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domingo, 13 de septiembre de 2020

ISLAS

El Puerto de Tazacorte es uno de los rincones de la isla que más me gusta. Por eso, cuando hace un par de semanas A. me contó que había llegado una patera, me generó una inquietud mayor de la habitual.  Ambas imágenes por su contraste, me resultan de complejo encaje Hace unos días mamá me hizo referencia al suceso desde la cotidianidad de una abuela que no tiene como A. y como yo, una mirada sensible a los migrantes. Una cotidianidad que rompe la del COVID19. O que la aúna porque habla de riesgo y vulnerabilidad a dos bandas.


En mi búsqueda diaria de noticias de las islas, que es una forma de sentirme cerca de los míos, encuentro este gráfico de llegada de pateras a las islas en los últimos veinte años. Y ese pico lo siento tan propio como ajeno.  La tendencia al alza asusta porque las islas no dejan de ser territorios con unos límites de movimiento muy claros, especialmente para aquellos que no tienen recursos económicos para enfrentarlos.

Uno de los momentos más hermosos y emotivos que he vivido en mi trayectoria laboral con migrantes, tiene ya tres lustros, que se dice pronto, pero está intacto dándole sentido a lo que no lo tiene. No recuerdo su nombre, ni siquiera podemos saber si era el verdadero. Llegó en aquella época en la que nuestra disponibilidad, sin hijos, era bastante cercana al absoluto. De cinco en cinco, les acogíamos cada semana. Venían de las islas, desbordadas entonces por la llegada masiva de cayucos. Trasladados a la península, se les distribuía entre todo el territorio sin otro criterio que el número, de cinco en cinco, cada semana. Nuestra tarea era, no solo facilitar la cobertura de necesidades básicas, sino intentar localizar a alguien, de su entorno claro!...que pudiera apoyarle más a corto y mediano plazo. Nosotros atendíamos la emergencia que es nuestro mandato más humanitario.

Tras tres días de búsqueda infructuosa, de un número a otro, buscando en pequeños papeles con trazos que habían resistido el viaje en patera, saltando del número que no existe, al número que no contesta, del no soy la persona que buscas, al no puedo ayudarle, finalmente alguien le dijo que sí. Se arrodilló, y con los brazos en alto dirigidos al cielo, inició un pequeño canto de agradecimiento. Una imagen brutal. Como con tan poco podemos lograr tanto.

Hace unos meses, durante el confinamiento, participé en una charla donde contaban su experiencia de gestión de la acogida en territorios insulares, profesionales de distintas organizaciones e ideologías "Islas, puentes y fronteras" desde Canarias, Lesbos y Sicilia. Una charla muy interesante y no por ello menos triste. Llevamos treinta años haciéndolo, y seguimos haciéndolo mal. Siempre insuficientes en esa labor de acogida. Con recursos escasos. Luchando contra un drama humanitario que no atiende/apoya/aporta a las necesidades en los países de origen. Que falla en su respuesta de acogida, que está más centrada en la mirada política, en el mantener contenta a la población de acogida que ve en estas llegadas una amenaza.

En estos días de llegadas cada vez mayores de migrantes del sur a Canarias, mientras estas resienten la falta de llegada de los turistas del norte, pienso mucho en ello. Pienso que ser del Sur o del Norte, es una cuestión de perspectivas, del punto de referencia. Pienso que hoy estamos aquí y mañana allí. O mañana no estamos.

"Cae la noche en Moria. Dormir entre escombros y a ras del suelo" leo en la prensa. Y recuerdo a aquella eurodiputada, que decía a los miembros del parlamento europeo por su gestión migratoria de la crisis de refugiados, en Italia y Grecia; no solo os deseo que no podáis dormir, os deseo las peores pesadillas. Esta, es una versión libre, pero la idea era esa.

domingo, 13 de diciembre de 2015

ESPERANZA DE VIDA...

En las últimas semanas me he encontrado nuevamente con él. Siempre viene a verme cuando necesita darme o decirme algo. Esta vez viene a pedirlo. No importa. Jamás pide y esta vez pide con razón.

Cuando le veo pienso en que hay algo que hace maravillosos a los negros rostros del África Subsahariana. Su sonrisa y sus ojos brillan como no lo harán nunca los rostros blancos. Su mirada y su sonrisa me iluminan.

E. es oficialmente y legalmente "Solicitante de Asilo", sí de esos que hace unos meses se han puesto de moda. Existían antes del verano y seguirán existiendo después cuando ya les hayamos olvidado en el telediario, porque sus solicitudes dependen de lo que allí les pasa y no de lo que aquí "concedemos". 

Pero el caso de E. es atípico. E. solicitó asilo de forma sobrevenida, después de muchos años en nuestro país. Le conocí hace dos años, cuando ya lo había pedido, así que nada tengo que ver en ello. Sus razones también son atípicas y la experiencia me dice que es más que probable que nunca le sea reconocido el estatuto de Refugiado aunque quizás sí la protección subsidiaria. 

Tras dos años renovando fielmente esa solicitud cada seis meses como manda el marco legal, aquí sigue, en situación de estancia legal. Más, mucho tiempo más de lo que inicialmente cabía esperar...Lo "habitual" sería que ya le hubieran dicho que de eso nada....

Le pregunté la última vez, más bien por curiosidad  ¿Cuándo solicitaste asilo... esperabas que te lo concedieran? ...No, me contestó....Tampoco esperaba entonces, seguir vivo a estas alturas. Y sonrió. No me importaba el futuro, porque no lo tenía...

Y base tiene, porque también tiene al menos una enfermedad que se suponía debía haberlo matado...pero ahí sigue. Vivo. Sonriendo. Tomando decisiones como si una vida larga le esperara.

E., con su actitud, hace crecer cada día su esperanza de vida. Lo hace con cada paso que da. Y yo celebro conocerle porque al hacerlo, os prometo que también crece en mi la esperanza...en la vida.

 

domingo, 25 de enero de 2015

FOTOGRAFIA

UNO. Hace unos años, encontré y traje a vivir conmigo, una foto de mi abuela, dicen que tenía 16 años. Tenerla, considerando aquellos tiempos, en aquellas condiciones socio económicas, es para mí un verdadero tesoro. Un tesoro que almaceno junto a otros retratos de media vida familiar vivida antes de mi llegada a este mundo. Porque al verlos, me siento más cerca de lo que soy y le doy muchísimo más valor al paso del tiempo, a la huella genética que, al precederme, me define.

DOS. Cuando de pequeña enseñaba el álbum familiar, mis amigos me preguntaban si mi madre se había casado dos veces. En ese álbum había fotos de una boda de mi madre con alguien que no era mi padre. Y más tarde otras fotos de estudio con ambos vestidos con el traje de boda. Mi madre se casó "por poder". Uno de mis tíos ocupó el lugar de mi padre en la ceremonia en este lado del mundo, mientras él la esperaba al otro lado del océano. Una vez reunidos, decidieron dejar constancia del matrimonio.


TRES. En las semanas anteriores a mi viaje migratorio, me dio por preguntar a los amigos que habían viajado y vivido en otros países, por los consejos que podían darme para hacer de mi migración un proceso menos costoso en  pérdidas y ausencias. El que todos estos años he considerado uno de los mejores fue: "LLévate fotos de la gente que quieres. No es lo mismo hablar de ellos, que poder decir, mírale, este es...y, a partir de allí, narrarte". Me traje muchas fotos, y lo celebré, lo celebré muchas veces.

CUATRO. Antes de conocer a mi hija en persona, recibí dos o tres fotografías de ella. Un par de días antes de marcharme a conocerla, recibirla en mis brazos, traerla a nuestro hogar, pensé... (pensé miles de cosas) pero entre ellas pensé que sería un bonito detalle que ella sintiera que formaba parte de este hogar antes de entrar por la puerta. Saqué una copia de una de esas fotos y la coloqué en un portaretrato en el recibidor de entrada, junto a otras fotos familiares. Cuando entró se la señalé. Mira! eres tú! Esta es tu casa. Nuestra casa.

CINCO. Como ésta es, en buena parte de las ocasiones, una ciudad de tránsito, es frecuente que los vínculos que en ella creamos tengan que pasar la dura prueba de la distancia, una vez que el curso de nuestras vidas deja de reunirnos en su seno. A. nunca vivió aquí pero con M., su hermana, he compartido hogares, aventuras y desventuras, amores y desamores, compañías para celebrar y algunas otras para el olvido. Las suficientes horas de fiesta y baile. Comidas deliciosas y paseos inolvidables. Con ella y con P. que también ha formado parte de esa historia común. Ellos son mi familia en esta tierra continental. Y como si no, viven lejos. A ellas y a él les separan casi 800Kms. Yo vivo en medio.

Hace unos años cuando ya nuestra estable vida comenzaba a asentarnos a cada uno en lo que parece nuestro hogar definitivo comenzamos a reunirnos "a mitad de camino". Sin pretender convertirlo en una tradición, en la medida de nuestras posibilidades hemos ido organizando un encuentro conjunto anual, un finde rural, que ya dura un lustro y al que hemos ido incorporando paisajes, aventuras, vida y sobretodo hijos. A. nos ha hecho llegar hace unos días un álbum maravilloso que recoge el testimonio visual de esos encuentros. Un regalo precioso.

Cuando celebremos el siguiente encuentro, con un poco de suerte, si todo sigue según lo previsto,  nos acompañarán dos más. Y con ellas de la mano esperamos seguir celebrando, y retratando, la vida y los vínculos que permanecen por la solidez de las cosas en las que se fundamentaron: la sangre, la amistad, el amor, la valentía.

Y en ello pienso a estas horas. Mi amigo tenía razón. No dejéis de tomar fotografías, de atestiguar la vida vivida, de imprimirlas, y llevarlas con vosotros, de mostrarlas y compartirlas...


domingo, 5 de octubre de 2014

LO PERDIDO...

Empiezo. Hace unos días se ha muerto el disco duro de nuestro viejo ordenador. No puedo decir que fue inesperadamente. Es cierto que no le dí la importancia que merecían a todas esas señales que avisaban que algo no iba bien. Así, un día como cualquier otro, N. intentaba descubrir qué impedía la conexión a Internet, de pronto el viejo aparato se apagó en medio de un estertor y no volvió a arrancar. 

¿Tienes algo importante aquí? preguntó N...Y yo, que apenas lo he usado en los últimos siete años, le dije: No lo sé. Y es verdad, no lo sé. Mi memoria, que sigue siendo prodigiosa para algunas cosas, en otros ámbitos se desdibuja. Y me preocupa porque también es una señal.

Cuando N. me preguntó sólo alcancé a decirle que no tenía claro si allí había algo importante (que supongo que sí). Allí recogí mi vida durante seis años, los que mediaron entre mi regreso a esta tierra y la llegada a mi vida de mi hija. Pensé, si no lo recuerdo con intensidad, entonces quizás no hay nada que, más que importante, sea imprescindible. Porque importante es todo lo que acontece en mi vida y más cuando se revisa de vez en cuando. Así que a bote pronto lo que siento que he perdido es la posibilidad de la nostalgia, esa que aparece cuando repasas hechos y momentos con la perspectiva del tiempo. Y lo pienso desde la certeza de que hay cosas que, en lo tangible, he perdido para siempre.

Sigo. En estas últimas semanas hemos tenido que elegir algunas cosas. Con la llegada del curso escolar mi horario laboral pasa de ser jornada continua a ser jornada partida. Así, con el otoño, como los árboles pierden sus hojas, yo pierdo la posibilidad de decidir qué quiero hacer en un tercio de mi tiempo. Llevo días pensando en las cosas que elegimos para esas tardes (extraescolares), en las cosas que llegan para cubrir esas horas (deberes) y en el horario que negocio y me construyo, a base de pedir flexibilidad en la forma de entender el trabajo. 

Ahora que ya parece que está construido el calendario escolar llevo días pensando en las cosas que hemos perdido, en las que dejaremos de hacer, y en lo que hay de renuncia y aceptación en ello. Con la tibieza que ofrece la sensación de que sólo se trata de una temporada. Cuando llegue junio, si estamos vivas, mis tardes volverán a ser mías.

Una vuelta más. Ayer decía R. que quizás no estaba eligiendo la mejor opción pero sí la que la hacía más feliz. Con este mensaje respondía a una serie de mensajes, con demasiados espectadores para mi gusto, que resultaban de una ruptura afectiva con una pareja de muchos años. Desde hace meses comparto esa triste decisión desde la cercanía que me une a ambos miembros de la pareja. El desamor duele (a veces el amor también) pero hay tantas formas de manejarlo. 

En los últimos años, varias parejas amigas que llevaban el suficiente tiempo juntos, como para pensarlas sólidas, han decidido cambiar el rumbo y separarse. Con ello, han evocado una ruptura de pareja especialmente significativa para mi y las pérdidas que supuso (que son ganancias) y he vuelto a pensar en ello otra vez. Me alegro de haber optado también no por lo que parecía mejor, sino por lo que me hacía más feliz. Y no es que estuviera yo mal acompañada, es que no era más feliz que sola. 

Pienso en la gestión de las rupturas, quién deja y quién es dejado, quién ha elegido qué y cuándo. La misma historia de separación admite a menudo varias lecturas de elecciones hechas. Y entonces insisto en que eso que pierdes como posibilidad futura, esa vida de pareja, no debe impedirte ver, ni valorar, todo lo que ganaste en el pasado por haber vivido esa experiencia. No será más, pero fue. Y que nos quiten lo bailado.

Y más. Desde mi historia familiar y personal como migrante, desde mi experiencia laboral y personal trabajando con migrantes, he escuchado a lo largo de estos años miles de historias que hablan de pérdidas. El que migra gana, sin duda, pero esas ganancias no son visibles siempre desde el primer momento, por lo menos no de forma integrada con la consciencia de las pérdidas. Y te preparas para pérdidas evidentes sin ser consciente de que serán igual de significativas las pérdidas más sencillas y cotidianas: la visión de un paisaje, un acento, el aroma de cierta comida, las tardes de charlas con los amigos, los ruidos de tu amanecer, la humedad del aire, las miradas.  

 Termino. Cuando eliges (cuando tienes la libertad de elegir) es obvio que ganas. Ganas aquello que, dentro de las opciones que había, te pareció mejor (entre otras cosas porque parecía que te hacía más feliz y eso bien vale el intento). En estos días en los que pienso tanto en lo perdido, me reafirmo en la necesidad de tomar consciencia de ello, de no minimizarlo, de valorarlo en su justa medida, de aceptar el hueco que dejará en nuestras vidas, de hacer el duelo, permitirse la tristeza, la rabia y el desamor; pero también reconciliarse con el valor que tuvo, guardándole un espacio privilegiado y mimado en nuestra memoria.


domingo, 1 de diciembre de 2013

EL TIEMPO ES VELOZ

Hace unos días en mi muro de facebook encontré esta canción. Al leer el título, recordé que la conocía y pensé con nostalgia, qué propicia!...


Hoy, hace veintiún años que aterricé en esta tierra, en esta ciudad, en esta vida. Y yo, que soy una mujer de aniversarios y rituales, no puedo más que conmemorarla, incluso más, celebrarla porque me agrada la vida que ha sido. Tengo inevitablemente presente la fecha como una medida del tiempo que se ratifica, porque el azar o el inconsciente hicieron que también hoy, la bella H. celebre su cumpleaños. Así que estamos celebrando ambas, este aniversario cargado de sonrisas.

Desde entonces he estado pensando en lo vivido. En cuánto y cuan intenso es. Y también he estado pensando, más bien imaginando, lo no vivido. Cómo hubiera sido mi vida de no haberme decidido a cruzar el Atlántico. Fantaseando con las bondades y desgracias de tal decisión, con la persona que era y con aquella en la que me he convertido.

Y también, ya puestos, en estos tiempos de incertidumbres, fantaseo con la vida que nos queda por vivir.

Pienso en los personajes de estos veintiún años porque yo no sé ser, si no soy con otros, más bien, en relación a otros. Así pienso en la migración familiar tan poco prevista y tan certera, tan conveniente. Pienso en los compañeros de camino, tantos y tantas. Pienso en los que han sido mucho más que eso. En todas mis nostalgias, mis viajes de ida y vuelta, físicos y emocionales. En la breve estancia fuera de esta tierra. Y en el hogar ancestral en el que soñamos con refugiarnos para aplacar el miedo.

Pienso en los tantos años más que nos quedan, sean pocos o muchos, y en la calidad que tendrán. Vislumbro la incertidumbre y como con tantas otras cosas, habrá que respirar profundo, confiar, avanzar...primero los veintidós, luego los veintitrés y así quien sabe, llegaremos a viejos con la certeza que hoy nos ronda de una vida que ha sido muy buena con nosotros.

Sí, me gusta conmemorarlo y celebrarlo. Esas rupturas vitales, esas puertas que se cierran mientras otras se abren, y todo lo que permanece aún después, merece ser tenido muy en cuenta.

Gracias vida, gracias amigos, familia y amores. Gracias hija.



martes, 9 de julio de 2013

LO QUE SOMOS...

A. lleva un par de días a mi lado. A mi lado, laboralmente hablando.

A. tiene un nombre que llama la atención. Y si va unido a sus apellidos, no llama la atención, más bien genera curiosidad absoluta. Por diferente. Por poco habitual. Conocer su nombre generó preguntas en mi equipo en relación a cuánto sabía de ese joven. Poco. Sé poco. Le llamaré, así veremos cuánto castellano habla. Y habla bien. Nada que llame la atención. Nada si no sabes como se llama. Si no le ves.

Pero cuando le ves, ya sabes que su historia de vida no tiene su origen en esta tierra. A., como mi hija, con su físico, va diciendo que su origen no está aquí. Lo que no sabes con claridad es cuando ya empieza a serlo. Ser de "aquí" para que dejen de preguntártelo.

Y cuando yo presento a A. como un nuevo compañero, la gente le da la bienvenida y añade: ¿Y de dónde eres?. Y él responde paciente: "Yo nací en..." y con ello me refleja que está cansado. Cansado de dar explicaciones sobre su origen étnico. Cansado de ser identificado como ajeno. Cansado de tener que contar su vida, para contar de dónde es. 


Y llevo dos días pensando en ello. Y observandole. Respetando su tiempo para contarse y tratando de ver a un joven que simplemente está aprendiendo de aquello a lo que se quiere dedicar.

Qué difícil es que algo en ti te obligue a dar explicaciones, sobretodo porque los demás se sienten en el derecho de preguntar. Incluso desde la más sana curiosidad y con la más bondadosa de las aproximaciones. Te acaban de conocer, pero te preguntan por tu vida. Y eso no lo hacemos habitualmente.

Me alegra haber sabido poco de A. Eso refleja que para quien lo guió hasta mí, que fuera de origen extranjero, no resultó significativo. Y eso está bien. Es el nuevo estudiante en prácticas, es chico, vive en Salamanca en este momento, estudia una carrera universitaria, tiene una dulce sonrisa y una voz grave. Nada más.

Yo, sin embargo, le veo actuar. No sé si son mis prejuicios o mi mirada atenta pero veo su huella cultural en esa forma de estar, de caminar, de mirar. Y veo como en un halo eso que era antes de ser. Eso también me sucede con H. cuando veo en ella cosas que no tienen que ver con su experiencia ni con la mía. Es algo que trae de antes y que no son sus rasgos físicos, es más. Es su forma de moverse, las cosas que le resultan bellas, la estética que le seduce.


Y creo que es algo parecido a lo que yo siento al escuchar esta música. Esa emoción es para mi, genética. No producto de un aprendizaje consciente, es la herencia biológica de mis padres que me trasmite cosas que me emocionan, no por experiencia directa, sino por herencia cultural expresada a través de los genes.

No me digan que no es curioso...

martes, 2 de julio de 2013

SER IMPORTANTE

Esta mañana he llevado mi coche al taller para una revisión de rutina. Al entrar, de espaldas a mi, se encontraba una mujer haciendo tareas de limpieza. Enseguida vinieron a atenderme. Yo comencé a hablar con quien me recibía...

Tras unos minutos de conversación, con su mejor sonrisa, esa mujer se acercó a mi para verme el rostro y dijo mostrando una gran alegría: sabía que esa voz era la tuya. Agradecí en ese instante, al ver su mirada ilusionada, que todos los dioses del olimpo, en un segundo, me ayudaran a recordar su nombre. Me dijo: ¿Te acuerdas de mi? Cuanto me habéis ayudado!. Le respondí Claro! Querida F. ¿Cómo estás?.

Se dirigió al que me atendía, que evidentemente era su jefe. Cuánto me ayudaron estas chicas! pronunciando mi nombre y el de una compañera. Sonreí. Hace trece años y se sabe mi nombre!, refiriéndose a mi que había pronunciado el suyo (nada común por cierto!!) . Realmente es algún año menos de los que ella recuerda, pero ciertamente más de una década. 

Celebro recordar su nombre, por darle una alegría. 

Durante unos minutos, para mi sonrojo particular, contó lo que supuso encontrar a alguien que la escuchara y que intentara entenderla cuando apenas balbuceaba el castellano, como le informamos y orientamos para que no se perdiera en la maraña administrativa que suponían entonces, las gestiones de regularización administrativa de lo población extranjera. Su gratitud fue realmente cautivadora.

O. y yo seguimos trabajando en la misma ONG que entre otros colectivos vulnerables sigue trabajando con población inmigrante. F. es de origen búlgaro y que recuerde su nombre es realmente una proeza de mi parte. Pero sí, lo he recordado. Recuerdo muchos nombres y sobretodo recuerdo sus historias. Porque cuando te narras, le das a alguien una parte de tu vida. Cuando la migración, voluntaria o inevitable, te hace perder tus redes sociales, cualquier persona que te mire, te sonría, te anime, te oriente... te otorga esperanza y confianza, te hace sentir que, aunque estas lejos de los tuyos, no estás sólo. Que hay alguien a quien le importas. Alguien que repara en ti y que asume tus batallas como propias y con ello también te ayuda a ganarlas. 


Que importante es importarle a alguien. Que libren tus batallas como propias porque sólo las que no se luchan, están perdidas de antemano, y a veces tu no sabes de la guerra.

En ningún lugar he aprendido tanto como con ellos. Y sí, es verdad, sus batallas fueron y son, siempre, parte de las mías. Y me alegro. Doy, lo que me gustaría recibir. Doy, lo que mis padres emigrantes recibieron. Doy agradecida, por eso me sonroja su agradecimiento. He dado sí, pero he recibido en la misma medida. Y si no, fíjate F. me has tenido todo el día con la sonrisa en la boca.

Y no está mal sonreír con los tiempos que corren.


sábado, 1 de diciembre de 2012

FECHAS

Hay algunas que duran para siempre...

Hoy es 1 de Diciembre. Una fecha decidida y valiente. Celebraciones externas incluidas.

Mi hija cumple hoy 8 años. 

Hoy hace 20 años que llegué a España. 

Decidir lo primero fué, desde el inicio, para siempre. La segundo, era temporal, pero fue creciendo por cosas inesperadas. No sé si es "para siempre" pero cada vez se le parece más. 

Ambas me reflejan buena fortuna.  Si  bien con la primera no tengo ninguna duda. Con la segunda, ciertamente, sigo teniendo muchas nostalgias. 


Tardé mucho en desear ser madre, cosas de la vida. Cuando llegó, sin embargo, el deseo fue firme y contundente. Y fue sabio.

Nunca me imaginé siendo emigrante, aunque he vivido rodeada de ellos. Soy hija y nieta de ellos. Soy uno de ellos. Y quien no lo ha vivido, no lo entiende.

A veces, la vida te da cosas que ni buscas ni esperas. Y a menudo acierta, porque te enseña.

Elegí ser madre por adopción. Por adopción internacional, así que mi hija también nació en otra tierra y eso también forma parte de lo que nos une.

¿De donde eres? Seguirá siendo en esta familia una pregunta difícil de contestar. Como dice mi amigo J. "En la mayoría de la gente ¿De donde eres? tiene como respuesta el nombre de un lugar, en tu caso, (...en el de mi hija, en el de mis padres,...), es una historia que contar."

Y contar y escuchar historias de lo que la gente hace, siente y piensa es una de las cosas que más placer me produce. Cuando has aprendido, por placer o necesidad, a desenterrar tus raíces y a mover tus alas, descubres el valor de muchas cosas que sólo se ven en perspectiva.

Mi amiga L. en estos días, escribía algo en lo que he estado pensando. Lo copio, compartiendo con ella, la necesidad de fortalecer los motivos para el destierro…

“La naturaleza humana no dará fruto, al igual que la patata, si se planta una y otra vez, durante demasiadas generaciones, en la misma tierra agotada. Mis hijos han tenido otros lugares de nacimiento y, hasta donde alcance mi control sobre su fortuna, echarán raíces en tierra desacostumbrada”  La aduana. Nathaliel Hawthorne


Madre e Hija estamos de aniversario. Y tenemos motivos, muchos, para celebrar la vida y las múltiples patrias, físicas y emocionales, que nos acogen. Y muchos de vosotros, sois parte de eso. Y espero haberos trasmitido que esa presencia, me da felicidad.

martes, 11 de septiembre de 2012

ENTRE EL TIEMPO Y EL DESTIEMPO...



Últimamente me fallan los recuerdos…Hace unos días me encontré, en dos momentos del día, con dos personas diferentes. Me saludaron con la mejor de las sonrisas y con alegría de verme. Yo no sabía quienes eran. He tardado algunos minutos de conversación -que se me hicieron eternos- en recordarlas. Me asusta no recordar. Por eso hago ejercicios de memoria.

Me gustan mucho los aniversarios. Me gusta celebrar y conmemorar, que son dos verbos distintos. Me gusta que existan hitos que anclen nuestra memoria y nuestra consciencia; fechas, que nos inviten a recordar, en el mejor sentido de Galeano. Que nos inviten a volver a pasar por el corazón.

En estos días de inicios de ciclos, de exploraciones buscando una sincronía en el tiempo, también nos toca celebrar nuestro año nuevo, quién sabe cuál de los dos está a destiempo.

Sin duda los mejores recuerdos de mi infancia, son las fiestas con las que celebrábamos en mi casa el Año Nuevo. Eran dos días de fiesta, cinco-seis familias migrantes, y todos los allegados, que algunas veces fueron muchos. Todos celebrando estar juntos, disfrutar de un lugar maravilloso (como extraño el buen tiempo en navidad…fresquito pero a gusto), comiendo rico, bebiendo lo suficiente, bailando lo demasiado. Al amanecer de grandes y chicos, chocolate y pan dulce. Volvería a mi infancia y adolescencia sólo por revivir esas noches viejas y años nuevos.

Margaritas Meskal
Mi papá siempre ha preferido esas fiestas a las navideñas y siempre me ha dicho: "quiero despedir un año y empezar el siguiente, junto a los míos”. Desde que H. está conmigo nuestra celebración del Año Nuevo “es doble”. Vaya suerte la mía!!. En Etiopía, una de las costumbres de ese día es regalar margaritas amarillas (la margarita Meskal que crece en las zonas altas) y cantar y bailar las canciones de Año Nuevo.


Para saber más unos y no repetirnos otros, los interesados en los motivos de esa celebración a destiempo -o no-, podéis pinchar aquí Calendario etíope

Yo por mi parte, llena de encuentros y despedidas, sólo puedo decir: Año Nuevo, bienvenido seas…Melkam Addis Amet para todos...