Hace diez años, dije que sí y un día como hoy me fui a Madrid, al IFEMA, como parte de uno de los Equipos Psicosociales de Respuesta en Intervenciones de Emergencia que tiene la organización en la que trabajo.
Madrid, toda España, estaba conmocionada por los atentados del 11-M. Recuerdo el silencio de los viajes que hicimos de ida y vuelta. Silencio en medio de tanto ruido. Recuerdo la mente puesta en una sola cosa, acompañar a las víctimas y a sus familiares en esos momentos de desconcierto, negación y desazón. Y cuidarnos unos a otros del desamparo emocional que una experiencia así te provoca. Pasamos allí 3-4 días en medio de los cuales cambió el rumbo de muchas cosas y la vida de mucha gente.
No guardo un recuerdo doloroso de la experiencia, de haber estado fuera quizás serían peores, pero me toco estar dentro y pensar en el dolor de los demás para hacer el mío poco significativo. El recuerdo más claro que tengo de aquellos días es lo que pasó cuando la intervención acabó. Llegué a casa, donde entonces vivía sola y a los pocos minutos sonó el teléfono. ¿Cómo estás? Bien, respondí. Y empecé a llorar todo lo que no había llorado. Supongo que hay algún momento en el que también sabes que te toca a tí expresar tu dolor. Aprendimos mucho entonces y en las pequeñas intervenciones que vinieron después.
Hace unos meses, tras el accidente de tren de Santiago de Compostela, re-descubrí la tristeza de entonces. Y lloré mucho, a deshora, por cualquier cosa que me lo nombrara. Y fuí consciente de mi cobardía, de la incapacidad que sentía de exponerme otra vez al horror de tantas muertes. Me sentí muy frágil, yo que siempre me he sabido fuerte.
El lunes en la noche al ver los titulares de lo que sería la prensa del día siguiente pensé en lo duro que iba a ser volver a escuchar mil veces el relato de aquellas horas. Preparemonos para lo peor, pensé.
Pero no. No ha sido así. O. que estuvo conmigo en Madrid me escribió un mensaje en nuestro amanecer: "10 años después algún recuerdo triste tendremos ...pero creo que volvería a hacerlo si contara con compañeras como tu, como las demás. Gracias por ayudarme a tener recuerdos positivos y tejer una red de sostén que ha pervivido todos estos años" ....y donde esperaba una lágrima, me sacó una sonrisa. Ciertamente con ella, con ellas, volvería a hacerlo sintiéndome segura emocionalmente. Y en eso, se va la vida en estas intervenciones.
Ella me habló entonces de Vera, de sus ojos. Anoche lo ví. Y sí, es difícil sobrevivir en todos los matices y todas las consecuencias, pero la vida continua...con esa sonrisa, esas dudas, esa voz rota y quebrada de cada uno de los protagonistas entrevistados. Rescatando la experiencia emocional vista en perspectiva y sacando los aprendizajes.
Estamos vivos y es nuestra obligación seguir adelante. Trabajar con los recuerdos, no con el olvido, rescantando el valor de lo vivido.
Gracias chicas, gracias O. Porque hay cosas que nos cambian y algunas, nos hacen mejores.
Este blog es un regalo. Yo quería tenerlo y alguien que me quiere me lo regaló. Yo quería que mi casa tuviera ventanas y puertas y él me regaló una casa entera. El lo llenó de sol y yo de otoño. Todo tiene su momento. Este es el mío. No tiene un tema, solo tiene un fin aunque todavía no sé cuál es. Está aquí, es mi regalo. Cuidaré de él.
Mostrando entradas con la etiqueta Psicólogos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Psicólogos. Mostrar todas las entradas
miércoles, 12 de marzo de 2014
12 DE MARZO
Publicado por
Montse Hernández P.
en
22:48
4 comentarios:
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
Etiquetas:
Amigos,
Apoyos,
Aprendizaje,
Compañía,
Desasosiego,
Dolor,
Lágrimas,
Pérdidas,
Psicólogos,
Rabia,
Resiliencia.,
Sentimientos,
Tiempo
martes, 21 de enero de 2014
SINRAZÓN
Hace una semana que regresé de mis vacaciones de Navidad. Unas vacaciones que para mí significan siempre cosas hermosas: la posibilidad de disfrutar de mi familia extensa, mucha y bien avenida (menudo tesoro), la posibilidad de perderme física y emocionalmente en unos paisajes y una naturaleza que me emocionan hasta erizarme la piel, la posibilidad de tener tiempo,... para perderlo.
Dicho ésto, trece días después de volver, sabiendo todo lo que eso me supone, el primer tÍtulo que se me ocurrió para este post es "abducida". Sí, abducida, por la sensación de secuestro que tengo. La he cambiado porque es una palabra fea y porque no quiero referirme a un hecho que es y ya, sino que deseo encontrar sentido al sin sentido y avanzar en mejorar mis sensaciones.
Como ya contaba a algunos amigos, esta semana nos ha pasado un poquito de todo: aviso de que nos quedábamos sin canguro para dos tardes, pequeños accidentes domésticos, inconvenientes "inmovilizantes" con el coche,...y una suerte de pequeñas incidencias que nos han tenido prácticando aquello de "nada perturbe tu paz" y pensando en aquello a lo que en mi tierra de origen llamamos "mal de ojo"*...
A pesar de estas múltiples menudencias, los días han pasado con dos sensaciones sobrevolandolo todo y me he sentido secuestrada sí. Secuestrada como madre, por los deberes de mi hija y, secuestrada como psicólogo, por la crisis económica que me ronda.
Sí, nos secuestran los deberes. Cuando las tardes de mi hija y las mías no nos ofrecen el tiempo para poder jugar, entonces hay algo que funciona mal, porque un niño debe tener tiempo para jugar. Tengo la sensación de que toda la semana pasada hemos estado acudiendo al colegio, haciendo deberes, estudiando para exámenes y aparte de eso, sólo cubriendo necesidades básicas (comer, dormir, asearse,...) y así, día tras día. Esa no es la infancia que deseo para mi hija.
He hablado con su tutora (de la cuál tengo una impresión muy favorable) y tras esa conversación parece que la situación se reconduce algo. Ella misma coincide conmigo en que un niño no puede pasar las tardes haciendo deberes. "Estaré más atenta a exigirle que trabaje mas en clase, para que no lleve tanto trabajo a casa". Sí, eso quiero, que trabaje en clase, para eso acude al cole y después, en casa, queremos tener espacio para vivir más cosas: tiempo para hablar y contarnos, tiempo para dejar volar la imaginación, tiempo para saltar, correr, brincar, tiempo para perderlo, tiempo para hacer planes, tiempo para pasear...tiempo suyo y nuestro que el trabajo académico nos estaba robando. Llevamos unos días bien, sin apenas deberes para casa. Veo nuestra paz, su sonrisa. Me siento mejor, espero que dure.
Y nos secuestra la crisis. Como el mes de Enero es mes de las memorias, de rendir cuentas a los "financiadores" de nuestro trabajo, estamos pensando en el qué y en el cómo de este año y visto así en conjunto, la situación y nuestro hacer, la sensación es algo desoladora.
Trabajo en una ONG de apoyo a población en situación de vulnerabilidad. En este contexto de precarización social creciente, una de las cosas que claramente refleja la realidad de la población que atendemos, es que todos manifiestan un riesgo elevado en el ámbito económico. Hay un mapa cada vez más homogéneo en lo que antes presentaba mayor diversidad, la sensación de que el riesgo más alto antes de esta crisis estaba relacionado con otros factores más particulares: problemas de salud, adicciones, desestructuración familiar, malos tratos, etc… problemas en los que tenía sentido nuestro trabajo con personas ayudandolas a plantear mejor sus vidas en base a la comprensión y transformación de una realidad que siempre ofrecía opciones.
Hoy en día la sensación que tengo es que es tan imperiosa la dificultad para la cobertura de necesidades básicas que lo que hacemos es repartir ayuda humanitaria (y menos mal!!!), con una engorrosa gestión que da garantías a los financiadores de que la ayuda llega, pero que nos secuestra a nosotros, los profesionales de la intervención psicosocial en nuestro quehacer, convirtiendonos en gestores administrativos de unos fondos que siempre son insuficientes y un paño caliente en una realidad más global que es preciso transformar de fondo.
Me pregunto, en ambos casos, cómo recuperar la vida que hoy sólo nos deja sobrevivir, y ese es el verdadero arte de estos días, seguir encontrando los espacios de luz, esperanza y crecimiento. En ello estamos, creemos que cada cosa tiene que estar, pero en su justa medida y sin olvidarnos de cuál es más importante y trascendente.
Quisiera tener la certeza de que vamos encontrando el rumbo...
* El mal ojo, es una creencia popular-supersticiosa según la cual una persona tiene la capacidad de producir mal a otra persona sólo con mirarlacomo proceso, puede venir dado de manera voluntaria o involuntaria, y es, según la creencia popular, efecto de la envidia o admiración del "emisor", que a través de su mirada (ya sea directa, en símbolo o incluso mental) provoca un mal en el envidiado/admirado
Dicho ésto, trece días después de volver, sabiendo todo lo que eso me supone, el primer tÍtulo que se me ocurrió para este post es "abducida". Sí, abducida, por la sensación de secuestro que tengo. La he cambiado porque es una palabra fea y porque no quiero referirme a un hecho que es y ya, sino que deseo encontrar sentido al sin sentido y avanzar en mejorar mis sensaciones.
Como ya contaba a algunos amigos, esta semana nos ha pasado un poquito de todo: aviso de que nos quedábamos sin canguro para dos tardes, pequeños accidentes domésticos, inconvenientes "inmovilizantes" con el coche,...y una suerte de pequeñas incidencias que nos han tenido prácticando aquello de "nada perturbe tu paz" y pensando en aquello a lo que en mi tierra de origen llamamos "mal de ojo"*...
A pesar de estas múltiples menudencias, los días han pasado con dos sensaciones sobrevolandolo todo y me he sentido secuestrada sí. Secuestrada como madre, por los deberes de mi hija y, secuestrada como psicólogo, por la crisis económica que me ronda.
Sí, nos secuestran los deberes. Cuando las tardes de mi hija y las mías no nos ofrecen el tiempo para poder jugar, entonces hay algo que funciona mal, porque un niño debe tener tiempo para jugar. Tengo la sensación de que toda la semana pasada hemos estado acudiendo al colegio, haciendo deberes, estudiando para exámenes y aparte de eso, sólo cubriendo necesidades básicas (comer, dormir, asearse,...) y así, día tras día. Esa no es la infancia que deseo para mi hija.
He hablado con su tutora (de la cuál tengo una impresión muy favorable) y tras esa conversación parece que la situación se reconduce algo. Ella misma coincide conmigo en que un niño no puede pasar las tardes haciendo deberes. "Estaré más atenta a exigirle que trabaje mas en clase, para que no lleve tanto trabajo a casa". Sí, eso quiero, que trabaje en clase, para eso acude al cole y después, en casa, queremos tener espacio para vivir más cosas: tiempo para hablar y contarnos, tiempo para dejar volar la imaginación, tiempo para saltar, correr, brincar, tiempo para perderlo, tiempo para hacer planes, tiempo para pasear...tiempo suyo y nuestro que el trabajo académico nos estaba robando. Llevamos unos días bien, sin apenas deberes para casa. Veo nuestra paz, su sonrisa. Me siento mejor, espero que dure.
Y nos secuestra la crisis. Como el mes de Enero es mes de las memorias, de rendir cuentas a los "financiadores" de nuestro trabajo, estamos pensando en el qué y en el cómo de este año y visto así en conjunto, la situación y nuestro hacer, la sensación es algo desoladora.
Trabajo en una ONG de apoyo a población en situación de vulnerabilidad. En este contexto de precarización social creciente, una de las cosas que claramente refleja la realidad de la población que atendemos, es que todos manifiestan un riesgo elevado en el ámbito económico. Hay un mapa cada vez más homogéneo en lo que antes presentaba mayor diversidad, la sensación de que el riesgo más alto antes de esta crisis estaba relacionado con otros factores más particulares: problemas de salud, adicciones, desestructuración familiar, malos tratos, etc… problemas en los que tenía sentido nuestro trabajo con personas ayudandolas a plantear mejor sus vidas en base a la comprensión y transformación de una realidad que siempre ofrecía opciones.
Hoy en día la sensación que tengo es que es tan imperiosa la dificultad para la cobertura de necesidades básicas que lo que hacemos es repartir ayuda humanitaria (y menos mal!!!), con una engorrosa gestión que da garantías a los financiadores de que la ayuda llega, pero que nos secuestra a nosotros, los profesionales de la intervención psicosocial en nuestro quehacer, convirtiendonos en gestores administrativos de unos fondos que siempre son insuficientes y un paño caliente en una realidad más global que es preciso transformar de fondo.
Me pregunto, en ambos casos, cómo recuperar la vida que hoy sólo nos deja sobrevivir, y ese es el verdadero arte de estos días, seguir encontrando los espacios de luz, esperanza y crecimiento. En ello estamos, creemos que cada cosa tiene que estar, pero en su justa medida y sin olvidarnos de cuál es más importante y trascendente.Quisiera tener la certeza de que vamos encontrando el rumbo...
* El mal ojo, es una creencia popular-supersticiosa según la cual una persona tiene la capacidad de producir mal a otra persona sólo con mirarlacomo proceso, puede venir dado de manera voluntaria o involuntaria, y es, según la creencia popular, efecto de la envidia o admiración del "emisor", que a través de su mirada (ya sea directa, en símbolo o incluso mental) provoca un mal en el envidiado/admirado
Publicado por
Montse Hernández P.
en
22:39
2 comentarios:
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
Etiquetas:
Aprendizaje,
Barreras,
Compañía,
Crianza,
Desasosiego,
Dualidad,
Dudas,
Educación,
Instituciones,
Miedo,
Prioridades,
Psicólogos
domingo, 11 de agosto de 2013
DORMIR
No hay muchos nombres de mujer que empiecen por H. Mi hija tiene uno de ellos pero hay otros.
Hay otros como el de H. que tiene un nombre precioso y una historia dolorosa. No en balde le han reconocido el estatuto de refugiado y me alegro de ello. Lo merece sí, como muchos otros a quienes se lo han denegado, con parecidos desgraciados méritos. Pero esa como siempre, es otra historia.
La conocí hace meses cuando no dejaba de llorar. Lloraba con angustia aunque sus circunstancias eran otras y la amenaza había cesado. Estrés post-traumático. Que fácil de decir, que duro de vivir. Lloraba porque la emoción cubría los recuerdos y no la dejaba articular el pensamiento. Y esa congoja era inhabilitante para lo que nos pedía. Pedía lo que sabía necesitaba, la forma de cubrir sus necesidades básicas y ese apoyo que sólo podía ser puntual necesitaba que ella se recuperara de lo que no nos pedía, de lo que creía la atormentaría para siempre. Sin embargo tenía que sobrevivir a su historia y sus circunstancias. Resurgir de las cenizas. Seguir.
La última vez que la vi, la semana pasada, no paraba de sonreír. Ha sido un proceso, llevamos meses trabajando y han sido muchas las cosas que han influido en su mejoría. Yo sólo soy parte de ese conjunto, pero me hace feliz ser copartícipe de esos avances.
Cuando la conocí una de las cosas que le agobiaban era que no dormía. Sólo podía hacerlo durante 2-3 horas cada noche. Dormía poco y mal. Al dormir, volvían las pesadillas. Tenía tantos recuerdos dolorosos, y los sentía de forma tan vívida que re-experimentaba el terror de lo vivido cada noche. Y entonces no descansaba, dormir la angustiaba. Si no duermes ¿Cuándo descansas, cuándo repones fuerzas, cuándo te recuperas?. Más, cuando ni siquiera te atreves a encender la luz para que no se den cuenta de tu infierno quienes duermen contigo. Me dice ahora que duerme el doble, pero que sobretodo duerme bien, descansa, las pesadillas no aparecen ya en el discurso. Me siento bien porque la veo sentirse bien.
Y pienso en ello, en la importancia de un sueño sosegado, no sólo por ella sino también por mi. Por nosotras, por mis noches con H., mi hija.
Ha vuelto sana y feliz del campamento. Y el echarnos de menos es una de las cosas que nos invita al colecho, uno de los temas polémicos de la maternidad. Uno de aquellos en los que he cambiado de opinión tras ser madre. Yo creía y creo que cada persona necesita un espacio físico y emocional; y creía y creo que hay que educar a los hijos en la autonomía. Siempre me pareció que aquellos padres que mantenían a sus hijos en sus camas por períodos prolongados no favorecían dichos procesos. Observaba el hecho y opinaba sobre sus consecuencias. Hoy en día, por experiencia, creo en sus beneficios.
H. y yo no hacemos colecho siempre pero sí a veces, a veces en su habitación, a veces en la mía, casi siempre vinculado a situaciones que nos vuelven frágiles y en las que necesitamos sentir más cerca la presencia física y emocional de la otra (enfermedades, ausencias, broncas, días malos y días buenos que nos desbordan en emotividad....). Hacemos colecho y nos parece bien, lo disfrutamos.
En estos días me sorprendía que pudiéramos hacerlo toda la noche porque no siempre ha sido así. No sé en qué momento ha dejado de suceder pero me he dado cuenta de que H. ha dejado de dar patadas. H. siempre ha dormido bien. Nunca ha tenido pesadillas pero se movía mucho y si había alguien a su lado lo pateaba hasta echarlo de la cama.
Y entonces pienso en todos esos fantasmas que se aplacan y dejan de venir a visitarnos cada vez que bajamos la guardia. Pienso en lo duro que es vivir en estado de alerta, defenderte de cualquier contacto porque temes o te inquietan otras presencias.
Me alegro de ver que H. duerme tranquila y me abraza. Me alegro de compartir su lecho y que pueda compartir el mio. Me alegro de su conquistada serenidad y de su reposo. Creo que si existe un perjuicio en el colecho, nunca superará los beneficios que aporta a un niño que necesita ser arropado. Y yo que utilicé siempre el verbo arropar en sentido metafórico, ahora también lo utilizo en sentido literal.
Hay otros como el de H. que tiene un nombre precioso y una historia dolorosa. No en balde le han reconocido el estatuto de refugiado y me alegro de ello. Lo merece sí, como muchos otros a quienes se lo han denegado, con parecidos desgraciados méritos. Pero esa como siempre, es otra historia.
La conocí hace meses cuando no dejaba de llorar. Lloraba con angustia aunque sus circunstancias eran otras y la amenaza había cesado. Estrés post-traumático. Que fácil de decir, que duro de vivir. Lloraba porque la emoción cubría los recuerdos y no la dejaba articular el pensamiento. Y esa congoja era inhabilitante para lo que nos pedía. Pedía lo que sabía necesitaba, la forma de cubrir sus necesidades básicas y ese apoyo que sólo podía ser puntual necesitaba que ella se recuperara de lo que no nos pedía, de lo que creía la atormentaría para siempre. Sin embargo tenía que sobrevivir a su historia y sus circunstancias. Resurgir de las cenizas. Seguir.
La última vez que la vi, la semana pasada, no paraba de sonreír. Ha sido un proceso, llevamos meses trabajando y han sido muchas las cosas que han influido en su mejoría. Yo sólo soy parte de ese conjunto, pero me hace feliz ser copartícipe de esos avances.
Cuando la conocí una de las cosas que le agobiaban era que no dormía. Sólo podía hacerlo durante 2-3 horas cada noche. Dormía poco y mal. Al dormir, volvían las pesadillas. Tenía tantos recuerdos dolorosos, y los sentía de forma tan vívida que re-experimentaba el terror de lo vivido cada noche. Y entonces no descansaba, dormir la angustiaba. Si no duermes ¿Cuándo descansas, cuándo repones fuerzas, cuándo te recuperas?. Más, cuando ni siquiera te atreves a encender la luz para que no se den cuenta de tu infierno quienes duermen contigo. Me dice ahora que duerme el doble, pero que sobretodo duerme bien, descansa, las pesadillas no aparecen ya en el discurso. Me siento bien porque la veo sentirse bien.
Y pienso en ello, en la importancia de un sueño sosegado, no sólo por ella sino también por mi. Por nosotras, por mis noches con H., mi hija.
Ha vuelto sana y feliz del campamento. Y el echarnos de menos es una de las cosas que nos invita al colecho, uno de los temas polémicos de la maternidad. Uno de aquellos en los que he cambiado de opinión tras ser madre. Yo creía y creo que cada persona necesita un espacio físico y emocional; y creía y creo que hay que educar a los hijos en la autonomía. Siempre me pareció que aquellos padres que mantenían a sus hijos en sus camas por períodos prolongados no favorecían dichos procesos. Observaba el hecho y opinaba sobre sus consecuencias. Hoy en día, por experiencia, creo en sus beneficios.
H. y yo no hacemos colecho siempre pero sí a veces, a veces en su habitación, a veces en la mía, casi siempre vinculado a situaciones que nos vuelven frágiles y en las que necesitamos sentir más cerca la presencia física y emocional de la otra (enfermedades, ausencias, broncas, días malos y días buenos que nos desbordan en emotividad....). Hacemos colecho y nos parece bien, lo disfrutamos.En estos días me sorprendía que pudiéramos hacerlo toda la noche porque no siempre ha sido así. No sé en qué momento ha dejado de suceder pero me he dado cuenta de que H. ha dejado de dar patadas. H. siempre ha dormido bien. Nunca ha tenido pesadillas pero se movía mucho y si había alguien a su lado lo pateaba hasta echarlo de la cama.
Y entonces pienso en todos esos fantasmas que se aplacan y dejan de venir a visitarnos cada vez que bajamos la guardia. Pienso en lo duro que es vivir en estado de alerta, defenderte de cualquier contacto porque temes o te inquietan otras presencias.
Me alegro de ver que H. duerme tranquila y me abraza. Me alegro de compartir su lecho y que pueda compartir el mio. Me alegro de su conquistada serenidad y de su reposo. Creo que si existe un perjuicio en el colecho, nunca superará los beneficios que aporta a un niño que necesita ser arropado. Y yo que utilicé siempre el verbo arropar en sentido metafórico, ahora también lo utilizo en sentido literal.
Publicado por
Montse Hernández P.
en
18:47
6 comentarios:
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
Etiquetas:
Aprendizaje,
Compañía,
Crecimiento,
Crianza,
Educación,
Familia,
Historia.,
Lágrimas,
Logros,
Maternidad,
Memoria,
Miedo,
Pérdidas,
Psicólogos,
Psicoterapia,
Recuerdos,
Resiliencia.,
Sentimientos,
Tiempo,
Tiempo.
viernes, 31 de mayo de 2013
CICLOS Y CICLONES....
Hace unos meses yo sentía que me ahogaba...
...pero sucede otra vez, el tiempo pasa, todo es un ciclo que se cumple riguroso. Cuando llega el otoño, mi estación preferida del año, yo inicio un ciclo que me llena de tormentas, me clavo como nunca un reloj al pecho y al cerebro, y empiezo a sacar cuentas, a contar minutos, a hacer encaje de bolillos entre trabajo y escuela. En esos largos meses siento el viento como un ciclón que siempre amenaza, que siempre me lleva (nos lleva), corriendo de un lado a otro, o quizás no corriendo, pero sí a un ritmo más rápido que el deseado. Con lo que a mi me gusta pasear!.
...pero hoy acaba Mayo y yo recupero buena parte de mi vida. No en horas, que al final son las
mismas, sino en rutinas. A partir de hoy, mis tardes son mías. Ya no juego al tetrics sino más bien al mikado y realmente me gusta más, cada vez es distinto y hay más posibilidades y retos. No todo es encajar, no todo es correr para encajar, sino que es una sorpresa y una posibilidad, y tu eres más dueño de tus posibilidades. Es estrategia y riesgo. Y eso me resulta sin duda más apetecible.
Y me acuerdo como si fuera hoy de la tristeza que sentía en aquella tarde que me despedía de muchas cosas. Y pienso en lo vivido desde entonces. Pienso, en que las cosas que perdía aquella tarde, están aquí otra vez, porque son mías, sólo tengo que dejar que el tiempo pase. Y pienso que este es, este año más que nunca, un año de aprendizaje.
Porque este ha sido un año escolar compartido. Madre e hija, cada una a su escuela, a experimentar y aprender. H. ha descubierto con pasión y con dolor el mundo de los deberes. Por suerte, lo ha hecho de la mano de la mejor de las maestras posibles. Este año nos asoma a lo que será un camino difícil, un anticipo de los esfuerzos y de la constancia que necesitaremos para avanzar.
Yo, por mi parte, he vuelto a estudiar, o más bien a aprender, que no es lo mismo. Y, realmente, con buenos maestros, es una delicia. Y M. sigue siendolo pero tiene razón, los años a los dos nos han hecho mejores. Más sabios pero también más humildes. Y se nota. En estos meses, además de ser madre he sido más cosas. He vuelto a pensar en mi de forma sostenida. En mi como mujer, en mi como profesional. Vuelvo a confiar en el valor de aquello que tanto me ha gustado hacer siempre y se estaba desdibujando entre papeles de auditorías. Me gusta la psicología y me gusta sentirme útil. En este tiempo de emociones exacerbadas ha venido muy bien agudizar la mirada y organizar la estrategia para ver todo lo positivo que seguimos teniendo.
Así que dio mucho de sí, a pesar de mi tristeza. Avancé, crecí, maduré, cerré y abrí, recuperé y despedí, reí y lloré. Abracé. Escribí. Ayudé, pedí,...hice tantas cosas y el tiempo pasó y estamos aquí, otra vez... Vivas y con muchas ganas.
Verano, aunque estás indeciso, bienvenidas sean tus tardes...por echarnos unas risas siempre en buena compañía. Por todos los viajes que llegarán. Por todo el tiempo que nos dedicaremos a jugar, a brillar y, sin duda, a amar.
...pero sucede otra vez, el tiempo pasa, todo es un ciclo que se cumple riguroso. Cuando llega el otoño, mi estación preferida del año, yo inicio un ciclo que me llena de tormentas, me clavo como nunca un reloj al pecho y al cerebro, y empiezo a sacar cuentas, a contar minutos, a hacer encaje de bolillos entre trabajo y escuela. En esos largos meses siento el viento como un ciclón que siempre amenaza, que siempre me lleva (nos lleva), corriendo de un lado a otro, o quizás no corriendo, pero sí a un ritmo más rápido que el deseado. Con lo que a mi me gusta pasear!.
...pero hoy acaba Mayo y yo recupero buena parte de mi vida. No en horas, que al final son las
mismas, sino en rutinas. A partir de hoy, mis tardes son mías. Ya no juego al tetrics sino más bien al mikado y realmente me gusta más, cada vez es distinto y hay más posibilidades y retos. No todo es encajar, no todo es correr para encajar, sino que es una sorpresa y una posibilidad, y tu eres más dueño de tus posibilidades. Es estrategia y riesgo. Y eso me resulta sin duda más apetecible.
Y me acuerdo como si fuera hoy de la tristeza que sentía en aquella tarde que me despedía de muchas cosas. Y pienso en lo vivido desde entonces. Pienso, en que las cosas que perdía aquella tarde, están aquí otra vez, porque son mías, sólo tengo que dejar que el tiempo pase. Y pienso que este es, este año más que nunca, un año de aprendizaje.
Porque este ha sido un año escolar compartido. Madre e hija, cada una a su escuela, a experimentar y aprender. H. ha descubierto con pasión y con dolor el mundo de los deberes. Por suerte, lo ha hecho de la mano de la mejor de las maestras posibles. Este año nos asoma a lo que será un camino difícil, un anticipo de los esfuerzos y de la constancia que necesitaremos para avanzar.
Yo, por mi parte, he vuelto a estudiar, o más bien a aprender, que no es lo mismo. Y, realmente, con buenos maestros, es una delicia. Y M. sigue siendolo pero tiene razón, los años a los dos nos han hecho mejores. Más sabios pero también más humildes. Y se nota. En estos meses, además de ser madre he sido más cosas. He vuelto a pensar en mi de forma sostenida. En mi como mujer, en mi como profesional. Vuelvo a confiar en el valor de aquello que tanto me ha gustado hacer siempre y se estaba desdibujando entre papeles de auditorías. Me gusta la psicología y me gusta sentirme útil. En este tiempo de emociones exacerbadas ha venido muy bien agudizar la mirada y organizar la estrategia para ver todo lo positivo que seguimos teniendo.
Así que dio mucho de sí, a pesar de mi tristeza. Avancé, crecí, maduré, cerré y abrí, recuperé y despedí, reí y lloré. Abracé. Escribí. Ayudé, pedí,...hice tantas cosas y el tiempo pasó y estamos aquí, otra vez... Vivas y con muchas ganas.
Verano, aunque estás indeciso, bienvenidas sean tus tardes...por echarnos unas risas siempre en buena compañía. Por todos los viajes que llegarán. Por todo el tiempo que nos dedicaremos a jugar, a brillar y, sin duda, a amar.
sábado, 15 de septiembre de 2012
RUTINA
Pregunta P. qué tal llevo la rutina de la semana. Esa en la que ha empezado el cole y, sin abuelos, vuelvo a tener horarios irremediables. Tiene razón en preguntar, el domingo tuvo que cargar con mi tristeza ante la inminencia del duro cambio de los buenos hábitos veraniegos.
Lo pienso. Inmediatamente sé que no es rutina lo que he sentido esta semana, al contrario, es “afán”, como dirían mis amigos colombianos. Hay días que envidio la soledad de P. Él trabaja sólo en su oficina –con su planta, que le hace compañía- pero no cambio este frenesí por esa soledad. Cuando estás con otros, cuando miras a otro y escuchas las historias que te narran, tu vida nunca es rutinaria. Porque no dejas de pensar y sentir con él o con ella. No dejas de repensarte.
Desde hace cinco años tengo otra viviendo conmigo 24h. Vaya diferencia. No me aburro insisto, aunque a ratos extrañe algo de soledad. H. me hace sentir y pensar mucho. Sí, aún más de lo que ya lo hacía solita. Y no era poco.
Trabajo en equipo y tengo suerte. Mi vida laboral está acompañada. Tengo compañía y contraste y eso es bueno y sano. Allí, ampliando la mirada, somos muchos más. Allí van a vernos otros muchos que esperan que podamos ayudarles. Es lo que tiene trabajar en una ONG, te da fama de bueno. Y eso terrible.
A lo largo de este mes estaremos al 50% por diversas, buenas y merecidas circunstancias, así que los que estamos recibimos el doble. El doble de historias. El doble de angustias. Y es imposible estar angustiado y aburrido por la rutina al mismo tiempo. P., de la rutina, ni rastro.
En momentos difíciles, y éstos lo son, siempre me pregunto cuánto dolor puedo recibir sin que surja el mío. Cuanta angustia, sin que desaparezca mi serenidad. Cuanta rabia, sin gritar las mías. Pero siempre, cuando parece que te vas a romper, aparece alguien y te alegra el día. O tu vas y buscas la alegría si has aprendido a cuidarte (es lo que tiene la experiencia). Estamos en Ferias en esta bella ciudad, sigue haciendo calor. Y eso me produce una alegría inmensa.
Entonces, en el trabajo y en la calle, ves una sonrisa, un logro, una decisión firme –aunque sea mala-. Ves el camino a seguir en ese campo minado que es la vida de los que vienen a vernos y te sientes útil. A veces, en aquello que vienen a pedirte. Otras, en aquello que vienen necesitando y no saben pedir. Alguien con quien compartir, que les escuche, les ayude a pensar, a priorizar, a decidir, a llorar, o a rabiar…Y hacer todo eso no es rutina. Cuando anticipas lo peor, sólo pueden sucederte cosas buenas. Ha sido una buena semana.
P. siento mi tensión y mi tristeza. Yo no soy así, sólo que a veces me asusto. Y claro, está todo lo demás.
Publicado por
Montse Hernández P.
en
12:13
No hay comentarios:
Enviar por correo electrónicoEscribe un blogCompartir en XCompartir con FacebookCompartir en Pinterest
Etiquetas:
Argumentario,
Barreras,
Ciudades,
Empatía,
Encuentros,
Hábitos,
Miedo,
Miradas,
Normalidad,
Palabras,
Pérdidas,
Psicólogos,
Psicoterapia,
Relaciones,
Sentimientos
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








