenecer y ser aceptado por un grupo es, según Maslow y otros autores, una necesidad humana fundamental. Maslow, padre de una de las principales teorías de la motivación, afirma que la mayoría de los seres humanos desea pertenecer y ser parte de algo más grande que ellos mismos. Inicialmente, esa necesidad de pertenencia se satisface en el ámbito familiar pero, a la par del desarrollo humano, se extiende progresivamente al grupo de amigos, al barrio o a la comunidad donde vivimos y, sucesivamente, a las diferentes asociaciones y redes culturales o sociales con las que nos relacionamos a lo largo de nuestra vida.
Pertenecer y ser aceptado en un grupo, nos permite desarrollar relaciones sólidas y estables con otras personas y, sobretodo, participar del flujo afectivo que las recorre. Porque la necesidad de pertenencia es, en última instancia, la necesidad de dar y recibir afecto de otras personas, de ser parte de un entramado sólido de relaciones afectivas que nos nutren y que sostienen nuestra existencia.
Cuando migras, ese grupo de pertenencia en el que te reconoces se rompe. Y en ese proceso todos, unos más y otros menos, unos antes y otros despues, nos rompemos. Cada uno a su manera y con sus consecuencias. También aquí, cada historia es única y, casi siempre, es compleja.
La identidad cultural, además de proporcionar elementos concretos de referencia y comparación, resume todo el universo simbólico que caracteriza a un grupo, estableciendo patrones singulares de interpretación de la realidad, códigos de vida y de pensamiento que definen nuestro ser y nuestro sentir. La identidad nos da una realidad colectiva común, una herencia, un inconsciente colectivo que facilita ciertos procesos de relación. El sentido de pertenencia es la adscripción a ese universo simbólico común que otorga significado y sentido
Hoy, mirando atrás, reivindico el valor de esas colectividades de migrados que sin distraerte de otros procesos de socialización e integranción, constituyen el soporte afectivo sobre el cual se asienta la esencia de lo que somos más allá de la migración.
Y pienso en esto cuando pienso en mí, pero también cuando pienso en mi hija. En su identidad y su sentimiento de pertenencia. Y no logro definirlas con certeza. Le pasará como a mi, que en todos sitios soy, pero no soy. Por eso somos "raras" o, como prefiere decirme P., "especiales".
M. hace unos días reflejaba en su muro de Facebook que cumplía diez años la asociación, que en su ciudad aglutinaba a los emigrantes de mi país. Imaginaba el lugar en el que vive, como un lugar pequeño. Me sorprendía que hubiera un volumen suficiente de expatriados para formar una asociación que quisieran mantener viva nuestra identidad cultural. Que trabajara por ayudarla, por ayudarnos, a mantener viva nuestra pertenencia.
Esa referencia también me hizo pensar en algunos nombres de mi infancia. La Hermandad Gallega, el Centro Catalán, El Club Libanés, El Centro Italo, El Hogar Canario...Nombres que no entendía en su trascendencia entonces (me parecían una versión light de una secta, de un grupo cerrado y poco animado a incorporar a los distintos) y que, ahora, desde nuestras migraciones, comprendo en su justa medida...
Cuando M. colocó la nota, yo evoqué con añoranza esos lugares porque ahora sí, desde la distancia, con la ausencia a cuestas, entiendo el rol tan importante que juegan en el mantenimiento del sentido de pertenencia...Y es que todos necesitamos "pertenecer", porque en esa pertenencia tenemos un espejo que define mucho de lo que somos...
Pertenecer y ser aceptado por un grupo es, según Maslow y otros autores, una necesidad humana fundamental. Maslow, padre de una de las principales teorías de la motivación, afirma que la mayoría de los seres humanos desea pertenecer y ser parte de algo más grande que ellos mismos. Inicialmente, esa necesidad de pertenencia se satisface en el ámbito familiar pero, a la par del desarrollo humano, se extiende progresivamente al grupo de amigos, al barrio o a la comunidad donde vivimos y, sucesivamente, a las diferentes asociaciones y redes culturales o sociales con las que nos relacionamos a lo largo de nuestra vida.
Pertenecer y ser aceptado en un grupo, nos permite desarrollar relaciones sólidas y estables con otras personas y, sobretodo, participar del flujo afectivo que las recorre. Porque la necesidad de pertenencia es, en última instancia, la necesidad de dar y recibir afecto de otras personas, de ser parte de un entramado sólido de relaciones afectivas que nos nutren y que sostienen nuestra existencia.
Cuando migras, ese grupo de pertenencia en el que te reconoces se rompe. Y en ese proceso todos, unos más y otros menos, unos antes y otros despues, nos rompemos. Cada uno a su manera y con sus consecuencias. También aquí, cada historia es única y, casi siempre, es compleja.
La identidad cultural, además de proporcionar elementos concretos de referencia y comparación, resume todo el universo simbólico que caracteriza a un grupo, estableciendo patrones singulares de interpretación de la realidad, códigos de vida y de pensamiento que definen nuestro ser y nuestro sentir. La identidad nos da una realidad colectiva común, una herencia, un inconsciente colectivo que facilita ciertos procesos de relación. El sentido de pertenencia es la adscripción a ese universo simbólico común que otorga significado y sentido
Hoy, mirando atrás, reivindico el valor de esas colectividades de migrados que sin distraerte de otros procesos de socialización e integranción, constituyen el soporte afectivo sobre el cual se asienta la esencia de lo que somos más allá de la migración.
Y pienso en esto cuando pienso en mí, pero también cuando pienso en mi hija. En su identidad y su sentimiento de pertenencia. Y no logro definirlas con certeza. Le pasará como a mi, que en todos sitios soy, pero no soy. Por eso somos "raras" o, como prefiere decirme P., "especiales".
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Montse Hernández P.
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viernes, 18 de abril de 2014
SE VAN...
Ha muerto Gabriel García Márquez. Llevo días pensando en su muerte que solo ayer se ha concretado. Que empeño tenemos ultimamente en esta crónica de muertes anunciadas!!!.
He estado preguntándome cuál es el sentido. Hablar y seguir hablando de que pronto nos dejaran aquellos que amamos o admiramos, es como si al anunciar lo que nos causará dolor, quisiéramos mitigarlo, prepararnos mejor, que no nos pille la muerte por sorpresa...
Como si así lográramos exorcizar nuestros fantasmas.
Estarán de fiesta otra vez en el cielo dicen los que creen en él, yo pienso en múltiples alternativas, incluida esa. Todas buenas, así de sencillo es mi vinculo con la muerte. Un no lo sé que hay. Y un, como siempre en lo desconocido y novedoso, el valor en sí mismo, sin que eso signifique que se le desea.
A mi me inquietan más los supervivientes, esas viudas, esos hijos e hijas, esos hermanos y hermanas de sangre y de vida que hoy tienen que aprender a vivir con su ausencia, con su nostalgia, con la consciencia de que ya no será más, aquí y de esta manera...
Es colombiano, se parece fisicamente a mi padre, me hechizó con sus palabras. Lo recuerdo como mi primer amor literario, ese que nunca se olvida, ese que nos hizo explorar, descubrir, tranochar y saborear,...Siempre me pregunto ante una muerte cómo hacer del duelo y del luto algo útil. Caeremos en el tópico de releer sus libros como quien revisa emocionado un álbum familiar tras la muerte de un ser querido. Y lo disfrutaremos otra vez, incluso más...
Hoy con su muerte pensé que me estaba haciendo mayor. He sido consciente de que se está muriendo gente irremplazable (siempre ha sido así) pero estos y estas, que se están muriendo ahora, que se mestán muriendo, han sido mios en vida, desde su plenitud vital y mientras yo iba creciendo. Ellos y ellas han sido en vida, compañeros y compañeras de viaje, personas que se inspiraban y escribían a la par de mis lecturas, que componían a la par de las horas en las que yo les escuchaba, que grababan sus discos a la par de mi escucha, mis bailes, mis aplausos. Gente grande que hacia conciertos en los que yo participé como público, a los que aplaudí, grité, recomendé y alabé. Les he visto hacerse mayores, como a mis padres y me han hecho tan feliz., que estoy en deuda con ellos y les echo de menos sí. Como no puedes echar de menos a alguien que aunque maravilloso te ha sido desconocido en vida.
Intentaremos, por respeto, serte fieles, seguir allí y hacer por no echarte de menos, sino más bien por sentirte de más.
Aquí, con nosotros, haciendo honor a tu sabiduría. Como bien decias, manteniendote vivo porque "...es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites"
Adiós maestro...
He estado preguntándome cuál es el sentido. Hablar y seguir hablando de que pronto nos dejaran aquellos que amamos o admiramos, es como si al anunciar lo que nos causará dolor, quisiéramos mitigarlo, prepararnos mejor, que no nos pille la muerte por sorpresa...
Como si así lográramos exorcizar nuestros fantasmas.
Estarán de fiesta otra vez en el cielo dicen los que creen en él, yo pienso en múltiples alternativas, incluida esa. Todas buenas, así de sencillo es mi vinculo con la muerte. Un no lo sé que hay. Y un, como siempre en lo desconocido y novedoso, el valor en sí mismo, sin que eso signifique que se le desea.
A mi me inquietan más los supervivientes, esas viudas, esos hijos e hijas, esos hermanos y hermanas de sangre y de vida que hoy tienen que aprender a vivir con su ausencia, con su nostalgia, con la consciencia de que ya no será más, aquí y de esta manera...
Es colombiano, se parece fisicamente a mi padre, me hechizó con sus palabras. Lo recuerdo como mi primer amor literario, ese que nunca se olvida, ese que nos hizo explorar, descubrir, tranochar y saborear,...Siempre me pregunto ante una muerte cómo hacer del duelo y del luto algo útil. Caeremos en el tópico de releer sus libros como quien revisa emocionado un álbum familiar tras la muerte de un ser querido. Y lo disfrutaremos otra vez, incluso más...
Hoy con su muerte pensé que me estaba haciendo mayor. He sido consciente de que se está muriendo gente irremplazable (siempre ha sido así) pero estos y estas, que se están muriendo ahora, que se mestán muriendo, han sido mios en vida, desde su plenitud vital y mientras yo iba creciendo. Ellos y ellas han sido en vida, compañeros y compañeras de viaje, personas que se inspiraban y escribían a la par de mis lecturas, que componían a la par de las horas en las que yo les escuchaba, que grababan sus discos a la par de mi escucha, mis bailes, mis aplausos. Gente grande que hacia conciertos en los que yo participé como público, a los que aplaudí, grité, recomendé y alabé. Les he visto hacerse mayores, como a mis padres y me han hecho tan feliz., que estoy en deuda con ellos y les echo de menos sí. Como no puedes echar de menos a alguien que aunque maravilloso te ha sido desconocido en vida.
Intentaremos, por respeto, serte fieles, seguir allí y hacer por no echarte de menos, sino más bien por sentirte de más.
Aquí, con nosotros, haciendo honor a tu sabiduría. Como bien decias, manteniendote vivo porque "...es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites"
Adiós maestro...
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Montse Hernández P.
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martes, 1 de abril de 2014
TENGO...
Desde hace unas horas, 47 años...
Tengo una hija preciosa, noble, intensa, que me recuerda, como cada amanecer y cada vez que se me olvida, que estoy viva...
Tengo unos padres inmensos, de cuya entrega y amor incondicional, soy cada día más consciente...
Tengo una familia magnifica, que me hace sentir segura y cobijada, aunque siempre estoy a muchos kilómetros...Mención honorífica a esos cuatro sobrinos a los que amo con locura y cuyo afecto y amor siento a pesar del poco roce.
Tengo un hermano de otro planeta (lo mismo dirá el de mí) que me da siempre un motivo para defenderle. Tengo una cuñada, que lo salvó del miedo y nunca se lo agradeceré lo suficiente.
Tengo amistades inquebrantables a las que me une un vínculo que ha soportado el paso de los años y la ausencia impuesta por la distancia. Y eso emociona.
Tengo buenos amigos y gente cercana que hacen mi día a día más sencillo, más amable, más fácil, y sin duda alguna, mejor.
Tengo varios ahijados, co-madres y con-padres que me ayudan a creer en el futuro
Y tengo un gran numero de conocidos y queridos, desperdigados por medio mundo, que me han ayudado siempre a que mi horizonte geográfico y emocional fuera más amplio.
Tengo una casa que es mi hogar, en la que me siento a gusto y cuya hipoteca aún no me quita el sueño. Pero también he tenido muchas otras casas que me han acogido por distintas razones y a las que siempre apetece volver...
Tuve el coste pero también la fortuna, de haber vivido en muchos sitios y de haber aprendido a relativizar algunas certezas identitarias que me acercan a la idea de las "pertenencias" múltiples a pesar de tu identidad. Gracias Amin Maalouf por explicarlo de forma tan sencilla.
Tengo la suerte de tener al menos un gran amor y, en general, buenos recuerdos de aquellos a quienes amé. Tengo ganas de enamorarme. Sí, otra vez. Que no se aprende.
Tengo un trabajo, con lo cual parece que formo parte de un sector casi privilegiado de la sociedad.
Tengo un trabajo que me ayuda a sentirme útil para otros y eso, al final del día, ayuda.
Tengo salud. Una salud de hierro. Y mi hija la ha heredado. Tenemos suerte.
Tengo la capacidad de percibir, reflexionar, razonar, decidir, optar...
Tengo un corazón que es sensible y fuerte (siempre)... y lúcido (pero eso sólo a veces)... Tengo la suerte de que me guste que sea así.
Tengo memoria...y una especial debilidad por las listas.
Y hoy, cargada de lluvia, tengo la necesidad de recordar-me*, todo lo que me hace grande...porque últimamente, a ratos, me siento chiquita.
...
* Recordar: Volver a pasar por el corazón
Tengo una hija preciosa, noble, intensa, que me recuerda, como cada amanecer y cada vez que se me olvida, que estoy viva...
Tengo unos padres inmensos, de cuya entrega y amor incondicional, soy cada día más consciente...
Tengo una familia magnifica, que me hace sentir segura y cobijada, aunque siempre estoy a muchos kilómetros...Mención honorífica a esos cuatro sobrinos a los que amo con locura y cuyo afecto y amor siento a pesar del poco roce.
Tengo un hermano de otro planeta (lo mismo dirá el de mí) que me da siempre un motivo para defenderle. Tengo una cuñada, que lo salvó del miedo y nunca se lo agradeceré lo suficiente.
Tengo amistades inquebrantables a las que me une un vínculo que ha soportado el paso de los años y la ausencia impuesta por la distancia. Y eso emociona.
Tengo buenos amigos y gente cercana que hacen mi día a día más sencillo, más amable, más fácil, y sin duda alguna, mejor.
Tengo varios ahijados, co-madres y con-padres que me ayudan a creer en el futuro
Y tengo un gran numero de conocidos y queridos, desperdigados por medio mundo, que me han ayudado siempre a que mi horizonte geográfico y emocional fuera más amplio.
Tengo una casa que es mi hogar, en la que me siento a gusto y cuya hipoteca aún no me quita el sueño. Pero también he tenido muchas otras casas que me han acogido por distintas razones y a las que siempre apetece volver...
Tuve el coste pero también la fortuna, de haber vivido en muchos sitios y de haber aprendido a relativizar algunas certezas identitarias que me acercan a la idea de las "pertenencias" múltiples a pesar de tu identidad. Gracias Amin Maalouf por explicarlo de forma tan sencilla.
Tengo la suerte de tener al menos un gran amor y, en general, buenos recuerdos de aquellos a quienes amé. Tengo ganas de enamorarme. Sí, otra vez. Que no se aprende.
Tengo un trabajo, con lo cual parece que formo parte de un sector casi privilegiado de la sociedad.
Tengo un trabajo que me ayuda a sentirme útil para otros y eso, al final del día, ayuda.
Tengo salud. Una salud de hierro. Y mi hija la ha heredado. Tenemos suerte.
Tengo la capacidad de percibir, reflexionar, razonar, decidir, optar...
Tengo un corazón que es sensible y fuerte (siempre)... y lúcido (pero eso sólo a veces)... Tengo la suerte de que me guste que sea así.
Tengo memoria...y una especial debilidad por las listas.
Y hoy, cargada de lluvia, tengo la necesidad de recordar-me*, todo lo que me hace grande...porque últimamente, a ratos, me siento chiquita.
...
* Recordar: Volver a pasar por el corazón
domingo, 11 de agosto de 2013
DORMIR
No hay muchos nombres de mujer que empiecen por H. Mi hija tiene uno de ellos pero hay otros.
Hay otros como el de H. que tiene un nombre precioso y una historia dolorosa. No en balde le han reconocido el estatuto de refugiado y me alegro de ello. Lo merece sí, como muchos otros a quienes se lo han denegado, con parecidos desgraciados méritos. Pero esa como siempre, es otra historia.
La conocí hace meses cuando no dejaba de llorar. Lloraba con angustia aunque sus circunstancias eran otras y la amenaza había cesado. Estrés post-traumático. Que fácil de decir, que duro de vivir. Lloraba porque la emoción cubría los recuerdos y no la dejaba articular el pensamiento. Y esa congoja era inhabilitante para lo que nos pedía. Pedía lo que sabía necesitaba, la forma de cubrir sus necesidades básicas y ese apoyo que sólo podía ser puntual necesitaba que ella se recuperara de lo que no nos pedía, de lo que creía la atormentaría para siempre. Sin embargo tenía que sobrevivir a su historia y sus circunstancias. Resurgir de las cenizas. Seguir.
La última vez que la vi, la semana pasada, no paraba de sonreír. Ha sido un proceso, llevamos meses trabajando y han sido muchas las cosas que han influido en su mejoría. Yo sólo soy parte de ese conjunto, pero me hace feliz ser copartícipe de esos avances.
Cuando la conocí una de las cosas que le agobiaban era que no dormía. Sólo podía hacerlo durante 2-3 horas cada noche. Dormía poco y mal. Al dormir, volvían las pesadillas. Tenía tantos recuerdos dolorosos, y los sentía de forma tan vívida que re-experimentaba el terror de lo vivido cada noche. Y entonces no descansaba, dormir la angustiaba. Si no duermes ¿Cuándo descansas, cuándo repones fuerzas, cuándo te recuperas?. Más, cuando ni siquiera te atreves a encender la luz para que no se den cuenta de tu infierno quienes duermen contigo. Me dice ahora que duerme el doble, pero que sobretodo duerme bien, descansa, las pesadillas no aparecen ya en el discurso. Me siento bien porque la veo sentirse bien.
Y pienso en ello, en la importancia de un sueño sosegado, no sólo por ella sino también por mi. Por nosotras, por mis noches con H., mi hija.
Ha vuelto sana y feliz del campamento. Y el echarnos de menos es una de las cosas que nos invita al colecho, uno de los temas polémicos de la maternidad. Uno de aquellos en los que he cambiado de opinión tras ser madre. Yo creía y creo que cada persona necesita un espacio físico y emocional; y creía y creo que hay que educar a los hijos en la autonomía. Siempre me pareció que aquellos padres que mantenían a sus hijos en sus camas por períodos prolongados no favorecían dichos procesos. Observaba el hecho y opinaba sobre sus consecuencias. Hoy en día, por experiencia, creo en sus beneficios.
H. y yo no hacemos colecho siempre pero sí a veces, a veces en su habitación, a veces en la mía, casi siempre vinculado a situaciones que nos vuelven frágiles y en las que necesitamos sentir más cerca la presencia física y emocional de la otra (enfermedades, ausencias, broncas, días malos y días buenos que nos desbordan en emotividad....). Hacemos colecho y nos parece bien, lo disfrutamos.
En estos días me sorprendía que pudiéramos hacerlo toda la noche porque no siempre ha sido así. No sé en qué momento ha dejado de suceder pero me he dado cuenta de que H. ha dejado de dar patadas. H. siempre ha dormido bien. Nunca ha tenido pesadillas pero se movía mucho y si había alguien a su lado lo pateaba hasta echarlo de la cama.
Y entonces pienso en todos esos fantasmas que se aplacan y dejan de venir a visitarnos cada vez que bajamos la guardia. Pienso en lo duro que es vivir en estado de alerta, defenderte de cualquier contacto porque temes o te inquietan otras presencias.
Me alegro de ver que H. duerme tranquila y me abraza. Me alegro de compartir su lecho y que pueda compartir el mio. Me alegro de su conquistada serenidad y de su reposo. Creo que si existe un perjuicio en el colecho, nunca superará los beneficios que aporta a un niño que necesita ser arropado. Y yo que utilicé siempre el verbo arropar en sentido metafórico, ahora también lo utilizo en sentido literal.
Hay otros como el de H. que tiene un nombre precioso y una historia dolorosa. No en balde le han reconocido el estatuto de refugiado y me alegro de ello. Lo merece sí, como muchos otros a quienes se lo han denegado, con parecidos desgraciados méritos. Pero esa como siempre, es otra historia.
La conocí hace meses cuando no dejaba de llorar. Lloraba con angustia aunque sus circunstancias eran otras y la amenaza había cesado. Estrés post-traumático. Que fácil de decir, que duro de vivir. Lloraba porque la emoción cubría los recuerdos y no la dejaba articular el pensamiento. Y esa congoja era inhabilitante para lo que nos pedía. Pedía lo que sabía necesitaba, la forma de cubrir sus necesidades básicas y ese apoyo que sólo podía ser puntual necesitaba que ella se recuperara de lo que no nos pedía, de lo que creía la atormentaría para siempre. Sin embargo tenía que sobrevivir a su historia y sus circunstancias. Resurgir de las cenizas. Seguir.
La última vez que la vi, la semana pasada, no paraba de sonreír. Ha sido un proceso, llevamos meses trabajando y han sido muchas las cosas que han influido en su mejoría. Yo sólo soy parte de ese conjunto, pero me hace feliz ser copartícipe de esos avances.
Cuando la conocí una de las cosas que le agobiaban era que no dormía. Sólo podía hacerlo durante 2-3 horas cada noche. Dormía poco y mal. Al dormir, volvían las pesadillas. Tenía tantos recuerdos dolorosos, y los sentía de forma tan vívida que re-experimentaba el terror de lo vivido cada noche. Y entonces no descansaba, dormir la angustiaba. Si no duermes ¿Cuándo descansas, cuándo repones fuerzas, cuándo te recuperas?. Más, cuando ni siquiera te atreves a encender la luz para que no se den cuenta de tu infierno quienes duermen contigo. Me dice ahora que duerme el doble, pero que sobretodo duerme bien, descansa, las pesadillas no aparecen ya en el discurso. Me siento bien porque la veo sentirse bien.
Y pienso en ello, en la importancia de un sueño sosegado, no sólo por ella sino también por mi. Por nosotras, por mis noches con H., mi hija.
Ha vuelto sana y feliz del campamento. Y el echarnos de menos es una de las cosas que nos invita al colecho, uno de los temas polémicos de la maternidad. Uno de aquellos en los que he cambiado de opinión tras ser madre. Yo creía y creo que cada persona necesita un espacio físico y emocional; y creía y creo que hay que educar a los hijos en la autonomía. Siempre me pareció que aquellos padres que mantenían a sus hijos en sus camas por períodos prolongados no favorecían dichos procesos. Observaba el hecho y opinaba sobre sus consecuencias. Hoy en día, por experiencia, creo en sus beneficios.
H. y yo no hacemos colecho siempre pero sí a veces, a veces en su habitación, a veces en la mía, casi siempre vinculado a situaciones que nos vuelven frágiles y en las que necesitamos sentir más cerca la presencia física y emocional de la otra (enfermedades, ausencias, broncas, días malos y días buenos que nos desbordan en emotividad....). Hacemos colecho y nos parece bien, lo disfrutamos.En estos días me sorprendía que pudiéramos hacerlo toda la noche porque no siempre ha sido así. No sé en qué momento ha dejado de suceder pero me he dado cuenta de que H. ha dejado de dar patadas. H. siempre ha dormido bien. Nunca ha tenido pesadillas pero se movía mucho y si había alguien a su lado lo pateaba hasta echarlo de la cama.
Y entonces pienso en todos esos fantasmas que se aplacan y dejan de venir a visitarnos cada vez que bajamos la guardia. Pienso en lo duro que es vivir en estado de alerta, defenderte de cualquier contacto porque temes o te inquietan otras presencias.
Me alegro de ver que H. duerme tranquila y me abraza. Me alegro de compartir su lecho y que pueda compartir el mio. Me alegro de su conquistada serenidad y de su reposo. Creo que si existe un perjuicio en el colecho, nunca superará los beneficios que aporta a un niño que necesita ser arropado. Y yo que utilicé siempre el verbo arropar en sentido metafórico, ahora también lo utilizo en sentido literal.
Publicado por
Montse Hernández P.
en
18:47
6 comentarios:
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