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lunes, 4 de septiembre de 2017

... COSAS QUE NUNCA TE DIJE

...es el título de una película de Isabel Coixet. Recuerdo levemente el argumento, pero el título siempre me resuena. Pienso mucho en las cosas que no decimos ...sobretodo cuando son importantes.

Yo creo que de fallar, fallo por lo contrario. Digo más de lo que a veces debería. No porque sea una de esas personas que se dicen directas y que, desde mi punto de vista, a menudo son inoportunas y groseras, sino porque a veces digo cosas que otras personas no están preparadas para oír o no saben que hacer con ellas, o porque a veces, esto último, también me pasa a mi, que me pregunto ¿Y ahora que hago con esto?...

Jamás me he detenido a pensar qué efecto puede tener en otra persona el decirle un piropo o una palabra bonita en relación a sí misma..., hacerle saber el grato efecto que su presencia tiene en mi. ...hacerle saber que le veo, que le siento, y que su presencia y buen hacer, hacen mi vida mejor, más sencilla, más ilusionante. Me espanta que la vida  pueda dejarme sin la oportunidad de decírselo en la cotidianidad. No quiero decirlo porque es su cumpleaños, navidad, se va a vivir a otro país o simplemente lloro su muerte. Quiero que lo sepa, hoy y en ese instante. "Me gustas y celebro tenerte en mi vida"...y además decirle el por qué, cuáles son mis razones. No es un elogio vano, es que de verdad, le celebro.

Este verano en familia he sido consciente de las personas que celebro tener allí. Siempre lo soy pero a veces más. Esta llegada a casa tan consciente de lo efímera que es a veces la vida con tantas muertes inesperadas me ha hecho pensar mucho más en esto de hacer sentir a la gente cuan importante es para nosotros

Y así he estado muy pendiente de celebrar la vida y a los vivos. En uno de esos encuentros que el verano me regala, tras mucho rato hablando de sí mismo, mi interlocutor me preguntó ¿Y tú como estás?... su pregunta me agobió un poco porque solo pude responderle: Estoy. Y en ese momento me pareció una respuesta simple, incluso inquietante y angustiosa, insuficiente, al lado de su relato cargado de novedades. ...Pensé... "No tengo nada que contarte" terrible.... Y he estado pensando en esa conversación y esa situación, en contraste con las otras dos conversaciones, que no tuve. 

Una, por cierta cobarde prudencia que me alegro de esgrimir, todo se andará. Porque sí, a veces hay conversaciones que por comprometidas es mejor que falten. Seguro que el tiempo les resta el peso del compromiso y le sumamos picardía y risa. Está ahí pendiente, aún así espero haberte hecho sentir que eres importante.

Y la otra, que me sigue haciendo pensar. A veces no hablamos, lo que no quiere decir que no comuniquemos. No hemos hablado, cierto. Apenas hemos coincidido para hacernos promesas ...encuentros que duran un instante: y te miro y te siento... y hay algo que es diferente y se me va la cabeza en explicaciones posibles. Con lo fácil que es hablar... La primera vez que me te hablé, te lo dije: como no aproveche esta ocasión... Las cosas que nunca te dije, a veces se parecen a las cosas que no se como decirte (en este caso para tranquilizarte)...Por eso escribo, porque necesito decirtelo. Sea lo que sea, estamos aquí.

Comunicar, que importante...

Mientras fue niña mi único objetivo con H. fue hacerla sentir amada. Con la adolescencia mi único objetivo es que además de amadas (sigamos o no en ello) mantengamos la capacidad de comunicarnos...H. es muy orgullosa y yo una persona más bien silenciosa y solitaria. Hago un ejercicio consciente cada día para que, parafraseando el libro, pueda seguir hablándole de manera que me escuche y pueda seguir escuchándola para que ella me hable...

Ayer, tras un día especialmente poco comunicativo y algo tenso en confianzas, H. volvía a casa tras pasar casi tres horas con tres compañeras del cole. En ese estar conscientemente atenta le pregunté por lo que habían hecho..., lo que habían hablado.... Y tras un ratito aparecen las cosas que quiero que me diga: "Mamá porque I. dice que ella sí quiere fumar. ¿Es tonta o qué?"... Sabes qué....Ni L. ni I...quieren a sus madres ¿Por qué?....Mamá, no me sé el nombre de ninguna cerveza y ellas sí. ¿Es normal?.... Cuantas cosas para conversar y terminar el día arropadas en nuestros miedos, dudas y certezas.

Poder saber de qué habla mi hija con sus amigas cuando no es por el móvil -que puedo más o menos seguir-...Saber que sigo siendo un referente para ella, que sigue contrastando su visión del mundo conmigo, que me de la posibilidad de darle mi opinión, solo mi opinión, al respecto de esa conversación...me parece tremendamente importante...y cuanto más se mantenga mejor, porque los días que sus respuestas a mis preguntas son monosílabos, realmente me inquieta que algo esté pasando...y que haya cosas que nunca me diga.

Y no, no me olvido de que aquellas que nunca dije a mi padres. Que además de serenidad y paciencia, hay que tener memoria.




domingo, 19 de abril de 2015

LIBERTAD


YO TE NOMBRO LIBERTAD. Nací libre. Es un hecho. Condicionada en menor o mayor medida, la verdad es que nunca me he sentido esclavizada por nada. Por eso estoy segura de que, aunque la valoro, no logro dimensionarla realmente porque nunca la he perdido. Es así, la noche magnifica el día. La enfermedad, a la salud. Y de haberme sentido presa, valoraría muchisimo más la libertad de la que disfruto y siento haber disfrutado siempre. Y que dure.


LIBERTAD DE PENSAMIENTO. Crítica, solidaria e incisiva; la segunda evocación que hago de la palabra Libertad es ella. Compañera de Mafalda, pequeña y aparentemente simple, es incendiaria en sus planteamientos sociales, menos existencial aunque quizás más utópica. Representa la opción, siempre bondadosa, de tener a alguien con quien conversar. 

Pero en estos días la LIBERTAD de mis pensamientos es otra.

A Libertad la conocimos de nombre el año pasado. "Mamá ha venido una niña nueva a nuestra clase. Se llama ...Libertad". Que bonito pensé evocando las dos cosas anteriores, pero lo cierto es que la realidad no es tan bonita.

Libertad estuvo en la clase sólo un mes y luego se fue.

Este año volvió y sigue allí junto a ellos...o más bien. Sobrevive.

H. es un libro abierto y cuenta todo lo que pasa en el cole...así llevo semanas escuchándola hablar de lo que ella piensa, de lo que todo el grupo piensa...reeducando el enfoque, los pensamientos, las razones y las opciones. Y qué difícil es y que triste...

"Mamá...Libertad...

... no huele bien.
...lleva la ropa rota y sucia.
...no tiene padre, ni madre.
...nadie quiere jugar con ella.
...todos se burlan..
...tiene tetas porque es mayor.
...y por supuesto L. ha suspendido.
...va a repetir"

Y me duele, me duele esa niña  que seguramente es inocente de todo y sin embargo paga tan duramente las consecuencias.

Y con cada información una reflexión, una necesidad inmensamente mía de que mi hija sea capaz de ponerse en la piel de esa niña y defenderla. Entenderla. Ayudarla. Acompañarla. 

En las últimas semanas, L. ha ido al comedor el único día que va mi hija. El viernes pasado me contaba todo lo que estuvo hablando con Libertad...La tristeza de la niña "No traigo ningún pastel para celebrar mi cumpleaños porque a los niños les dará asco comerlo" ...y las palabras de mi hija para darle consuelo y ánimo, a pesar de no manejar aún del todo bien, el acto de defenderla en público.

Pero mis palabras de estos meses han ido calando poco a poco. Son aún insuficientes para cambiar su realidad, pero sé que a través de las palabras de mi hija le ofrecen la sensación de que no está tan sola. Para ayudarla a defenderse de esos que la juzgan (siendo la mayoría muy majos) porque desconocen la vida que ha tenido que vivir y sólo saben de las bonanzas de la vida propia.

Cuantas ganas de hacerles leer este texto inolvidable y contundente...

Ánimo, Libertad.  No estas sola.


domingo, 17 de agosto de 2014

AMOR DEL BUENO

En las últimas semanas ha estado con nosotros E. 

Cuando pienso en él, recuerdo este texto. No porque E. sea un chico (ya mayor de edad) difícil de llevar, disrruptivo, violento. Al contrario, es tremendamente dócil. Demasiado para mi gusto. Pero es verdad, no hace fácil que le podamos querer. Es callado, huraño, seco, pesimista, solitario...

Y todo esto se nota más frente a la luz de sus hermanos, que brillan con una luz enorme.



He tenido la suerte de disfrutarle en la cotidianidad, en un ambiente tranquilo, alejados del ruido de su propio hogar. Todos a su alrededor esperan un milagro de su estancia en nuestra casa. Como si yo fuera mágica y pudiera cambiar su historia (o mejor, su interpretación de la historia) en dos plumazos. Hace falta tanto silencio para aprender a escucharle, tanta paciencia para esperarle, tantas ganas para invitarle a salir....

Sin embargo, siempre he sabido que debajo de esa coraza, de ese muro de contención enorme, hay un alma atormentada pero infinitamente bondadosa...

Hoy hemos estado dando un paseo por este lugar, un sitio hermosísimo...



En medio de este paisaje tan sereno, en medio del silencio que nos acompañó durante buena parte de la caminata, de pronto habla:

"Me quiero hacer un tatuaje pero papá y mamá no me dejan". Obvio. Así son. Y cada uno es lo que es. No hay que estar a favor ni en contra, sólo hay que escuchar...

¿Sí?...¿Y qué quieres tatuarte?... Responde sin dudas: Tres corazones, uno por cada uno de mis hermanos y un nombre "Guasara".

No hice la asociación rápidamente y por eso pregunté ¿Quién es ella? para recordar la respuesta antes de escucharla.

Guasara, era compañera de clase de E. Murió de un cáncer vertiginoso cuando ambos tenían 10 años. Ha pasado de ésto casi una década. Y así de presente está.

Si en lugar de decir "Ni se te ocurra hacerte un tatuaje" 
 ...preguntáramos y escucháramos ... podríamos seguir pensando que no nos gustan los tatuajes pero estaríamos seguramente muchísimo más cerca del corazón del protagonista de esta historia. Una cercanía que pide a gritos, aunque nadie lo ve. Aunque nadie se toma el tiempo para ofrecérsela. Y me siento tan feliz de haberle escuchado. Estas cosas me hacen quererle aún más.

Mientras, H. que nos escuchaba me decía. "Mamá y yo me voy a tatuar en el brazo un corazón con la palabra LOVE"... y entonces yo, apunto de decir en el acto "Ni se te ocurra....", respiré profundo y dije: ¿Si?... ¿estas segura?...y tal debió ser mi cara que cambió de idea y me dijo "O no, mejor unas mariquitas".

Escuchar, no es fácil, no. Pero vale la pena. Y, sobretodo, ayuda a salvar vidas.



martes, 29 de julio de 2014

LA MIRADA DE LOS OTROS

"Es en la mirada de los otros donde te vuelves a construir" Jorge Font

He vuelto a ver "La vida de los otros" y he recordado este texto que escribí hace algunos años y que hoy retomo, altero, matizo. 

 "Voyeur" lo titulé y pensé al hacerlo: Somos todos, así que es plural. ¿Cuál es el plural voyeur?...nunca recibí clases de francés.
 

Antes de ser madre, iba mucho al cine. Al cine, cine, al local. Me gusta la pantalla grande. Desde entonces, aparte del precio que ha crecido para perderse, no es fácil encontrar espacios, compañías, ánimos para volver a ese formato. Pero, cuando claudico, cuando me rindo y veo algo en la pantalla del televisor o, aún peor, en la del ordenador, pienso en todo lo que me estoy perdiendo. En todas esas historias que siempre me devuelven la vida. Incluso las que me desgarran el corazón. Los campamentos de H. me han llevado a las pantallas, en los tres formatos. De esa melancolía de historias bien contadas, nace este recuerdo epistolar....

Hacía meses que no iba al cine. Fui ayer y he vuelto hoy. Dos películas buenas, una alemana "La vida de los otros" y la otra danesa "Después de la Boda". Me han gustado ambas aunque la primera más, quizás porque creo que es más real. Vuelvo a casa bajo la lluvia pensando en la grata sensación que me deja el cine. 


Desde que oí hablar de ella estoy pensando en el impacto que tiene en nuestras vidas, "La vida de los otros". Ya sea que mires o escuches. Que lo hagas furtivamente protegido por la oscuridad del cine o desde una ventana que te oculta tras la cortina. Puede que la vayas leyendo a capítulos o la escuches acompañada de melodía. Ya sea que te sientes simplemente a mirar en un parque o en una terraza, que escuches la radio o las oigas "en la consulta" ..las historias que otros viven o nos cuentan, nos atrapan y transforman, y eso da miedo pero es una suerte. 


Nos metemos en la vida de la gente y dejamos que la gente entre en la nuestra, a menudo de forma poco precavida, y entonces sus vidas nos tocan y nos transforman, se quedan con nosotros cuando ellos se van, tiñen nuestros paisajes, cambian nuestras referencias, perturban nuestras certezas y quedamos atrapados entre el miedo que eso nos provoca y la fascinación de ver transformarse el mapa de nuestro certero mundo.


Las historias ajenas nos distraen de las propias y eso es sencillo, que se queden a vivir con nosotros ya es algo más perturbador. He pasado el fin de semana con muchas personas para lo que es habitual. La mitad "oficialmente" desconocidas y me sorprendía conocer tantos detalles íntimos de sus vidas, reconociendo que paralelamente y por simple deducción lógica, seguramente ellas sabrán otros tantos de la mía. Conozco detalles muy personales de compañeros de camino simplemente porque antes fueron personas con las que trabajé o con quienes compartí momentos de intimidad en otras circunstancias alejadas de las actuales (y de alguna manera de esto hablamos en "Después de la Boda"), de cómo la gente se queda en nuestras vidas incluso cuando no está en ellas.


Soy una voyeur, lo reconozco. Se me da mejor mirar y escuchar que hablar. Tengo una extraña capacidad para hurgar en la intimidad de la gente sin que esta se sienta agredida (al menos eso creo porque pocas veces he recibido una señal de que así fuera)...

Pienso en las historias que vivimos, y en cómo las narramos. 

Y sabes qué, las cosas que nos dijimos, con palabras o sin ellas, por decirlas, y también por omitirlas, están esta noche conmigo; mientras tomo un café, entre la luz tenue... con los claros sonidos de este hogar de paredes de papel!...

miércoles, 25 de junio de 2014

NECESIDAD...

Hay cosas que son un deseo y otras que son una necesidad.

Necesitaba tiempo. Necesitaba tiempo para estar sola.

Necesitaba tiempo para estar sola en silencio.

Tiempo mio, sin otra ambición que perderlo, gastarlo o invertirlo... en no hacer nada, en no ver a nadie. 

Tiempo de estar sola y cuidarme el cuerpo al mismo tiempo que cuidarme el alma.

Cuanto ruido siento alrededor. Bulla, mucha bulla. Demasiada después de tanto tiempo.

Desde hace un mes tengo las tardes libres y eso me hace feliz. Desde hace un mes acabaron las extraescolares de las tardes. Eso nos hace felices a las dos.

Desde hace un mes H. y yo compartimos tiempo, perdiéndolo. Jugamos más, conversamos más, paseamos más, incluso trasnochamos más. Es decir, ganamos mucho en calidad de relación. Y sonreímos, sonreímos mucho más, todo parece más ligero y fluye. Suena tan bien pensando en que tenemos todo el verano por delante.

Pero además, desde hace unos días, estoy sola en casa.  Me levanto sabiendo que el ritmo que seguiré será el mio y no el compartido. Y por lo tanto lo gestiono mejor. Depende de mí, me conozco y me entiendo. Me regulo. Con H. cada día está todo por explorar, por compensar, con obligación de regular. Atender a sus necesidades y a las mías. Un aprendizaje y un reto diario. Algunas veces agotador. No en sí mismo, que para eso estamos, sino sumado a todos los demás.

H. es un libro abierto, una niña que habla mucho, cuenta todo. Que dure...H. habla sobretodo de lo que le emociona, y eso da gusto escucharlo. Y de lo que no funciona que para ella es mucho también. 

Desde mi punto de vista tiene un don especial para la queja. Para ver lo que no funciona de cualquier cosa. H. ve el punto negro de la tela blanca, el vaso medio vacío. Las espinas de las rosas, y la única nube del cielo radiante. Así, cada día desde que amanece hasta que anochece, yo al lado de ella, reconociendo y validando quejas, señalando gozos. Lamentando lo que no funciona y pensando a ver qué hacemos con lo que nos sirve aún. Viendo el punto negro como una línea que se está abrazando (la idea no es mía). Y el liquido que falta como la fortuna de alguien que tenía sed y tuvo algo que beber. Yo a su lado jugando con los pétalos de las rosas (las naranjas mis preferidas) y observando las espinas que las cuidan para que con delicadeza podamos poner nuestros dedos en su tallo lentamente, sin dañarlas, sin dañarnos. La tregua agradecida que nos da la sombra de una nube y la certeza de que será temporal para que el sol siga brillando y nos caliente nuevamente. Todo apenas perceptible, sutil, que si no se ofende...

La dejo en el cole y voy al trabajo. Allí lo mismo, donde otros venden miserias e impotencia, tengo que ayudarles a ver posibilidades y esperanza; donde me hablan de sus carencias les reflejo sus posibilidades, donde ellos ausencia yo la búsqueda.

Estoy muy cansada. Y el cuerpo se queja y no me ayuda. 

Por eso estos días los vivo como una oportunidad, atiendo únicamente mis necesidades. Me desintoxico. Es justo pero sobretodo es necesario. Queda mucho por hacer.





martes, 4 de febrero de 2014

DILEMAS

Ser o no ser, he ahí el dilema.

"Mamá yo no soy lista"...

Esta frase lleva instalada en la cabeza de H. una buena temporada, sólo que cada día la repite más.


"Mamá no quiero ir al cole...bueno al cole sí pero no quiero hacer deberes, es que se pasan". Y sí, estoy de acuerdo con ella, se pasan. Y, como lo hacen, mi niña, que es lista, comienza a pensar que no lo es.

Convence a un niño de 9 años que suspende en el cole, de que es listo. Convéncelo, porque lo crees. H. no suspende aún, pero me temo que lo hará si no logro convencerla de que se trata de esforzarse y de seguir. Si no logro poner a su alcance los recursos de apoyo que potencien sus capacidades porque yo creo que es todo lo lista que hay que ser en la vida. Es intuitiva, es creativa, es ágil, es empática... pero el apendizaje escolar le cuesta. Convéncela en ese contexto, de su inteligencia y sus capacidades.

Veo sus dificultades, pienso...si yo tuviera más tiempo de apoyarla academicamente, si ella estuviera en una clase con menos niños, si yo tuviera a mi alcance los conocimientos y las herramientas pedagógicas y legales para defender su derecho a una educación menos competitiva y más experiencial...entonces mi hija podría tener más evidencia de cómo se expresa su inteligencia. 

Llevo días enseñándole todas las cosas que la hacen inteligente, hablándole de ese señor tan sabio que habló de las inteligencias múltiples, ayudándola con más inversión de tiempo y de paciencia (que no siempre tengo) y tratando de reeducar con serenidad su mal humor y su tristeza frente a este tema. Miedo me da el futuro. 

Miedo a no saber discriminar cuál será el punto, en el que el insistir deba dejar paso al aceptar (estamos lejos). Pienso en él por la parte de sabiduría que de mi requiere y por las importantes consecuencias que esa decisión tendrá en su futuro. "Mamá, yo no quiero ir al Instituto, cada vez va a ser más difícil". Respiro profundo.

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"Mamá, de mayor voy a vivir en África". - Muy bien, contesto, puede ser una opción.
"...pero tu vienes conmigo!!!". Por supuesto, declaro sin dudas y sonriendo.

"¿Por qué quieres vivir en África?" le pregunto.
 "...para no ser diferente". 

Todavía no es consciente de que siempre lo será. Todavía no es consciente de que la gestión de ese hecho (compleja como muchas otras) le permitirá verlo como una fortuna con el paso del tiempo. Lo creo con firmeza. Lo asumo como un tremendo reto como el referente más cercano de sus aprendizajes emocionales.

Desde hace años creo, en una de las pocas convicciones que me van quedando, que tengo la enorme suerte de ser una persona emocionalmente inteligente, como diría mi hija, una persona "lista" en ese terreno. 

Desde que soy madre, no hay día en el que me vaya a la cama sin pensar con contundencia en la necesidad que tengo de aprender más, de aprender mejor...y esa es otra de las razones por las que mi amor por ella es inconmensurable. Ella, me obliga a ser mejor. 

Lo dicho, es lista, porque en la "existencia" piensa, y mucho. Como diría su abuelo, tiene a quien salir...


sábado, 16 de noviembre de 2013

EMOCIONARIO...

MIEDO: J. me pide una cita para hablar conmigo. "Creo que vuelvo a estar mal". Me encuentro con ella y su aspecto externo no denota ese malestar. Se le ve bien. Sonríe. Habla pausadamente. No llora. Me relata cómo están sus historias y siguen reflejando logros. Señalo todas las fortalezas que sigo viendo. Hago énfasis en todas las que ella narra. Termina diciendo "Me quejo de vicio" y sonríe, pero a veces me asusto y necesito venir a contártelo, eso, que estoy asustada, pero al escuchar mis palabras, cuando me escuchas y me escucho, me tranquilizo. Y entonces sé que estoy bien.

He visto muchas veces las cicatrices que J. tiene en sus muñecas, en sus brazos. Sus cicatrices reflejan el daño que, siendo aún una adolescente, se autoinflingía. Así descargaba su miedo y su ansiedad. Han pasado más de dos décadas desde entonces. Cuando la conocí, hace una, ya no se hacía daño pero tenía mucho a favor para recaer. Juntas y gracias a muchas cosas, además de mi apoyo, fue saliendo adelante, encontrando la manera de reconciliarse con su pasado, de encontrar recursos internos - que tiene muchos- y externos, en los que apoyarse; de ver posibilidades donde antes sólo fue capaz de encontrar inconvenientes. J es una superviviente y una mujer muy resiliente.

DESCONSUELO: Mientras tengo esta entrevista escucho en el pasillo un llanto desconsolado. Es tan profundo que súbitamente se encoge mi corazón. Desvío mi atención para tratar de percibir si alguien acude en su auxilio. Oigo voces alrededor pero el llanto continua. Sólo cuando veo salir a C. me tranquilizo. Ella sin duda manejará la situación si se requiere. A los pocos minutos vuelve a entrar, me mira porque sabe que estoy con ella. Su mirada me calma. Poco a poco el llanto se serena. Al terminar mi entrevista le pregunto a C. por lo que ha pasado. "Ha sido G."... G. viene a vernos. Ha sido su primer encuentro con nosotros.

G. acaba de tener un grave accidente de coche mientras estaba de vacaciones en un país bastante lejano, a los pocos días a llegar allí. Con su bebé de pocos meses. Sin hablar el idioma. Sin red afectiva de apoyo salvo su pareja que también viajaba en el coche. Vuelven a casa vivos, que al parecer no es poco, con daños visibles en sus cuerpos, salvo el bebé al que aparentemente no le ha pasado nada. Llegan con daños que no soy capaz de medir en trascendencia pero desde luego con un daño emocional intenso. Daño por lo que ha sido realmente. Por lo que podía haber sido. Por lo que no sabemos si será. Estrés postraumático lo llaman. Normal, ante una situación anormal. Pequeños o grandes accidentes emocionales que G. ha tenido que ir sumando a sus espaldas en los últimos años. Situaciones que requieren de tiempo para ser asimiladas. Que requieren de apoyo. Que demandan toda nuestra capacidad de ver lo positivo, en medio de tantas cosas negativas.

VALENTIA: A E. le dijeron que tenía una bomba de tiempo en su cabeza y valientemente decidió que había que desactivarla a pesar de los riesgos que eso implicaba y que todos conocíamos. Desenredar las venas que en tu cabeza han decidido enredarse requiere de grandes dosis de sabiduría, serenidad y valentía. Y E las tiene, las tres aunque, como todos, unos ratos más que otros. Esta semana comenzaba así, con ella apostando por vivir, por bien vivir. Nuestros corazones latiendo a su compás. Todo fue bien, los sabios doctores dicen que están desenredadas, y su evolución de estos días ha sido muy favorable, tanto, que E está en casa y ayer la hemos ido a ver. Se ve bien. Ella también ha sido desde niña, un ser muy resiliente.


INSEGURIDAD: Y, claro, está H. que vive conmigo y esta semana se ha sumado a mis tormentas. Ella que es la más significativa. La que está creciendo y aprendiendo. En quien tengo que serenar mareas, calmar daños, ofrecer herramientas. Su corazón tan intenso se enfrenta a todas las batallas (relacionales) dándolas por perdidas. Sintiéndose una víctima. Doliéndose en sus miedos. Y yo, que la sé fuerte, sin embargo tengo que aprender a ir despacio, porque ella es un león herido que siempre se defiende de su fragilidad. Sabe que está tocada. Y sabe también que ha de protegerse para no estar muerta, así que saca su furia y no deja que calme sus heridas, que son pequeñitas, pero aún así le recuerdan que pueden llegar a ser mayores. 

De terapeuta sí, desde que amanece el día hasta que se oculta el sol. Y estoy cansada, tratando de mantener la calma y atender cada cosa en su momento. Y dándole a cada una su espacio. 

Sin pretenderlo, acabando la semana, me encontré con esto que me parece un buen material para trabajar emociones con niños. Y, porque no, con adultos!



martes, 29 de octubre de 2013

AZUL

T. tiene unos siete años y los ojos tremendamente azules. La piel perfecta de la niñez, una hermosa cabellera rubia. Su belleza es innegable y cautiva.

Cuando la veo, sin embargo, esa belleza y su inocencia de niña, me producen una sensación ambivalente. Por un lado, la obvia, la calidez y la ternura. Por otro, el mal sabor de un recuerdo y una duda.


T. tiene un parecido físico extraordinario con una joven que conocí hace meses. La Guardia Civil la trajo a la institución en la que trabajo. Como era extranjera y no hablaba ni castellano, ni inglés, nadie había logrado hablar con ella y allí la sentaron, en mi mesa, como si yo hablara su lengua materna!!!. Nada más lejos de la realidad. Creo, sin embargo, que si hay un lenguaje que hablo y es el de asumir ciertas responsabilidades que otros delegan porque no saben qué hacer con ellas. Yo tengo la certeza de que comunicarse a ciertos niveles no es cuestión de idioma, sino de instinto.

La encontraron al amanecer de un día de semana, caminando por una de las carreteras que salen de la ciudad. Presuponían que venía de un club de alterne cosa que ella negaba rotundamente. Simplemente estaba perdida. Salió de su casa, esa en la que llevaba pocos días viviendo junto a su novio, y no sabía volver. Ningún teléfono al que llamar. Sólo su nombre y su apellido, tan común como los árboles en un bosque.

Su documentación decía que tenía 18 años recién cumplidos. Aparentaba 15 o 16. Gracias al trabajo de una interprete pudimos conocer la historia que quiso contarnos. Viajaba con su pareja, era la mayor de varios hermanos. Su familia no estaba en España pero sabían que ella sí. Todo creíble, todo increíble.

Con ayuda de la interprete le dimos información sobre aquello que ella negaba, intentando ser prudentes en el respeto a su intimidad. Le facilitamos información en su lengua sobre las posibilidades de apoyo que tenía. Le ofrecimos que hablara por teléfono con quien quisiera. A todo se negó. Sólo sonreía. No parecía ni nerviosa, ni asustada. No había consumido nada. En su lengua, su discurso era sereno y coherente. Según ella, sólo estaba perdida.

Le pregunté en qué podía ayudarla. "A llegar a casa", contestó. Simple; solo que ella no sabía donde estaba esa casa. Nada, ni una pista útil. Tras un rato de buscar en su memoria de pronto lo dijo: "cerca hay un parque con patos". 

No son muchos los lugares de esta ciudad en la que podemos encontrarlos. Fui con ella hasta allí y tras dos o tres vueltas por los alrededores localizamos un portal, y subí con ella a un piso en el que no sabía qué me esperaba. Preferí no entrar por prudencia y por respeto. Solo le recordé a ella y a quienes asomaron al dintel de la puerta, quiénes eramos, dónde estábamos y qué sabíamos. En esas personas nada sospechoso. Informé a los servicios sociales del incidente.

Meses después he vuelto a ese lugar, he entrado en esa casa donde ahora vive otra familia. He preguntado por ella y la recuerdan. Sin embargo nadie se asume como cómplice ni habla de lo que pasaba.

Llevo días pensando en ella. Pensando en el infierno. Pensando en las veces que buscando el paraíso fácil equivocamos la puerta al entrar. Pensando, como lo hice a lo largo de aquellas horas..¿había algo más que podía haber hecho por ella en contra de su voluntad?... Pensando desde mis certezas y mis errores, desde mis dudas y mis intuiciones.

Y el domingo, de excursión junto a T., viéndola, sintiéndome reflejada en su mirada, no he dejado de pensar en la responsabilidad que tenemos todos, de que ciertos infiernos desaparezcan para siempre.


 

martes, 3 de septiembre de 2013

DEL LLANTO AL CONSUELO

H. y yo habitualmente vivimos solas. Compartimos y negociamos nuestro espacio, nuestro tiempo. Lo compartido y lo concedido. No ha sido fácil encontrar la medida en la que ambas nos sentimos cómodas. Ni siquiera afirmo que sea algo estable. Es algo en lo que ya conocemos nuestro margen de maniobra. A veces, ese equilibrio de márgenes conocidos recibe visitas y no siempre resulta fácil adaptarse a los cambios.

En estos días nos visitan los abuelos. Veo a mis padres dos veces al año, todo el tiempo que puedo en esos dos períodos, un tiempo que siempre me sabe a poco. Sé que es lo que elegí. Irme lejos de casa y eso ha tenido muchas ganancias. No por alejarme del lugar en el que estaba (y en el que era feliz) sino porque las posibilidades de esa felicidad eran muchas más, estaban en muchas otras cosas. Lo sé, incluso lo celebro. Otra cosa, es el precio.

El precio tiene que ver con el tiempo, que pasa. Les echo de menos. Sí, mucho, por eso disfruto tanto de sus visitas. Y les dedico tiempo y les cuido y una parte de mi atención hacia H. se distrae en ellos. Ella lo lleva fatal.

A H. le cuesta compartir mi atención y creo que hace esfuerzos importantes por llevarlo bien, cada día mejor, durante períodos cortos. Sin embargo, compartir todo el tiempo, convivir día tras día con dos personas que le restan mi atención, es una prueba de hierro. Y le está costando.

En estos días H. está irritable, frágil emocionalmente y con una frecuencia inusual llora por las cosas más nimias. Llora sintiéndose desatendida, cuestionada, abandonada frente a otros y es que H. es así de intensa. O estás conmigo o estás contra mi.

 Y así, llorando, la he dejado un par de veces.  Voy un ratito después a consolarla y acompañarla en el camino de regreso. Porque H. se va llorando y corriendo -emocionalmente hablando- y luego,... sigue llorando, porque aunque quiere, no sabe volver.

Cuando H. llegó a mi vida tenía pocas rabietas pero las que tuvo fueron intensas. Al principio, yo sin querer, las alimentaba, esperando una calma que ella no sabía conseguir sola. Todo, hasta que descubrí que sólo se calmaba cuando yo iba a su lado y la consolaba. Ella rápidamente había elaborado la situación y la entendía, pero no sabía "recomponerla". Empezaba llorando por una cosa y, lista como es, la podía resolver, entender, manejar emocionalmente con éxito, pero luego lloraba por haberse perdido, ya que no sabía volver. 

Cuando unos minutos después acudo a buscarla, me recibe llorando pero el motivo ya es otro. Siempre me cuenta que está "perdida", que reconoce sus fallos y no sabe cómo remediarlos. No pasa nada, le dijo. Ya lo tienes claro, eres una chica lista. Eso es una alegría. Mamá te acompañará. Podemos regresar juntas. Y siempre pasa que esa certeza, trae la calma.

Creo que el que los niños lloren es inevitable. Que no nos complazcan en todo, suele generar malestar y no está mal sentirlo y aprender a manejarlo. No está mal que a veces se frustren nuestros deseos y lloremos de rabia. Sin embargo, ningún niño debe llorar indefinidamente. No deben llorar de más y, al "más" se llega rápido. Los niños necesitan consuelo y éste debe llegar más temprano que tarde. Debe siempre llegar pronto. 

Y somos los adultos los que tenemos la obligación de proporcionárselo. Para eso hace falta calma frente a su llanto, aunque este nos irrite. Los adultos somos nosotros y la obligación de mantener la calma, es nuestra. A nosotros corresponde enseñarles el camino de regreso. 

No hay lágrimas que merezcan ser compañía permanente. Algunas, sólo música de fondo. Y es que esta versión me emociona.

viernes, 19 de julio de 2013

VULNERABLES

Antes de comenzar a trabajar en la organización en la que actualmente trabajo, yo pensaba en la gente más en términos de fragilidad que de vulnerabilidad. Pero ahora, después de mucho repensarlo, prefiero la segunda. Vulnerabilidad. Supongo, que porque la primera me habla de una certeza, de la esencia de algo o de alguien, visto desde su debilidad. La segunda me parece más esperanzadora, habla en términos de probabilidad. No habla de una situación estructural sino más bien de la posibilidad de ser dañado. Es posible, sí; pero puede evitarse.

En estos días P. y X. me hacen pensar en ello. Les veo protegerse y pienso en lo que saben de sí mismos como certeza y en lo que temen para sí mismos, como posibilidad.

Cuando efectivamente has sido dañado o temes serlo y te presupones débil, o susceptible de daño, es razonable que te protejas. Pero en un caso padeciéndolo y en otro observandolo, soy consciente también de cuánto dejas de vivir por cuidarte de lo que pudiera pasar. Cuánto se deja de recibir.
 
X. no deja que nada salga de si misma. P. no deja que nada entre. Con ambos, la puerta está cerrada.

Yo soy de las que cree que todas las puertas tienen llaves y en eso ando. Ando, haciendo equilibrios porque si se dan cuenta de que alguien intenta abrir la puerta, y se sienten inseguros, levantarán barricadas al otro lado. Hago equilibrios, pienso, espero. Y que difícil.

Que difícil, porque a X. la veo sufrir y porque a P., simplemente, no le veo. Y quiero hacerlo.

No le veo, o quizás a él sí, pero con trampas. Y no me gusta.

X. nos dice que quiere abrir su puerta pero no sabe cómo hacerlo. No sabe cuál es la llave y la busca desde hace tiempo. Y la busca apenada por no saber donde se encuentra, por no saber cómo enseñarnos lo que hay dentro de su hogar emocional. Ella sabe que con ello se reconciliara con su historia. Con X. tengo la certeza de que sólo se trata de avanzar despacio y de darle pistas ayudando a sus recuerdos. Se trata de trasmitirle la certeza de lo fuerte que es, a pesar de lo vivido. En ello andamos, por suerte bien acompañadas, en equipo, que es como mejor se hacen estas cosas.

Con P. es más difícil porque no es sólo lo que él necesita sino también se trata de lo que necesito yo. Con X hablo de su terapia, con P. hablo de mi vida.

P. está en mi vida, sí, por llamarlo de alguna manera. Esta en ella desde hace años. Y esta con significado. P. tiene un vinculo fuerte con dos situaciones o momentos importantes de mi vida. P. está en mi vida porque yo le otorgo significado en ella. Yo le dejo entrar cuando se acerca. Mis puertas están abiertas. 



Yo no tengo miedo.Y esa es mi suerte y mi calma.

No me da miedo mi debilidad. Primera certeza. No me romperé en pedazos, lo sé. Puede que no sea fácil pero ya he "resucitado" muchas veces y siempre lo hice sintiéndome algo más fuerte.

Pero sobretodo; segunda certeza, porque no creo que el que llega, consciente de mi debilidad, pretenda dañarme. Y entonces pienso que es verdad, la puerta más segura, la que está mejor cerrada, es aquella que puede dejarse abierta.

He probado a entrar por la puerta de atrás, alguien la dejo abierta. Y no me siento bien por ello. Trabajé mi necesidad pero me olvidé de la tuya y tengo sentimientos contradictorios por ello. Por eso escribo para librarme de mis fantasmas.




martes, 18 de junio de 2013

PRUEBA DE VIDA

H., como le ha tocado muchas veces este año, ha pasado el fin de semana con unos amigos que son nuestra familia en esta tierra. Yo estaba fuera de la ciudad por razones importantes. Seguimos más o menos el mismo patrón de contacto que en ocasiones anteriores pero el sábado en la noche no pude hablar con ella, ni siquiera hice el intento, pues sabía que estaba bien.

El domingo apenas abandonamos la casa de nuestros amigos y estuvimos a solas me dice...

- Mamá ayer casi me pongo a llorar....pensaba en por qué no me llamaste. Después me dijo A. que habías llamado.
 

- Sí?. Lo siento, aunque a veces tienes que reconocer que cuando te llamo no quieres hablar conmigo, y eso lo entiendo, porque estás jugando, pero también a mi me da tristeza.


- Tienes razón mamá, porque anoche yo estaba jugando y no quería hablar contigo, pero es que si no llamas tu, me preocupo porque pienso que te ha pasado algo. 


En realidad no llamé, solo contesté a un sms a la maravillosa A., que quiere a mi hija como si fuera su madre. Ella me había mandado un mensaje para decirme que estuviera tranquila, que ellos, a tardías horas, seguían en el jardín con diez niños jugando al escondite.

Yo me sentía algo culpable de haber olvidado ese deber. Olvido basado en la certeza de lo bien que está H. con ellos. Y, ciertamente, a mí no me había pasado nada (al menos nada malo) pero aprender de sus necesidades (que yo demuestre que sigo ahí) me hace aplacar las mias (que a veces dudan de que le importe en medio de la diversión). 

Y agrada, saber que nos echan de menos, sobretodo; cuando después, existe la posibilidad de darse abrazos de más... Y en ello hemos andado hoy.

 

lunes, 3 de junio de 2013

VINCULO...

Hace años que conozco a E. No se cuantos exactamente, pero más o menos el mismo tiempo que llevamos esperando a nuestros hijos. Disfrutando de ellos. Pensándoles. Sintiéndoles. Un camino, a veces muy solitario, en ocasiones agradablemente acompañado.

E. tiene, al menos, dos grandes dones: Piensa y Escribe con talento. Un talento, que yo leo reflexiva. Me encuentro con ella a diario, en muchos de los espacios virtuales que compartimos. Y a base de este roce, también ha nacido el cariño. Ese que crece de sentir que alguien te entiende, sabe de lo que hablas, de lo que disfrutas -y de lo que padeces- con ciertas vivencias.

Sí, virtualmente, E. está cerca, muy cerca. Sin embargo, en la vida real E. vive lejos, suficientemente lejos para plantearse un encuentro no virtual; sí, de esos que tanto apetecen con la buena compañía.

Uno de los espacios virtuales que compartimos es un lugar llamado VINCULO. Probablemente después de las palabras madre/padre -hijo/a, la palabra vínculo es la más importante para el pronóstico de la evolución de un proceso adoptivo. Y yo siempre he creído en los vínculos. Los creo, los cuido, me emocionan.

Hace unos días supe que E. pasaría un fin de semana en otra ciudad, una ciudad grande que está algo más cerca de la mía. Un fin de semana que, por casualidad, yo había decidido viajar a la misma ciudad. Lo decidí hace meses, con el objetivo de hacer grandes cosas. Cosas que han resultado fantásticas!!.

Nunca se lo dije a E. Ella tenía sus planes y yo los mios.

Pero hay cosas que uno no puede explicar y suceden. 

Decidimos ir al mismo parque en una ciudad de tiene muchos, diversos, interesantes. Un parque que es, en extensión el segundo más grande de la ciudad que nos reunía: 150 hectáreas de terreno, paseos, zonas verdes, lagunas...pero E. y su pandilla eligieron sentarse a diez pasos del lugar elegido por mi pandilla para lo mismo. Dos árboles contiguos. Diez pasos.  

Cuando vi a B. su hijo, sonreí. Yo no creo en el azar. Creo en la magia y hay cosas que unen. Vínculos sí, definitivamente. Así que fui y me presenté.

Ahora E. tiene rostro y voz, además de lo que ya tenía antes. Cuantas veces hemos hablado de nosotras, cuantas veces hemos hablado de nuestros hijos. Ellos que se reconocieron en su origen. Ellos que juntos estuvieron volando cometas. No quisimos invadirles con una foto pero ambas coincidimos en que la tenemos grabada en la retina.

Un placer E. si lo hemos hecho una vez (coincidir), seguro que lo podemos hacer más veces!


domingo, 19 de mayo de 2013

ANA Y LAS CASAS

Ayer Ana celebró su cumpleaños. Bueno ayer fue el cumpleaños de dos de las Anas que forman parte de mi vida. Ambas tan significativas. 

Una, Ana C. compañera de mil batallas laborales y de mil experiencias vitales, a diario frente a mi mesa. La otra, Ana M., pronto hará catorce años que no la veo. Después de verla poco, pero intenso. Ella representó muchode lo mejor que tuvimos mientras vivimos en el lugar del mundo que nos encontró.


Ruimas Mayas de Copán
Ana M., llegó a mi vida cuando vivir era trabajar. Y llenó el trabajo, de vida. De buena vida y de sonrisas. A través de sus ojos, sus relatos y su compañía conocimos lo mejor su país que sigue siendo algo mío. Un país que llegó en el momento propicio, formando parte de una de esas grandes buenas decisiones que tomé en la vida.

A.M. es arquitecto y cuando la vida nos reunió, eramos parte del mismo equipo de trabajo. Equipo que se formó intentando apoyar, entre otras, a parte de las 285 mil personas que perdieron sus viviendas como consecuencia de uno de los más desoladores huracanes que ha azotado el Mar Caribe. Allí dejé aparcada  mi idea romántica de la cooperación y descubrí su complejidad y sus riesgos. Pero en eso no entraré, porque me duele y estamos de cumpleaños.

Ella me preguntaba hace unos días a propósito de un trabajo en el que está inmersa ¿Por qué crees, desde el punto de vista humano, no económico, que un damnificado insiste en volver a una vivienda a pesar del riesgo?. Con su pregunta, como casi siempre, pasa el interruptor y retrocedo catorce años de mi vida. Pensé en aquellos cerros y los de mi tierra que tantas veces son noticia por los deslizamientos, pensé en nuestra experiencia de trabajo, en los damnificados de los CHAT* que fueron construidos para tres meses y tres años después seguían allí. Pero esa, también es otra historia. 

Yo le contesté, pero he seguido dándole vueltas. 

Creo -le dije- que tiene que ver con que los lugares que habitamos no son sólo espacios físicos sino que son lugares emocionales. Al abandonarlos, es como si abandonaramos parte de nuestra historia y de lo que somos. No dejamos cuatro paredes, dejamos lo que hemos vivido en ellas. Eso, si miramos de puertas adentro. Después hay algo que tiene que ver con los lugares conocidos y con el miedo a lo desconocido. En tu barrio tu te mueves fluidamente en tus rutinas, en tus hábitos: sabes dónde están las tiendas, dónde para el autobús, dónde puedes conseguir algo o alguien que necesitas: qué vecina me cuida los niños, quién me puede regalar huevos, dónde puedo estacionar y cuáles son las rutas más seguras...En un territorio nuevo, la casa es más segura quizás, pero todo lo demás, es más frágil. Al menos, de entrada. Creo que minimizamos el riesgo real en el plano físico que una nueva riada o deslizamiento puede provocar, porque lo que perdemos emocionalmente, es mayor.

No sé si hay algo cierto en ésto que intuyo. Sin embargo su pregunta ha levantado el polvo de mis recuerdos y he estado recordando las casas que han cobijado mis días. Los hogares (que no es lo mismo) que en ellas he formado a base de relaciones, sentimientos, emoción. En la riqueza de lo vivido en los espacios físicos que fueron y cuanto de la persona que soy se forjó en cada uno de ellos.

Anoche, celebrando el cumpleaños de A.C. vimos un vídeo que su compañero le regaló. Un vídeo con deseos de feliz cumpleaños que le han llegado de distintas partes del mundo. Ha sido un momento muy emotivo pero es que A.C. -como yo-, ha vivido mucho y bien (y lo que nos queda!) y ha decidido hacerlo en muchos sitios y eso se celebra pero también se llora. Y lloras sí, de tristeza por los que no están al alcance de tu mano y tanto anhelas abrazar; pero también de alegría porque formar un hogar no es fácil, y ella (yo también) hemos tenido la enorme suerte, la inmensa fortuna, de haberlo podido (y sabido) disfrutar.

Y me despido de ambas de otra forma compartida en la que siempre os tengo presente

* Centros Habitacionales de Alojamiento Temporal


jueves, 25 de abril de 2013

CARTAS E HISTORIAS

Como parte de un entrenamiento que realizo para mejorar mis competencias profesionales, este fin de semana he recuperado las enseñanzas de Michael White sobre los medios narrativos con fines terapéuticos. 

Michael White, trabajó en los servicios de psiquiatría para niños y adolescentes de hospitales psiquiátricos públicos de Adelaide, en Australia. Durante toda su vida, se mantuvo en la obligación de cuestionar los tratamientos que patologizaban las vidas de las personas, y siempre buscó desarrollar formas de trabajo colaborativas. Se mostraba fascinado por cómo influyen las narrativas vitales en las personas, y por cómo dichas narrativas podían modificarse y resultar más adaptativas. Entendía la terapia como un proceso de transformación del discurso. 

Las personas, decía, cuentan su historia personal desde un determinado punto de vista, olvidan que la interpretación que le dan a esa historia marca las emociones, los pensamientos, los sentimientos, etc. que esa historia les produce a ellos y a los demás.

Una de las técnicas que utiliza este modelo, es la del envío de cartas a los pacientes/clientes. Creen que al escribirlas, siempre ofrecen posibilidades que complementan a la palabra hablada y permiten en la narrativa, construir nuevas historias complementarias a la historia dominante que es la que habitualmente ésta cargada del problema. 

Pensando en todo esto me encontró la semana y, con los hechos que le siguieron, puestos a elegir, elegí escribir una carta.

Un lunes cualquiera, tras una comida plácida, volvemos al cole. H. decide bajar las escaleras de espaldas. Sí, le parece mejor, es más divertido. Ya sabemos, si no hay riesgo, no hay diversión. Tras llamarle la atención un par de veces, tras girarla para evitar el riesgo de caida y tras recibir su molestia e incluso furia por mi impertinencia de corregirla, di la batalla por perdida. En ese punto el desgaste era mayor que el riesgo, faltaban cinco escalones en el peor de los aterrizajes. 

Le hablé de mi enfado y H. decidió utilizar toda su artillería: "Hay que ver como te pones", "Si lo estoy haciendo con cuidado"...y un largo etc. que sólo provocaba que mi enfado creciera. Por ello decidí penalizarla quitándole algo agradable que le había entregado minutos antes. Ella respondió, como lo hace muchas veces, huyendo hacia adelante: ...me quedó retrasada, ....camino despacio, ....pongo morritos...yo, una vez declarada la guerra, decidí respirar profundo pues brillaba el sol y había una temperatura maravillosa

Avanzamos treinta pasos, una breve tregua, huele a hierba recién cortada, uno de los aromas que más me relajan, se lo cuento y me habla con normalidad. Pensé que la batalla había acabado, pero me equivoqué.

Cuando llegamos al cole volvemos a la escalada. "H. bájate de ese árbol que se puede partir la rama"...Se baja a la tercera llamada de atención, pero enfadada. La llamo para hablar con ella y me mira durante un segundo y se va "porque yo no le hablo". Cuando debe entrar al colegio se va sin despedirse. Está molesta conmigo y debe ser mucho porque es la primera vez que lo hace. 

Mi furia se hace mayor.

La dejo allí y me voy a trabajar, no puedo dejar de preguntarme cómo, de la nada, habíamos generado "una batalla campal" en menos de quince minutos. 

Hora y media después me encuentro con ella y le doy un beso preparada para continuar la guerra. Me saluda con un beso y tras hablar de otras cosas me pregunta ¿sigues enfadada?. No, le digo, sólo me sigue preocupando que nos pasen estas cosas, pero podemos hablarlo después con más tranquilidad. La dejo en  Baloncesto y pienso que quizás es buena idea escribirle una carta contandole lo que he ido sintiendo, por qué y lo que me gustaría que hubiera sucedido en cada momento, asumiendo yo la responsabilidad...

"Me hubiera gustado que bajaras las escaleras de frente, cuando no lo haces, tengo miedo de que te hagas daño...

Me hubiera gustado que al darte cuenta de que habías cometido un error, pudieras reconocerlo como yo reconozco cuando los hago...

Me gusta que te subas a los árboles y sabes que siempre te dejo, pero te olvidas que estas creciendo y que tu peso es mayor y esa rama no parecía poder resistirlo. Temo que tu y el árbol se hagan daño, tus brazos y sus ramas rotos, causan mucho dolor...

Me hubiera gustado que me dieras tiempo para hablarte porque no siempre sé encontrar las palabras para que me entiendas, mejor y más rápido 

Y, sobretodo, me gusta despedirme de ti con un beso, porque eso me hace sentir que más allá de los malentendidos o las dificultades, siempre logramos encontrarnos y nuestro amor es más fuerte que ellos..."

Estas eran algunas de las ideas de esa carta que escribí mientras ella se duchaba. Al terminar, se la dí diciendole "te he escrito una carta" y me fui a preparar la cena. Cuando nos sentamos a cenar me dijo con una sonrisa: ya la he leído. Sonreí también. "¡Que es en serio que la he leído! y me la recitó. "Ahora entiendo qué te pasaba y como te preocupas porque yo este bien" Le pregunté si creía que podíamos hacer las cosas mejor la siguiente vez. Sí, me contestó. La próxima vez no bajaré las escaleras de espaldas, tu no te enfadarás, ...podremos caminar juntas al cole, ...volverás a oler la hierba...

Tras la tormenta, la calma. Tras la teoría, la práctica. El efecto terapéutico que tuvo sobre la situación me sorprende. El efecto terapéutico y de aprendizaje personal al escribirla, sobretodo por el esfuerzo de hacerlo en términos positivos y de aprendizaje para el futuro, me resultó muy sanador por las malas sensaciones con las que me quedé en la tarde. Me sorprendió la rapidez con la que se quedaron en su memoria las cosas que señalé en la carta. 

Igual tienen razón los terapeutas que defienden los modelos narrativos, cada historia, tiene dentro muchas historias y, sobre todo muchas formas de ser contada y de otorgarle significado a la experiencia.

Somos, según nos contamos...







sábado, 6 de abril de 2013

SOLA...

 ...así es como he estado en casa los últimos cuatro días. Sola en casa, desde que salía el sol hasta que lo volvía a hacer al amanecer siguiente. Sola. Vaya sensación más rara... y placentera. La extrañaba y la he disfrutado.

La bella etíope, ha estado de campamento. Es la primera vez en casi seis años que nos separamos por un período tan largo. Hubo otra ocasión pero ella estaba de vacaciones con los abuelos y yo me fui de vacaciones también, me fui acompañada y con plan, así que fue más difícil sentir su ausencia. Aunque también lo hice, pero de distinta manera.

Esta vez ha sido diferente, en mi vida todo seguía igual, salvo que ella no estaba. He tirado el reloj por la ventana, me he preguntado en cada momento qué me apetecía hacer, cuándo y con quién y he hecho eso mismo que deseaba sin pensar en nada más. 

Parte de lo que quería era buena compañía adulta, con gente adulta, con conversaciones adultas aunque fuera para reírnos como niños. He trabajado todo lo que debía ser y hasta el momento en que lo consideré oportuno, he ido al cine y he visto cine del que me gusta y emociona. He compartido cañas y pinchos en días de semana, he trasnochado y hasta me he levantado todo lo tarde posible para cumplir con lo inevitable. He cambiado de aires y me ha sentado fenomenal.


Cuando H. vino a vivir conmigo yo llevaba seis años viviendo sola y los nueve anteriores decidiendo mi cotidianidad sola puesto que aunque vivía con amigos, nuestras decisiones y acciones siempre estaban sujetas a una enorme libertad de elección.

Yo había disfrutado enormemente de ambas cosas, de esa soledad y de esas compañías. Sin embargo llegó un momento en que necesitaba otras y esa fue una de las razones que me llevó a la maternidad.

No tengo ninguna duda de que mi vida es mejor desde que mi hija y yo compartimos hogar, pero también soy consciente de que esa maternidad, en las condiciones en que elegí asumirla, tenía la complejidad de enfrentar en solitario un montón de retos de carácter práctico y cotidiano que, he llevado bien, incluso fenomenal, pero no sin coste añadido.

Poder prescindir de ese coste es algo que a ratos añoro. Echo de menos algunas cosas  de las que tengo que prescindir cotidianamente o de las que al menos no puedo disfrutar cuando deseo. Sin embargo no lo hago más que lo que echo de menos a H. cuando su ausencia se prolonga.

Se tratará entonces de encontrar siempre esos espacios en los que regalarse unos días de tregua Incluso creo que se tratará más que de eso,de encontrar tregua en la cotidianidad de los días. Y así es, porque H. crece y gana autonomía y vida propia, más allá de la mía y yo la veo crecer, a pasos agigantados, a veces tan niña, a ratos tan mayor. 
 
Bienvenida a casa. Tras unos días lo que ya echaba de menos, era
a ti.