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viernes, 7 de noviembre de 2014

VIEJA

...yo tendría unos doce años cuando vi la primera estría de mi cuerpo. En ese momento pensé que era una señal inequívoca de alguna enfermedad que comenzaba a manifestarse. Pero no, era la genética. Había olvidado darle a mi cuerpo la elasticidad. Permitir crecer sin huellas, lo que por naturaleza (y no por kilos) debía crecer. No sé cuánto tardé en saber que no estaba enferma sino que me hacía mayor. Como llevan años apareciendo, ya forman parte de mi cotidiano paisaje corporal, y nos vamos entendiendo mejor.

...tenía veintinueve años la primera vez que me teñí el pelo. La abundancia de hebras blancas, no me hacía mayor, que yo mayor soy desde siempre. Sólo estaba ahí, otra vez la genética haciendome trampa. Esta familia longeva (que afortunados!!!) me condena al cabello blanco y con ello me ha dado la excusa perfecta para cambiar. Así que vamos del pelirrojo al castaño oscuro, a veces uniforme, casi siempre a trozos y matices, como me gusta a mi la vida. 

...cuando decidí hacer las maletas otra vez y marcharme a sentir el aire fresco sobre mi piel, yo tenía treinta y dos años. Y mi cuerpo protestó. Que son estos cambios y así tan bruscos!. Me vuelves loco!..  Y se expresó: dejé de menstruar. La regla volvió cuando el cuerpo se adaptó al clima y la alimentación, cuando el espíritu se serenó. Algo más de un año después, anticipando el viaje de regreso (porque yo suelo vivir en el futuro), el cuerpo protestó otra vez, y esta vez se estaba realmente enfadado. Dejó de menstruar otra vez, pero fue tanto, que con mi necesidad de maternar, ya me preocupé. Y al médico me fui. Esperé la cita cuatro meses, la consulta casi dos horas y me atendió diez minutos para sentenciar: "Quizás tenga usted una menopausia precoz". Salí de allí y pensé: Con el tiempo que me has dedicado, ni hablar. Y así fue, la regla volvió a los pocos meses, simplemente cuando el espíritu se recuperó. Han pasado casi doce años y aquí sigue, acompañandome mes a mes.

Y aunque estas señales no me dicen nada de mi vejez, pienso en ellas estos días cuando me miro en el espejo y otras huellas (obviemos los detalles) me recuerdan que sigo envejeciendo. Y que bien poder verlo!!... y quererme mucho así, vieja y todo.




Y no, no es mi cumpleaños...pero es que mi linea de vida si lo está.

H. cumplirá su primera década en unas semanas. Diez años. La década prodigiosa. Yo envejezco. Ella se hace mayor. Lo veo. Lo siento. Se avecina una nueva realidad.

Unas semanas antes, mi padre cumplirá ochenta y un años. Hasta hace unos años no era conciente de su vejez. Ahora lo soy, a cada segundo, en cada poro de mi piel.

Esa piel mía en la que veo el rastro de la herencia biológica que me ha dejado mi padre. Esa piel mía tan blanca al lado de la piel negra de mi hija. Y en ese contraste la vida que nos une y nos separa. 

Esa piel mía, tan suave para según qué manos. 

"¿Por qué me acaricias tanto mamá?"

Yo sonrío. Y le contesto: yo, es que hablo con la piel.







domingo, 5 de octubre de 2014

LO PERDIDO...

Empiezo. Hace unos días se ha muerto el disco duro de nuestro viejo ordenador. No puedo decir que fue inesperadamente. Es cierto que no le dí la importancia que merecían a todas esas señales que avisaban que algo no iba bien. Así, un día como cualquier otro, N. intentaba descubrir qué impedía la conexión a Internet, de pronto el viejo aparato se apagó en medio de un estertor y no volvió a arrancar. 

¿Tienes algo importante aquí? preguntó N...Y yo, que apenas lo he usado en los últimos siete años, le dije: No lo sé. Y es verdad, no lo sé. Mi memoria, que sigue siendo prodigiosa para algunas cosas, en otros ámbitos se desdibuja. Y me preocupa porque también es una señal.

Cuando N. me preguntó sólo alcancé a decirle que no tenía claro si allí había algo importante (que supongo que sí). Allí recogí mi vida durante seis años, los que mediaron entre mi regreso a esta tierra y la llegada a mi vida de mi hija. Pensé, si no lo recuerdo con intensidad, entonces quizás no hay nada que, más que importante, sea imprescindible. Porque importante es todo lo que acontece en mi vida y más cuando se revisa de vez en cuando. Así que a bote pronto lo que siento que he perdido es la posibilidad de la nostalgia, esa que aparece cuando repasas hechos y momentos con la perspectiva del tiempo. Y lo pienso desde la certeza de que hay cosas que, en lo tangible, he perdido para siempre.

Sigo. En estas últimas semanas hemos tenido que elegir algunas cosas. Con la llegada del curso escolar mi horario laboral pasa de ser jornada continua a ser jornada partida. Así, con el otoño, como los árboles pierden sus hojas, yo pierdo la posibilidad de decidir qué quiero hacer en un tercio de mi tiempo. Llevo días pensando en las cosas que elegimos para esas tardes (extraescolares), en las cosas que llegan para cubrir esas horas (deberes) y en el horario que negocio y me construyo, a base de pedir flexibilidad en la forma de entender el trabajo. 

Ahora que ya parece que está construido el calendario escolar llevo días pensando en las cosas que hemos perdido, en las que dejaremos de hacer, y en lo que hay de renuncia y aceptación en ello. Con la tibieza que ofrece la sensación de que sólo se trata de una temporada. Cuando llegue junio, si estamos vivas, mis tardes volverán a ser mías.

Una vuelta más. Ayer decía R. que quizás no estaba eligiendo la mejor opción pero sí la que la hacía más feliz. Con este mensaje respondía a una serie de mensajes, con demasiados espectadores para mi gusto, que resultaban de una ruptura afectiva con una pareja de muchos años. Desde hace meses comparto esa triste decisión desde la cercanía que me une a ambos miembros de la pareja. El desamor duele (a veces el amor también) pero hay tantas formas de manejarlo. 

En los últimos años, varias parejas amigas que llevaban el suficiente tiempo juntos, como para pensarlas sólidas, han decidido cambiar el rumbo y separarse. Con ello, han evocado una ruptura de pareja especialmente significativa para mi y las pérdidas que supuso (que son ganancias) y he vuelto a pensar en ello otra vez. Me alegro de haber optado también no por lo que parecía mejor, sino por lo que me hacía más feliz. Y no es que estuviera yo mal acompañada, es que no era más feliz que sola. 

Pienso en la gestión de las rupturas, quién deja y quién es dejado, quién ha elegido qué y cuándo. La misma historia de separación admite a menudo varias lecturas de elecciones hechas. Y entonces insisto en que eso que pierdes como posibilidad futura, esa vida de pareja, no debe impedirte ver, ni valorar, todo lo que ganaste en el pasado por haber vivido esa experiencia. No será más, pero fue. Y que nos quiten lo bailado.

Y más. Desde mi historia familiar y personal como migrante, desde mi experiencia laboral y personal trabajando con migrantes, he escuchado a lo largo de estos años miles de historias que hablan de pérdidas. El que migra gana, sin duda, pero esas ganancias no son visibles siempre desde el primer momento, por lo menos no de forma integrada con la consciencia de las pérdidas. Y te preparas para pérdidas evidentes sin ser consciente de que serán igual de significativas las pérdidas más sencillas y cotidianas: la visión de un paisaje, un acento, el aroma de cierta comida, las tardes de charlas con los amigos, los ruidos de tu amanecer, la humedad del aire, las miradas.  

 Termino. Cuando eliges (cuando tienes la libertad de elegir) es obvio que ganas. Ganas aquello que, dentro de las opciones que había, te pareció mejor (entre otras cosas porque parecía que te hacía más feliz y eso bien vale el intento). En estos días en los que pienso tanto en lo perdido, me reafirmo en la necesidad de tomar consciencia de ello, de no minimizarlo, de valorarlo en su justa medida, de aceptar el hueco que dejará en nuestras vidas, de hacer el duelo, permitirse la tristeza, la rabia y el desamor; pero también reconciliarse con el valor que tuvo, guardándole un espacio privilegiado y mimado en nuestra memoria.


viernes, 19 de septiembre de 2014

INSTALADAS....

Tarde de viernes...saco la cuenta. Doce días...

Me sorprende que en doce días cambie tanto el paisaje, el de adentro y el de afuera...

Hace doce días yo estaba de vacaciones, con mi familia, al lado del mar, bajo un sol que calentaba; a ratos, incluso demasiado. Y, sobretodo, hace doce días yo tenía fuerzas para luchar con lo que fuera. Tenia tanta paz que sentía que podía con todo. 

En sólo doce días aquí estoy, haciendo equilibrios tras la tormenta. Yo como el tiempo. Otoñal

Sí, ya estamos instaladas...


Instaladas en el otoño, lo más evidente. He visto menos, mucho menos el sol. El viento y la lluvia se han apoderado de nuestros días. Ponte zapatos cerrados, saca las bufandas y las chaquetas. Ten a mano el paraguas, o mójate, que a veces también viene bien para refrescar el alma. Y las ideas...

Instaladas en el colegio, con malos pronósticos. H. ya me lo anuncia: "voy a suspender". A la profe que le ha tocado le preceden más comentarios en contra (y dicen que denuncias en la inspección de educación) que alabanzas que alguna también he oído. Y menos mal. Al parecer depende de "si te agarra manía o no", "si eres chica o chico" y otras lindezas que como criterios educativos me parecen "fantásticos". Así que será un año movidito, y cómo será largo, prefiero empezar las batallas con calma. Me consuelo pensando que esta era la opción "buena"..." porque al menos les enseña". En la otra clase el profesor es "un vago"... pero es simpático dicen los niños del año pasado. Maravilla de sistema educativo. Primera semana de clase: H. 1 - Profe 0. A pesar de algún detalle, yo lo celebro porque cuando H. piensa que algo está en contra de ella, la batalla es inmensa. Así que allí estaremos, dispuestos a poner a favor las subjetividades de la susodicha docente.


Instaladas en el trabajo, y ya dan ganas de salir corriendo. Esta semana he vivido una especie de tsunami laboral. Creo que para todos se han acabado las vacaciones al mismo tiempo. Y después de sacudirme la angustia y la tristeza, me sale la rabia que siempre es más operativa para visualizar soluciones. Hacer más porque las familias estén mejor, con soluciones duraderas, y que eso no nos lleve por delante a los que estamos en medio. Que reto. Para mi, no sólo es necesario, sino que se vuelve imprescindible. De la gestión que hagamos de esto dependerá el mundo en el que vivirá mi hija y las oportunidades que tenga. Y da susto. Pero compromete.

Instaladas, ¿cómo si no? en la búsqueda de la conciliación de un trabajo a jornada partida y el cuidado de una hija como madre monoparental, en una ciudad en la que no tengo redes familiares y la gran mayoría de los amigos (agradecidos estamos) tiene trabajo. Como cada año, aquí estamos sentados midiendo tiempos, encajando actividades, obligaciones, apetencias, compromisos. Lo hago con menos angustia que otros años pero enfrentando los cambios que nos vienen y explorando los retos que nos suponen, negociando opciones, calibrando la vida de los siguientes nueve meses. Sí, cada año escolar, es para mi un parto, en todos los sentidos...


A pesar de que hay ratos en los que quiero desinstalarme de todo esto, es también cierto, que la mayor parte de estos doce días he contemplado un hermoso amanecer. De esos que detienen mi mirada y me aprietan el corazón. Y es que a mí, cuando amanece bonito, me dan ganas de salir a comerme el mundo. Aunque a veces, en las tardes de lluvia, se me olvide...


sábado, 13 de septiembre de 2014

EMPEZAR

La llegada progresiva del final del verano tiende a envolvernos en una cierta nostalgia por las cosas buenas que acaban. Y yo soy dada a las nostalgias y a veces me pasan factura. 

Tras la última factura veraniega importante, hace ya un par de años, decidí que cuando el verano acabara en su luz, su calor, su sin-horario y sus fiestas, yo iba a enfocar mi mirada en todas las cosas buenas que empezaban, que los comienzos siempre me han resultado especialmente inspiradores...y en ello andamos.

Pienso que...

...sigue amaneciendo para mi y para los que quiero, ¿es que acaso habrá algo mejor que eso?. Y amanecemos con salud, que lo demás llega, va llegando, se consigue.

...cuando dejas las vacaciones para el final del verano, que es lo que siempre me ha gustado, volver de ellas; coincidiendo con los cambios de final de temporada, siempre te ofrece un agradable sabor a reencuentro. Sí, me encuentro otra vez con las cosas que forman parte de nuestra cotidianidad, esas que nos acompañan a lo largo del resto de estaciones. Estos han sido días de muchos encuentros. De abrazos y sonrisas amplias. De alegría. De afecto. Estamos en ferias, sigue el buen tiempo. Todo ayuda.

...empieza a sentirse la que aún es brisa fresca y la brisa fresca, refresca. Lo refresca y alivia todo. Lo suaviza. Y no está mal.

...empieza o empezará a transformarse el paisaje natural y a los colores del otoño casi, casi, nada le gana. Planes de otoño, sí. Nada mejor que hacer planes.

...H. coge sus libros, los nuevos y los usados, y los huele. Mi hija es una chica de olores. Se entusiasma, se emociona. Le encanta volver al cole. Los abre, revisa los contenidos. Me mira y me dice tajante: "Que lo sepas, voy a suspender". Yo sonrío y pienso queda inaugurado el curso escolar 2014-2015. Y sonrió porque ¿Qué hacer?...empezaremos la batalla de convencerla (que es la parte más difícil) de que no será así, si trabajamos por evitarlo (porque capaz, es). Lo que más me gusta de H. es todo lo que me obliga a aprender.

...comienza el baloncesto, comienzan los scouts, comienzan las extraescolares. Se reduce nuestro tiempo sí, pero crecen los espacios de relación y crecimiento. Veo a H. madurar física y emocionalmente a pasos agigantados y mucha responsabilidad tienen en ello los grupos en los que se mueve y las experiencias de trabajo en equipo que esos espacios posibilitan. Como me gusta mirar atrás y confirmar que, desde mis dudas e inexperiencia, he ido tomando buenas decisiones para mi hija. 

...comienza el reto (y es que me gustan los retos) de hacer frente al pesimismo académico de H., a la mala fama que precede a la profesora que le ha tocado y que ya se vislumbra pero de la que ella aún no es consciente (y que dure). El reto de compensar esa balanza después de dos años de bonanza con una maestra a la que nunca le agradeceremos lo suficiente el bien emocional que ha hecho a nuestros hijos e hijas. Unas son de cal y otras de arena y la vida siempre te ofrece de las dos. Más vale que aprendas a saborear las unas y a esquivar en la medida posible las otras.

...comienza (siguen) los retos laborales, que no son pocos y son complejos. Que no tienen fin. Que nos obligan a crear y redefinir. A tolerar algunas cosas, a mantener con convicción otras, a animar, postergar y priorizar. A defender a pesar del conflicto. A disfrutar de los avances aunque sean pequeños. A ver los espacios de consenso y reconocimiento a través de esos cristales a veces tan opacos. Tiempo de seguir cultivando la sabiduría y la serenidad, desde el equilibrio entre la razón y la emoción. Respiremos, sonriamos, acompañemos. No podemos rendirnos.

...construir planes en el futuro siempre nos ayuda a seguir caminando. Nos encontraremos otra vez, familia, amigos, verano. Mientras prometemos disfrutar del camino.







domingo, 17 de agosto de 2014

AMOR DEL BUENO

En las últimas semanas ha estado con nosotros E. 

Cuando pienso en él, recuerdo este texto. No porque E. sea un chico (ya mayor de edad) difícil de llevar, disrruptivo, violento. Al contrario, es tremendamente dócil. Demasiado para mi gusto. Pero es verdad, no hace fácil que le podamos querer. Es callado, huraño, seco, pesimista, solitario...

Y todo esto se nota más frente a la luz de sus hermanos, que brillan con una luz enorme.



He tenido la suerte de disfrutarle en la cotidianidad, en un ambiente tranquilo, alejados del ruido de su propio hogar. Todos a su alrededor esperan un milagro de su estancia en nuestra casa. Como si yo fuera mágica y pudiera cambiar su historia (o mejor, su interpretación de la historia) en dos plumazos. Hace falta tanto silencio para aprender a escucharle, tanta paciencia para esperarle, tantas ganas para invitarle a salir....

Sin embargo, siempre he sabido que debajo de esa coraza, de ese muro de contención enorme, hay un alma atormentada pero infinitamente bondadosa...

Hoy hemos estado dando un paseo por este lugar, un sitio hermosísimo...



En medio de este paisaje tan sereno, en medio del silencio que nos acompañó durante buena parte de la caminata, de pronto habla:

"Me quiero hacer un tatuaje pero papá y mamá no me dejan". Obvio. Así son. Y cada uno es lo que es. No hay que estar a favor ni en contra, sólo hay que escuchar...

¿Sí?...¿Y qué quieres tatuarte?... Responde sin dudas: Tres corazones, uno por cada uno de mis hermanos y un nombre "Guasara".

No hice la asociación rápidamente y por eso pregunté ¿Quién es ella? para recordar la respuesta antes de escucharla.

Guasara, era compañera de clase de E. Murió de un cáncer vertiginoso cuando ambos tenían 10 años. Ha pasado de ésto casi una década. Y así de presente está.

Si en lugar de decir "Ni se te ocurra hacerte un tatuaje" 
 ...preguntáramos y escucháramos ... podríamos seguir pensando que no nos gustan los tatuajes pero estaríamos seguramente muchísimo más cerca del corazón del protagonista de esta historia. Una cercanía que pide a gritos, aunque nadie lo ve. Aunque nadie se toma el tiempo para ofrecérsela. Y me siento tan feliz de haberle escuchado. Estas cosas me hacen quererle aún más.

Mientras, H. que nos escuchaba me decía. "Mamá y yo me voy a tatuar en el brazo un corazón con la palabra LOVE"... y entonces yo, apunto de decir en el acto "Ni se te ocurra....", respiré profundo y dije: ¿Si?... ¿estas segura?...y tal debió ser mi cara que cambió de idea y me dijo "O no, mejor unas mariquitas".

Escuchar, no es fácil, no. Pero vale la pena. Y, sobretodo, ayuda a salvar vidas.



miércoles, 25 de junio de 2014

NECESIDAD...

Hay cosas que son un deseo y otras que son una necesidad.

Necesitaba tiempo. Necesitaba tiempo para estar sola.

Necesitaba tiempo para estar sola en silencio.

Tiempo mio, sin otra ambición que perderlo, gastarlo o invertirlo... en no hacer nada, en no ver a nadie. 

Tiempo de estar sola y cuidarme el cuerpo al mismo tiempo que cuidarme el alma.

Cuanto ruido siento alrededor. Bulla, mucha bulla. Demasiada después de tanto tiempo.

Desde hace un mes tengo las tardes libres y eso me hace feliz. Desde hace un mes acabaron las extraescolares de las tardes. Eso nos hace felices a las dos.

Desde hace un mes H. y yo compartimos tiempo, perdiéndolo. Jugamos más, conversamos más, paseamos más, incluso trasnochamos más. Es decir, ganamos mucho en calidad de relación. Y sonreímos, sonreímos mucho más, todo parece más ligero y fluye. Suena tan bien pensando en que tenemos todo el verano por delante.

Pero además, desde hace unos días, estoy sola en casa.  Me levanto sabiendo que el ritmo que seguiré será el mio y no el compartido. Y por lo tanto lo gestiono mejor. Depende de mí, me conozco y me entiendo. Me regulo. Con H. cada día está todo por explorar, por compensar, con obligación de regular. Atender a sus necesidades y a las mías. Un aprendizaje y un reto diario. Algunas veces agotador. No en sí mismo, que para eso estamos, sino sumado a todos los demás.

H. es un libro abierto, una niña que habla mucho, cuenta todo. Que dure...H. habla sobretodo de lo que le emociona, y eso da gusto escucharlo. Y de lo que no funciona que para ella es mucho también. 

Desde mi punto de vista tiene un don especial para la queja. Para ver lo que no funciona de cualquier cosa. H. ve el punto negro de la tela blanca, el vaso medio vacío. Las espinas de las rosas, y la única nube del cielo radiante. Así, cada día desde que amanece hasta que anochece, yo al lado de ella, reconociendo y validando quejas, señalando gozos. Lamentando lo que no funciona y pensando a ver qué hacemos con lo que nos sirve aún. Viendo el punto negro como una línea que se está abrazando (la idea no es mía). Y el liquido que falta como la fortuna de alguien que tenía sed y tuvo algo que beber. Yo a su lado jugando con los pétalos de las rosas (las naranjas mis preferidas) y observando las espinas que las cuidan para que con delicadeza podamos poner nuestros dedos en su tallo lentamente, sin dañarlas, sin dañarnos. La tregua agradecida que nos da la sombra de una nube y la certeza de que será temporal para que el sol siga brillando y nos caliente nuevamente. Todo apenas perceptible, sutil, que si no se ofende...

La dejo en el cole y voy al trabajo. Allí lo mismo, donde otros venden miserias e impotencia, tengo que ayudarles a ver posibilidades y esperanza; donde me hablan de sus carencias les reflejo sus posibilidades, donde ellos ausencia yo la búsqueda.

Estoy muy cansada. Y el cuerpo se queja y no me ayuda. 

Por eso estos días los vivo como una oportunidad, atiendo únicamente mis necesidades. Me desintoxico. Es justo pero sobretodo es necesario. Queda mucho por hacer.





martes, 1 de abril de 2014

TENGO...

Desde hace unas horas, 47 años...

Tengo una hija preciosa, noble, intensa, que me recuerda, como cada amanecer y cada vez que se me olvida, que estoy viva...

Tengo unos padres inmensos, de cuya entrega y amor incondicional, soy cada día más consciente...

Tengo una familia magnifica, que me hace sentir segura y cobijada, aunque siempre estoy a muchos kilómetros...Mención honorífica a esos cuatro sobrinos a los que amo con locura y cuyo afecto y amor siento a pesar del poco roce.

Tengo un hermano de otro planeta (lo mismo dirá el de mí) que me da siempre un motivo para defenderle. Tengo una cuñada, que lo salvó del miedo y nunca se lo agradeceré lo suficiente.

Tengo amistades inquebrantables a las que me une un vínculo que ha soportado el paso de los años y la ausencia impuesta por la distancia. Y eso emociona.

Tengo buenos amigos y gente cercana que hacen mi día a día más sencillo, más amable, más fácil, y sin duda alguna, mejor.

Tengo varios ahijados, co-madres y con-padres que me ayudan a creer en el futuro

Y tengo un gran numero de conocidos y queridos, desperdigados por medio mundo, que me han ayudado siempre a que mi horizonte geográfico y emocional fuera más amplio.
 
Tengo una casa que es mi hogar, en la que me siento a gusto y cuya hipoteca aún no me quita el sueño. Pero también he tenido muchas otras casas que me han acogido por distintas razones y a las que siempre apetece volver...


Tuve el coste pero también la fortuna, de haber vivido en muchos sitios y de haber aprendido a relativizar algunas certezas identitarias que me acercan a la idea de las "pertenencias" múltiples a pesar de tu identidad. Gracias Amin Maalouf por explicarlo de forma tan sencilla.

Tengo la suerte de tener al menos un gran amor y, en general, buenos recuerdos de aquellos a quienes amé. Tengo ganas de enamorarme. Sí, otra vez. Que no se aprende.

Tengo un trabajo, con lo cual parece que formo parte de un sector casi privilegiado de la sociedad. 

Tengo un trabajo que me ayuda a sentirme útil para otros y eso, al final del día, ayuda.

Tengo salud. Una salud de hierro. Y mi hija la ha heredado. Tenemos suerte.


Tengo la capacidad de percibir, reflexionar, razonar, decidir, optar...

Tengo un corazón que es sensible y fuerte (siempre)... y lúcido (pero eso sólo a veces)... Tengo la suerte de que me guste que sea así.

Tengo memoria...y una especial debilidad por las listas.

Y hoy, cargada de lluvia, tengo la necesidad de recordar-me*, todo lo que me hace grande...porque últimamente, a ratos, me siento chiquita.

...



* Recordar: Volver a pasar por el corazón

domingo, 11 de agosto de 2013

DORMIR

No hay muchos nombres de mujer que empiecen por H. Mi hija tiene uno de ellos pero hay otros.

Hay otros como el de H. que tiene un nombre precioso y una historia dolorosa. No en balde le han reconocido el estatuto de refugiado y me alegro de ello. Lo merece sí, como muchos otros a quienes se lo han denegado, con parecidos desgraciados méritos. Pero esa como siempre, es otra historia.

La conocí hace meses cuando no dejaba de llorar. Lloraba con angustia aunque sus circunstancias eran otras y la amenaza había cesado. Estrés post-traumático. Que fácil de decir, que duro de vivir. Lloraba porque la emoción cubría los recuerdos y no la dejaba articular el pensamiento. Y esa congoja era inhabilitante para lo que nos pedía. Pedía lo que sabía necesitaba, la forma de cubrir sus necesidades básicas y ese apoyo que sólo podía ser puntual necesitaba que ella se recuperara de lo que no nos pedía, de lo que creía la atormentaría para siempre. Sin embargo tenía que sobrevivir a su historia y sus circunstancias. Resurgir de las cenizas. Seguir.

La última vez que la vi, la semana pasada, no paraba de sonreír. Ha sido un proceso, llevamos meses trabajando y han sido muchas las cosas que han influido en su mejoría. Yo sólo soy parte de ese conjunto, pero me hace feliz ser copartícipe de esos avances.

Cuando la conocí una de las cosas que le agobiaban era que no dormía. Sólo podía hacerlo durante 2-3 horas cada noche. Dormía poco y mal. Al dormir, volvían las pesadillas. Tenía tantos recuerdos dolorosos, y los sentía de forma tan vívida  que re-experimentaba el terror de lo vivido cada noche. Y entonces no descansaba, dormir la angustiaba. Si no duermes ¿Cuándo descansas, cuándo repones fuerzas, cuándo te recuperas?. Más, cuando ni siquiera te atreves a encender la luz para que no se den cuenta de tu infierno quienes duermen contigo. Me dice ahora que duerme el doble, pero que sobretodo duerme bien, descansa, las pesadillas no aparecen ya en el discurso. Me siento bien porque la veo sentirse bien.

Y pienso en ello, en la importancia de un sueño sosegado, no sólo por ella sino también por mi. Por nosotras, por mis noches con H., mi hija.



Ha vuelto sana y feliz del campamento. Y el echarnos de menos es una de las cosas que nos invita al colecho, uno de los temas polémicos de la maternidad. Uno de aquellos en los que he cambiado de opinión tras ser madre. Yo creía y creo que cada persona necesita un espacio físico y emocional; y creía y creo que hay que educar a los hijos en la autonomía. Siempre me pareció que aquellos padres que mantenían a sus hijos en sus camas por períodos prolongados no favorecían dichos procesos. Observaba el hecho y opinaba sobre sus consecuencias. Hoy en día, por experiencia, creo en sus beneficios.

H. y yo no hacemos colecho siempre pero sí a veces, a veces en su habitación, a veces en la mía, casi siempre vinculado a situaciones que nos vuelven frágiles y en las que necesitamos sentir más cerca la presencia física y emocional de la otra (enfermedades, ausencias, broncas, días malos y días buenos que nos desbordan en emotividad....). Hacemos colecho y nos parece bien, lo disfrutamos.

En estos días me sorprendía que pudiéramos hacerlo toda la noche porque no siempre ha sido así. No sé en qué momento ha dejado de suceder pero me he dado cuenta de que H. ha dejado de dar patadas. H. siempre ha dormido bien. Nunca ha tenido pesadillas pero se movía mucho y si había alguien a su lado lo pateaba hasta echarlo de la cama.

Y entonces pienso en todos esos fantasmas que se aplacan y dejan de venir a visitarnos cada vez que bajamos la guardia. Pienso en lo duro que es vivir en estado de alerta, defenderte de cualquier contacto porque temes o te inquietan otras presencias. 

Me alegro de ver que H. duerme tranquila y me abraza. Me alegro de compartir su lecho y que pueda compartir el mio. Me alegro de su conquistada serenidad y de su reposo. Creo que si existe un perjuicio en el colecho, nunca superará los beneficios que aporta a un niño que necesita ser arropado.  Y yo que utilicé siempre el verbo arropar en sentido metafórico, ahora también lo utilizo en sentido literal.


viernes, 26 de julio de 2013

TIERRA

Hace diez años viajé a Argentina con dos amigas. Al final de ese viaje G. me regaló una botellita pequeña con tierra rojiza que había recogido en Iguazú. Ese viaje, fue una celebración de la vida y de la amistad. La cumplida promesa de conocer un lugar con el que soñaba desde niña.

Ese regalo marcó el comienzo de una tradición. Desde entonces, intento traerme un trocito de tierra de los lugares que me son especialmente significativos. Esos centimetros cúbicos de arena que van del blanco al negro pasando por diversos matices. También del terracota al amarillo, y varias gamas de marrones. Todos muestra de la diversidad que tanto me gusta. Esas botellas llenas de tierra y arena me recuerdan la vida vivida en esos lugares. Que casi siempre, es una buena vida.

La tierra habitualmente representa el suelo firme, las certezas, los nutrientes que nos ofrece la naturaleza, nuestro alimento y cobijo, el lugar de nuestras raíces. Raíces que nos dan certezas incluso a los que tenemos alas y no hemos dejado de volar -ni queremos-. 

Tres de esos botes tienen una relevancia emocional importante para mí.

La primera es blanca y la recogí en una hermosa playa del Caribe Venezolano en el último viaje que hice a mi tierra. Lo hice acompañada de los amigos de la infancia que han permanecido en mi vida adulta. Amigos que sólo llenan mi vida de sonrisas y lugares que sólo llenan mi corazón de amor por la belleza de la tierra en que nací, a pesar de aquello en lo que se ha convertido.

La segunda es negra. Es arena volcánica de la Playa del Faro en la Isla de La Palma. La playa del pueblo en el que nacieron mis padres y deseo acabar mis días en esa visión tan romántica que atesoro de mi vejez. Esa playa de aguas cristalinas que tantas imágenes familiares me evoca.


La tercera es la arena que recogía junto a H. en el monte Entoto, a 3000 metros de altitud y con la ciudad de Addis Abeba a nuestros pies. Lo hicimos unos días antes de regresar a nuestra casa. En medio de un paisaje natural plagado de eucaliptos, y de un paisaje humano cargado de sonrisas y grandes esfuerzos físicos.



Me gustan las cosas que me nutren. Me gusta sentir que en el salón de mi casa, situada en plena meseta castellana, lejos de esas montañas y de esos mares, hay un trozo pequeño de los mundos que viven en mi. 

Por cierto, me acabo de dar cuenta, no tengo ninguna botellita con tierra, de esta "tierra". Habrá que poner remedio.


miércoles, 5 de junio de 2013

ABANDONO


El lunes amanecí leyendo esta interesante reflexión. Pensando en cómo este compañero de viaje había encontrado una metáfora perfecta. Una metáfora que describe las dificultades con las que se encuentran muchos de nuestros hijos, cuando la escuela no sabe dar respuesta a sus necesidades específicas. Pensé en lo útil que me sería la imagen para explicar ciertas cosas en el centro educativo de mi hija. El lunes, entonces, amaneció de cuentos y con sonrisas.


Pero el martes, amaneció de pesadillas. Cuando escribí mi anterior entrada yo argumentaba que lo que representa la palabra VINCULO constituye uno de los mejores predictores de la sana evolución del proceso adoptivo vivido por una familia. Al mismo tiempo, pero ya sin escribirlo, pensé:... y la otra palabra esencial es DUELO. Como era un post sobre la magia y las cosas buenas, decidí omitir esta última parte de mis pensamientos.

Pero el horror es a veces más fuerte que el amor. El horror de la crueldad lo tengo dando vueltas en mi interior, pensando en esa madre que sufre, viendo a su hija sufrir. 

Crueldad, sí. Y ganas de llorar, también. ¿No tienen ya suficiente en su mochila?. Sí, sin duda, pero me temo que nuestros hijos tendrán que lidiar con eso y con mucho más, y muchas veces, a lo largo de su vida. Yo no sé si en el mundo hay muchas o pocas personas crueles, pero no creo que nuestros hijos se libren de encontrar alguna por el camino. Alguna que les dirá estas cosas o quizás otras peores. Alguna que, en el mejor de los casos, intentará agredirles verbalmente pero que, según la ocasión, legitimado como se siente para ello, puede llegar a más. 

Me gustaría decir que son escasas esas personas, la verdad es que no me lo creo. Aún así, para hacer daño sólo basta que te topes con una de ellas. Basta una bala en el lugar preciso para matar a alguien.

También me gustaría decir que no vale la pena hacerles caso, pero me parece imposible, por eso mi único camino es hacia adelante, mirando de frente, hablando de lo sucedido, razonando, intuyendo, opinando, cuestionando y, por su puesto, llorando, peleando, reprochando, validando,... En general, fortaleciendo a nuestros hijos para que, desde su interior, puedan generar las respuestas ante esos señalamientos del otro, buscando las palabras que pongan freno al daño. No daña quien quiere, sino quien puede.

En la mayoría de los casos eso tiene que ver con la elaboración del duelo, con sanar en lo posible la herida de esa pérdida esencial del cuidador primario, cualesquiera sean las razones de tal pérdida. Creo que como padres y madres además de abrazar y consolar, tenemos que ayudar a nuestros hijos a procesar, desde lo cognitivo y lo emocional, cada una de esas expresiones dañinas hasta que dejen de doler…porque sólo cuando dejen de doler esas palabras, habrán perdido su poder y dejarán de ser dichas.

Y eso, ¿cómo se hace?, supongo que cada historia es única y ha de ser trabajada con nuestros hijos de forma diferente y no hay recetas sino pistas, intuiciones, intentos... Si trabajamos esas posibilidades, desde el análisis de las fases del duelo, a mi se me ocurre:

Primero, facilitar en el niño su relación con esa ausencia, hablar abiertamente de abandono o de la muerte y de las posibles circunstancias que generaron ese hecho, trasladando la responsabilidad de los hechos a los adultos y eximiendoles a ellos de toda responsabilidad. Insistir en cómo determinadas circunstancias personales, sociales, familiares; elegidas o forzadas, construyen la realidad de una madre, unos padres, que no pueden cuidar a sus hijos. Y claro, según la edad, creo que lo simbólico nos ayuda mucho en la construcción de esas narrativas: cuentos que traten el tema, dibujos, obras de teatro, películas que nos inviten y nos hagan hablar él.  Tendremos que ayudarles a expresar el dolor de la injusticia, la rabia, el desconcierto, que producen el abandono y la pérdida, primero vista en otros y luego en ellos mismos.


Segundo, tendremos que aceptar que se produzca una idealización de esas figuras ausentes, permitir la posibilidad que se justifique la ausencia, la fantasía de lo que pudiera haber sido y, a veces, incluso, el cuestionamiento de nuestro papel en esa historia. A partir de allí, trabajar progresivamente en acercarnos a la realidad conocida y la responsabilidad de las decisiones de otros que posibilitaron su llegada a nuestras vidas. Validas serán también entonces, las inquietudes en relación a la situación actual de esa familia imaginada. En este apartado, es especialmente útil que los padres adoptivos tengamos elaborada (y reconciliada) nuestra relación con la familia biológica de nuestros hijos.

Tercero, llegará el momento en el que nuestros hijos cuestionaran las decisiones y las circunstancias que los llevaron a nuestras vidas. Aceptarán el dolor de la pérdida y las ausencias abiertamente. Expresarán sin miedo, su rabia y su dolor. Y protestarán. Y finalmente aceptarán estas circunstancias, con sus ganancias y sus perdidas. Validar esas emociones y canalizarlas de formar presente y constructiva es el mayor reto de esta etapa.

Finalmente, llegará el momento de asumir y asumirse, para después construirse, mejor re-construirse integrando en su identidad su realidad bi-familiar, llena de presencias y ausencias, de afectos y desafectos, de sueños y de tragedias, de suertes y desgracias.


La fotografía pertenece a Daniel López, no dejéis de visitar su web
Y creo que es una tarea compleja, un camino largo, que se vive en paralelo entre nuestros hijos y nosotros, una tarea en la que sólo les podemos brindar la certeza de amarles y acompañarles incondicionalmente. Y una tarea en la que, también como adultos, tenemos un duelo que elaborar frente la compleja realidad emocional que hemos elegido, con consciencia o no, al decidir ser madres y padres por la vía de la adopción. Más, cuando esa opción es pública, como sucede siempre en las adopciones interraciales.

Y no es poco el camino que nos queda, sin embargo toda larga caminata se alimenta de pasos pequeños y sostenidos.


domingo, 27 de enero de 2013

LO QUE VERÉ Y TENDRÉ...

Hace unas semanas conocí en el trabajo a N.  Viene a vernos porque necesita ayuda. Necesita la que pide inicialmente, material, tangible, urgente. Le atendemos y le damos algo material, tangible y tan rapidamente como puede ser. Ahora, N. me cuenta más cosas. Quiere más que eso tangible, quiere estar tranquilo, porque sabe que no lo está.

"Son los nervios". "Tengo que estar tranquilo". "Si no lo estoy, la tensión es más alta". Habla de la tensión arterial. "Si me sube la tensión, todo va mal con los ojos". 


N. nació viendo, y ha visto toda su vida, hasta hace unos años que, según cuenta, de un día para otro, se quedó ciego. Ahora, pasados tres años y múltiples tratamientos y operaciones, ha recuperado algo la visión en uno de los ojos. Aunque ve poco, puede ser autónomo pero según dicen, no lo será mucho tiempo. Progresivamente volverá  a perder la poca visión que ahora tiene. Y si no cuida "sus nervios", la perderá más rapido.

Qué paradoja!, tiene que estar tranquilo, si no lo está se quedará ciego más rápido. Dicho así, con esta autoinstrucción, hay que ser fuerte para estar tranquilo. Dejar de ponerse nervioso cuando hay motivos para estarlo, a veces no es tan sencillo. Por suerte, ya hemos encontrado muchas cosas que le ayudan a estarlo. Y quiero ayudarle a tenerlas presentes.


Cuando hablamos de lo vivido estos años hace mucha referencia a sus hermanos. N. no tiene amigos (aunque los quiere) pero tiene hermanos. No hace más que repetir que si no fuera por ellos, todo sería peor. Le han cuidado, acompañado y arropado. Y yo no se él, pero yo (que los conocía) no lo esperaba. Han estado a la altura de las circunstancias. N. me cuenta su historia y sus pensamientos. Yo he estado recordando historias de hermanos. Y he estado pensando en su valor.

Me acuerdo de T. que no esperaba tener hijos porque se había cansado de buscarlos. Sin embargo, sucedió inesperadamente, estaba embarazada. Desde que nacio M. no cejó en su empeño de darle un hermano. Embararzarse se convirtó en su obsesión. Lo logró, tras varios intentos fallidos que incrementaron su angustia. Cuando dio a luz a su segundo hijo, respiró tranquila. Ahora cuando salimos y veo a sus hijos juntos y el apoyo que mutuamente se dan,  pienso que fue una obsesión válida (que entonces ni entendí ni validé). 

La relación de hermanos es un espacio ideal para el aprendizaje de las relaciones con los iguales, para aprender a resolver conflictos, a negociar, a ceder, a dar espacio al otro y a reivindicar el propio. Poder hacer eso dentro de casa, es una suerte enorme.

Pienso en mi hermano y en el rol que ha tenido en mi vida (imperceptible) pero soy consciente del rol que tendrán sus hijos en la vida de mi hija (y también en la mía). Cuando decides ser madre/padre te comprometes a muchas cosas con el/la hijo/a que tendrás y quieres dejarle herencias que puedan serle de utilidad. Digan lo que digan, los hermanos son referentes y las referencias siempre son positivas para el desarrollo.

H. quiere hermanos y yo lamento no haberselos dado. No se si estaba preparada para haber asumido dos hijos al mismo tiempo. Mi parte emotiva inmediatamente los quiso, mi parte racional y sensata freno el deseo desde la inexperiencia de entonces. Creo que ella ya tiene asumido que no tendrá hermanos (bebés), pero con la misma certeza quiero pensar que aún puede tenerlos (iguales o mayores). Hermanos que llegarán, con o sin padre, para agrandar esta familia monoparental que es suficiente pero no siempre basta.

No se si sobreviviría a ella, pero crecí viendo esta serie, Ocho son suficientes o, Con ocho basta, según el lado del mundo en el que estuvieras. Y no, no es lo mismo.

Eight is enough

Siempre me pareció de lo más divertida. Echo de menos a los hermanos que no tuve, sigo esperando los hijos que todavía no he tenido.


sábado, 5 de enero de 2013

EL DIOS DE LAS PEQUEÑAS COSAS

 ...es el título de una novela de Arundhati Roy que leí hace años. Me gustó pero sin trascender. El título, sin embargo, se me ha quedado grabado dentro y lo recupero a menudo, sobretodo cuando pienso en las cosas importantes que son, al mismo tiempo, pequeñas cosas.

Hace unos minutos, el sol del atardecer calentaba mi espalda y la sensación era gloriosa. El sol sale cada día, brilla y nos da luz. Con un poquito de esfuerzo, incluso nos calienta, y en eso, nadie repara. Salvo cuando ese orden natural se rompe. Y entonces, ya nos lamentamos, ya añoramos tiempos pasados.


El Sr. José Saramago es uno de mis escritores favoritos, sus libros me gustan todos, pero algunos me gustan más. Incluso en el desasosiego que me provocan. "Las intermitencias de la muerte", es un libro inquietante y muy interesante. Todos lamentamos la muerte pero si un día ese orden natural, que nos lleva a todos a su encuentro se pervirtiera, el caos se apoderaría del mundo, como bien nos reflejó el magistral narrador de historias.

Pero estamos vivos y que poco pensamos en la vida que tenemos.

La noche de fin de año uno de mis primos de la cuarta generación que yo conozco, decidió que había que grabarle un mensaje a los más pequeños. Un mensaje para el futuro, para que ellos cuidaran y valoraran esa unión familiar que a nosotros, que la estamos saboreando ahora, nos hace tan felices. En plan improvisado, cutre y casero fuimos desfilando todos y él grabando con un móvil nuestras palabras. 

Al día siguiente mi papá me contó que le había gustado la idea y que él también les había regalado unas palabras (él que es tan poco dado a nuestros inventos). 

Le dije:
- Sí, será bonito verlo en diez años!. 
Y me contestó: 
-Tengo 79 años, a los 89 ya no podré verlo "mija", yo allí, no llego. Yo no aguanto a tanto.

Insistí en qué por supuesto que sí, pues la familia tiende a ser longeva y él en principio, está bien. Creo que se lo creyó sólo a medias, como yo, que me he quedado pensando en las probabilidades que habría. Me he quedado pensando en su ausencia o en la ausencia -por muerte- de cualquiera de los que allí estabamos, como cada año; por Navidad. En cómo lograremos recomponernos de esa pérdida, en estas fechas familiares. 

También me he quedado pensando en lo que pensarán quienes reciban esas palabras dichas en medio de copas de vino y sonrisas. Ya no me acuerdo si fue antes o después de las uvas. En la exaltación propia de esos momentos y en las risas que hacerlo nos generó.

Hay infinidad de cosas pequeñas que forman parte de nuestra felicidad cotidiana sin que apenas reparemos en ellas. Sin que le dediquemos ni un segundo. Hasta que algo falta, y la paz, que no sabíamos que teníamos, y por lo tanto no cuidabamos, se nos rompe.

Percibo muchas de mis pequeñas fortunas cotidianas. Disfrutar aunque sea a ratitos de mis padres sigue siendo una de ellas. Dure lo que dure. Y disfrutar del tibio sol del atardecer también.

P.D. A papá le encanta esta canción,  y a mi me encanta esta versión...