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domingo, 17 de septiembre de 2017

MI VIDA SIN TI...


Este ha sido un mes para pensar mucho en la muerte. Nosotras que siempre lo hemos hecho. 

Le hemos dedicado tiempo una vez más a lo que sucede en ese transito entre la vida y la muerte. Y a la vida y a la muerte, como espacios contrapuestos y complementarios. El tiempo que vivimos y aquel en el que ya estamos muertos quizás, para seguir estando, pero siempre de otra manera.

La muerte esta semana de una cooperante española en Afganistan, a manos de un paciente y todo el eco mediatico de esa noticia, quizás para mi mayor por motivos laborales, ha vuelto a generarme inquietud. Es verdad, no es politicamente correcto, pero no nos duelen igual todas las muertes, porque aunque las condenemos todas, no las elaboramos en la memoria emocional de la misma manera. Y hay algo en su muerte que me produce desazón. Y es su imborrable e inmensa sonrisa. Tan llena de vida, tan ilusionante.

Tienen en común las muertes del último mes, que son muertes inesperadas, que nos pillan de sorpresa, que sentimos injustas, inexplicables y que nos dejan un gran dolor, a veces personal y a veces colectivo. 

Muertes que no nos dejaron anticiparlas y prepararnos para ellas porque no alcazábamos a imaginarlas tan cercanas. Muertes que truncan vidas jóvenes en su mayoría, con un largo recorrido por delante, vidas que imaginábamos y que sin embargo ya no serán. Y en ese no ser de su ausencia, nos dejan un dolor profundo a los que sí tenemos que seguir viviendo. 

Decía hace unas semanas que esa certeza de la fragilidad de la vida me había presionado emocionalmente para celebrarla, a ella y su presencia en los que seguían estando pero, ciertamente, en estos últimos dias mi reflexión apunta más bien a cómo seguimos viviendo (estando) en compañía de nuestros muertos. Qué hacer con ese vertigo que da la ausencia -para siempre- de quien se fue de manera inesperada.

Decía Rosa Montero en su libro "La rídicula idea de no volver a verte": " Cuando un niño nace o una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible. Nunca se siente uno tan auténtico como bordeando esas fronteras biológicas: tienes una clara conciencia de estar viviendo algo muy grande"...y es verdad. 

Y no es complejo prepararse para vivir, incluso para seguir viviendo tras una muerte, cuando de alguna manera ésta es previsible. Duelen todas, pero las inesperadas duelen más y de hecho esa falta de previsión es uno de los factores que complican el duelo. Ninguno de ellos, los que hoy ya no están, nos avisó, ninguno advirtió que se iría para siempre y, siento, que nos han dejado cargados de orfandad.

Y dado que todos en algún momento nos convertimos en huérfanos de la presencia de alguien, me pregunto cuándo dejamos de percibirnos como tales. Y si el destino, es ese. Es que ya no sea sentir que no estás, que me faltas, sino que sea que estes de otra manera y que no me duela tanto tu ausencia, entonces, por favor dime cómo se hace. 

Cómo hago para que esa sonrisa infinita que tienes en todas las fotografías e imágenes que he visto en estos días, no sea algo que sienta que, como posibilidad; hemos perdido para siempre. Y piense en tus dolientes vivos y en su doloroso sentimiento de pérdida.

Como dice el poeta, a veces siento que "no perdono a la muerte enamorada, no perdono a la vida desatenta..."

 

viernes, 26 de junio de 2015

LA MEDIDA DEL TIEMPO

MAS DE DOS MESES...ausente de este blog. De este espacio de encuentro. De este lugar de reflexión. Es el tiempo suficiente para echarlo de menos. He estado muda, avocada a una única tarea, bueno a dos, sin fuerzas para más. Concentrada en la tarea de acompañar a H. en el proceso de salvar este curso escolar sin daños colaterales y, también, para equilibrar balanzas, en uno de sus logros...disfrutar jugando al Baloncesto. 

A veces en la vida lo tienes muy claro, algo se vuelve fundamental, requiere tus esfuerzos y energías, obliga a postergar unas cosas, insistir en otras, replantearte el resto. No ha podido ser de otra manera, pero ahora estoy aquí. Otra vez. Con la mirada centrada en otros rumbos. Pensando en la medida del tiempo.

UN SIGLO...de año escolar. Un año académico para olvidar. La sensación de ficción de estar en una pelicula de la escuela de los años 50, con una docente de las que castigaban físicamente, ponía líneas de frases torpes como castigo y usaba el autoritarismo como argumento de respeto. Y no, no ha sido una mala película de Cine de Barrio, era clase de mi hija. Nueve largos meses. Infinitos meses.

Ver aniquilada la curiosidad, la iniciativa y la motivación para el aprendizaje, no de H. sino de todos sus compañeros. Tener que soportar en el día a día a una mujer que ha sacado mis peores reflexiones sobre el sistema educativo español en su gestión (por tolerarla). Desde una mirada constructiva, que es como me gusta vivir el pasado, nos ha ofrecido la oportunidad de aprender dos cosas: 

Una, que se puede ser mediocre, muy mediocre y parecer normal y eso en educación es peligroso.

Y dos; la más importante, que no importa cuán difícil parezca una batalla, si crees que debes lucharla, tienes que hacerlo aunque la pierdas, ...porque a veces ganas. 

Con un poco de suerte, aún por confirmar, el año que viene no será "como establece el sistema" la tutora de mi hija. Y no lo será porque los padres transformamos las quejas de pasillo, de patio, de las afueras del colegio, en una voz mayoritaria que presentó una queja formal al centro, que tras el intento de mediación, siguió insistiendo ante las autoridades educativas ajenas al centro. Porque los padres seguimos insistiendo en que se nos diera una respuesta a la confrontación de su mediocridad e incluso maldad. Una respuesta por escrito o en entrevista personal. Porque dejamos claro que no íbamos a tolerar ninguna más, porque les recordamos que la mediocridad se mantiene porque todos callamos frente a ella y miramos para otro lado. Porque su "no es para tanto"...obtuvo siempre de nuestra boca un "Si, sí lo es. Y es mucho".

El resto es sólo quejarse. Quejarse de cómo están los jóvenes, como está la sociedad, como va el mundo. Y yo creo que el mundo de mi hija está hoy un poco mejor, porque algunos -muchos- padres y madres como yo, reivindicamos su derecho a tener otra opción mejor.

Pero acabó por ahora. 

Y ella PROMOCIONA sí, y bien. Gracias a ella, gracias a mi. A pesar de ti. 

Bienvenidas sean las vacaciones escolares.


OCHO AÑOS...hará en unos días, ocho años de vida compartida. 

-Mamá...cuando yo tenga dieciocho años.... 
- Pronto. Le contesté. Era claro que le sonaba a que sería en una eternidad. 
- Te faltan ocho años
-  ¿Sí?......Es verdad!!

El mismo tiempo que llevamos juntas. Y entonces fue a mi a quien se le convirtió la vida en un segundo. Hemos vivido tanto desde entonces. Cabe tanta vida en tan poco espacio de tiempo. El tiempo irá diciendo lo siguiente porque yo me voy a concentrar en quererte hoy. Vivirte hoy. Emocionarme hoy.

UN INSTANTE...y sí, hoy un instante, me ha emocionado. Más bien convulsionado. 

Duró unos segundos pero fue aplastante. 

Conocí de D. hace algo más de tres meses. Mujer africana, Analfabeta. De edad indefinida, con otras dos pequeñas mujeres a cargo, ambas nacidas de su vientre. Irregular. Indocumentada. La más vulnerable de las vulnerables. De rostro endurecido que se ha ido cargando de gratitudes innecesarias. De carta de presentación, un papel que me entrega sin saber lo que dice, y en el que yo leo el riesgo de que la separen de su hijas. Me pongo en alerta, seguro que hay alguien a quien proteger...Hace tres meses no sabía si a ella, de las autoridades que pensaban que sus hijas estarían mejor en otro lugar o, a sus hijas; que puede que efectivamente necesitasen estar lejos de ella. 

Tres meses nada más y todo cuanto ha podido ser una catástrofe, ha ido saliendo hacia adelante. Con su constancia y sin apenas apoyo nuestro. La he visto cumplir con compromiso y esfuerzo todo cuanto le hemos pedido. He visto su amor incondicional por sus hijas, su deseo de mejorar, sus esfuerzos. He visto aparecer la sonrisa en su rostro normalmente endurecido por la vida y la angustia de perder. Y después, solo mucho después, de que las certezas se hicieran fuertes, hemos entregado una insignificante ayuda económica (antes hemos dado otros apoyos). 

Hoy al darle el dinero para que pueda pagar la habitación en la que reside, no le bastó regalarme su sonrisa, mas que suficiente para mi. Lo hizo, pero además, se arrodilló para darme las gracias como si yo fuera su Dios. Duró un instante, enseguida tomé su mano y la alcé...pero me tiene aterrada la sensación. 

No la merezco y, sobretodo, no se la merece ella que está haciendo lo más difícil desde un lugar en el que siento la hemos colocado el resto. Nosotros y nuestras leyes. Nosotros y nuestra economía. Nosotros y nuestra moral.

La vida, está llena de instantes maravillosos y de otros, que son tremendamente míseros.


Y así andamos, haciendo equilibrios, digiriendo emociones....a ratos.


domingo, 19 de abril de 2015

LIBERTAD


YO TE NOMBRO LIBERTAD. Nací libre. Es un hecho. Condicionada en menor o mayor medida, la verdad es que nunca me he sentido esclavizada por nada. Por eso estoy segura de que, aunque la valoro, no logro dimensionarla realmente porque nunca la he perdido. Es así, la noche magnifica el día. La enfermedad, a la salud. Y de haberme sentido presa, valoraría muchisimo más la libertad de la que disfruto y siento haber disfrutado siempre. Y que dure.


LIBERTAD DE PENSAMIENTO. Crítica, solidaria e incisiva; la segunda evocación que hago de la palabra Libertad es ella. Compañera de Mafalda, pequeña y aparentemente simple, es incendiaria en sus planteamientos sociales, menos existencial aunque quizás más utópica. Representa la opción, siempre bondadosa, de tener a alguien con quien conversar. 

Pero en estos días la LIBERTAD de mis pensamientos es otra.

A Libertad la conocimos de nombre el año pasado. "Mamá ha venido una niña nueva a nuestra clase. Se llama ...Libertad". Que bonito pensé evocando las dos cosas anteriores, pero lo cierto es que la realidad no es tan bonita.

Libertad estuvo en la clase sólo un mes y luego se fue.

Este año volvió y sigue allí junto a ellos...o más bien. Sobrevive.

H. es un libro abierto y cuenta todo lo que pasa en el cole...así llevo semanas escuchándola hablar de lo que ella piensa, de lo que todo el grupo piensa...reeducando el enfoque, los pensamientos, las razones y las opciones. Y qué difícil es y que triste...

"Mamá...Libertad...

... no huele bien.
...lleva la ropa rota y sucia.
...no tiene padre, ni madre.
...nadie quiere jugar con ella.
...todos se burlan..
...tiene tetas porque es mayor.
...y por supuesto L. ha suspendido.
...va a repetir"

Y me duele, me duele esa niña  que seguramente es inocente de todo y sin embargo paga tan duramente las consecuencias.

Y con cada información una reflexión, una necesidad inmensamente mía de que mi hija sea capaz de ponerse en la piel de esa niña y defenderla. Entenderla. Ayudarla. Acompañarla. 

En las últimas semanas, L. ha ido al comedor el único día que va mi hija. El viernes pasado me contaba todo lo que estuvo hablando con Libertad...La tristeza de la niña "No traigo ningún pastel para celebrar mi cumpleaños porque a los niños les dará asco comerlo" ...y las palabras de mi hija para darle consuelo y ánimo, a pesar de no manejar aún del todo bien, el acto de defenderla en público.

Pero mis palabras de estos meses han ido calando poco a poco. Son aún insuficientes para cambiar su realidad, pero sé que a través de las palabras de mi hija le ofrecen la sensación de que no está tan sola. Para ayudarla a defenderse de esos que la juzgan (siendo la mayoría muy majos) porque desconocen la vida que ha tenido que vivir y sólo saben de las bonanzas de la vida propia.

Cuantas ganas de hacerles leer este texto inolvidable y contundente...

Ánimo, Libertad.  No estas sola.


martes, 25 de noviembre de 2014

LLORAR

Hace días hablé con R. del agotamiento emocional que sentía en algunas mañanas laborales. 

La urgencia que sentía a veces de parar unos minutos, esos en los que un café me encontraba con él. 

Me dijo... hace días me fui de aquí a la otra sede y JL me preguntó ¿Qué tal? haciendo referencia al trabajo y yo le contesté: Si te contesto, me pongo a llorar. 

Y a mi que un hombre me diga que se va a poner a llorar, qué queréis que os diga, me emociona. Y más porque sus lágrimas son las lágrimas que otros no se permiten llorar, porque creen que no hay un hombro que las acompañe.



Una semana después presentamos un informe técnico sobre indicadores de vulnerabilidad en nuestro país. Nos piden recoger algunos testimonios que humanicen las estadísticas y allí estamos, acompañando historias. Veo el documento final editado. Sin esperarlo, escucho las lineas finales del vídeo con J. diciendo: aquí me he hecho duro, pero por las noches, lloro. Y es verdad, lo sé aunque no le haya visto hacerlo. J tiene uno de los corazones más bondadosos que conozco.Y lo dice allí ante todos, desde el corazón que lo siente, con la voz algo quebrada. Y todos los que le conocemos sabemos que es así, que seguramente llorará.

Y luego están los demás...los que hacen el chiste y dicen de los anteriores que "son unos flojos"

Esos que no han soltado una lágrima nunca porque no se la permiten y así les va. Esos (...y esas) que recriminan a sus hijos porque lloran y asocian el llanto a la debilidad. Esos y esas que parecen confundir el sentir (sensibilidad) con el resistir (fortaleza). Cuando lo cortés no quita lo valiente. Esos y esas realmente me enferman y me hacen llorar, pero esta vez, de rabia.






sábado, 27 de septiembre de 2014

APRENDIENDO A GOLPES...

La espera de una asignación en un proceso de adopción es un tiempo que requiere de templanza.  Precisa de moderación en el deseo, en la fantasía y en la aceptación de un plazo temporal que, en muchas variables, controlas mucho menos que en un embarazo.

Yo tuve la suerte de tener gente prudente alrededor. Afectos que hicieron las preguntas justas, que dieron los ánimos precisos en consideración de la realidad y que fueron capaces de hacerme reír en aquellos meses de gran inquietud.


Entre muchos otros, y porque viene al caso, recuerdo una tarde de otoño en la hermosa ciudad en la que viven M. y P. Tras pasear por la playa, fuimos a tomarnos algo y como siempre, hablamos de H., de ella  antes de que lo fuera. Cuando ya empezamos a desvariar sobre el futuro, ellos me decían que tenía que estar preparada para muchas cosas. Empezamos a bromear con las cosas que podían ser difíciles, sin ser trascendentales. Una de las muchas bromas de aquella tarde afirmaba que mi hija (o hijo) podía venir con graves problemas de dentición. La dura espera no sería nada, comparado con lo duro que sería asumir el coste de su arreglo!!. 

P. y yo nos acordamos mucho de aquella tarde. Meses después me acompañó a su encuentro y pudo ser testigo privilegiado del mismo.

Mi hija, al verme por primera vez, se acercó sonriente hacia mi con sus brazos muy abiertos. Imposible pensarlo en aquel momento, más allá de esa sonrisa que iluminó nuestro encuentro. Sí lo hicimos más tarde, junto a otras mil valoraciones más trascendentales. Su dentadura, era perfecta.

Ciertamente H. tiene unos dientes muy bonitos. Comenzó a mudarlos muy joven y los siguientes salieron igual de perfectos. 

Yo creo que habían pasado tan sólo un par de meses tras haber mudado sus dientes incisivos de leche. Me separé de ella por una semana. Hasta entonces no nos habíamos separado más de una noche y siempre en la misma ciudad. Ella viajó con sus abuelos, yo me reuniría con ellos una semana después. Una experiencia que no ha querido repetir sin mi presencia a pesar de desear estar allí.

Cada día un parte de preocupaciones. La frase final sólo ofrecía dos posibilidades: Quiero que vengas ó Quiero irme contigo.

Al tercer día, "Mamá.... A. (su primo de la misma edad) me tiró una piedra y me ha partido un diente. Quiero irme contigo".... Respiré hondo y hablé poco, que si no....

Nadie entiende que yo no culpo a A. de lo sucedido. Aunque de nada me valdría pues A. es un intocable. Responsabilizo a los adultos que no detuvieron un juego que podía haber provocado males mucho mayores. El diente, es lo de menos, aunque también me importa. "Los niños que siempre inventan juegos peligrosos...", "Fue porque tu no estabas...", "Casi no se nota...". Ninguna explicación, asunción de responsabilidad que me dejara a gusto. ¿Por qué nadie asume que lo sucedido es la consecuencia de lo que se permite o más bien de cómo se permite jugar?. 

No quise hacer un drama por tres razones: primera, fui yo la que decidí dejarla marchar conociendo los riesgos, segundo; realmente debes fijarte en el diente para ver que falta un segmento en una esquina, unos lo ven en seguida, otros no se han dado cuenta todavía y, tercero; no tiene vuelta atrás. O sí.

Hace unos meses la llevé para una revisión. Sigue perfecta. Quise hacerlo por la sanidad privada para calmar mis caldeados ánimos con la atención de la pública (es un error lo sé). O no. La profesional que nos atiende nos dice que la Sanidad Pública cubre el gasto si ha sido por un traumatismo antes de los 12 años. Me pregunto porqué la Sanidad Pública nunca me avisó de ello.

En unos días iremos para que corrijan el defecto y H. que es muy aprehensiva con el tema sanitario va y viene en angustias por el posible dolor, por la inyección de la anestesia, por el qué me van a hacer...y la conversación va y viene en nuestra cotidianidad desde hace días. 


Hace dos o tres días me dijo tras hablar del tema "Si A. y yo no hubiéramos jugado a tirarnos piedras, esto no hubiera pasado. Con las piedras se juega de otra manera" Y yo, como siempre, termino riéndome porque no había logrado en todas las conversaciones sobre el tema que asignara la responsabilidad a los participantes, ella y su primo. Siempre fueron otros los responsables de lo sucedido y ella la absoluta víctima.

Pero sucede, como casi siempre, sólo necesita tiempo y reflexión interna. Lección aprendida, sí. A golpes, a miedos, a inquietud...




miércoles, 25 de junio de 2014

NECESIDAD...

Hay cosas que son un deseo y otras que son una necesidad.

Necesitaba tiempo. Necesitaba tiempo para estar sola.

Necesitaba tiempo para estar sola en silencio.

Tiempo mio, sin otra ambición que perderlo, gastarlo o invertirlo... en no hacer nada, en no ver a nadie. 

Tiempo de estar sola y cuidarme el cuerpo al mismo tiempo que cuidarme el alma.

Cuanto ruido siento alrededor. Bulla, mucha bulla. Demasiada después de tanto tiempo.

Desde hace un mes tengo las tardes libres y eso me hace feliz. Desde hace un mes acabaron las extraescolares de las tardes. Eso nos hace felices a las dos.

Desde hace un mes H. y yo compartimos tiempo, perdiéndolo. Jugamos más, conversamos más, paseamos más, incluso trasnochamos más. Es decir, ganamos mucho en calidad de relación. Y sonreímos, sonreímos mucho más, todo parece más ligero y fluye. Suena tan bien pensando en que tenemos todo el verano por delante.

Pero además, desde hace unos días, estoy sola en casa.  Me levanto sabiendo que el ritmo que seguiré será el mio y no el compartido. Y por lo tanto lo gestiono mejor. Depende de mí, me conozco y me entiendo. Me regulo. Con H. cada día está todo por explorar, por compensar, con obligación de regular. Atender a sus necesidades y a las mías. Un aprendizaje y un reto diario. Algunas veces agotador. No en sí mismo, que para eso estamos, sino sumado a todos los demás.

H. es un libro abierto, una niña que habla mucho, cuenta todo. Que dure...H. habla sobretodo de lo que le emociona, y eso da gusto escucharlo. Y de lo que no funciona que para ella es mucho también. 

Desde mi punto de vista tiene un don especial para la queja. Para ver lo que no funciona de cualquier cosa. H. ve el punto negro de la tela blanca, el vaso medio vacío. Las espinas de las rosas, y la única nube del cielo radiante. Así, cada día desde que amanece hasta que anochece, yo al lado de ella, reconociendo y validando quejas, señalando gozos. Lamentando lo que no funciona y pensando a ver qué hacemos con lo que nos sirve aún. Viendo el punto negro como una línea que se está abrazando (la idea no es mía). Y el liquido que falta como la fortuna de alguien que tenía sed y tuvo algo que beber. Yo a su lado jugando con los pétalos de las rosas (las naranjas mis preferidas) y observando las espinas que las cuidan para que con delicadeza podamos poner nuestros dedos en su tallo lentamente, sin dañarlas, sin dañarnos. La tregua agradecida que nos da la sombra de una nube y la certeza de que será temporal para que el sol siga brillando y nos caliente nuevamente. Todo apenas perceptible, sutil, que si no se ofende...

La dejo en el cole y voy al trabajo. Allí lo mismo, donde otros venden miserias e impotencia, tengo que ayudarles a ver posibilidades y esperanza; donde me hablan de sus carencias les reflejo sus posibilidades, donde ellos ausencia yo la búsqueda.

Estoy muy cansada. Y el cuerpo se queja y no me ayuda. 

Por eso estos días los vivo como una oportunidad, atiendo únicamente mis necesidades. Me desintoxico. Es justo pero sobretodo es necesario. Queda mucho por hacer.





miércoles, 12 de marzo de 2014

12 DE MARZO

Hace diez años, dije que sí y un día como hoy me fui a Madrid, al IFEMA, como parte de uno de los Equipos Psicosociales de Respuesta en Intervenciones de Emergencia que tiene la organización en la que trabajo. 


Madrid, toda España, estaba conmocionada por los atentados del 11-M. Recuerdo el silencio de los viajes que hicimos de ida y vuelta. Silencio en medio de tanto ruido. Recuerdo la mente puesta en una sola cosa, acompañar a las víctimas y a sus familiares en esos momentos de desconcierto, negación y desazón. Y cuidarnos unos a otros del desamparo emocional que una experiencia así te provoca. Pasamos allí 3-4 días en medio de los cuales cambió el rumbo de muchas cosas y la vida de mucha gente.

No guardo un recuerdo doloroso de la experiencia, de haber estado fuera quizás serían peores, pero me toco estar dentro y pensar en el dolor de los demás para hacer el mío poco significativo. El recuerdo más claro que tengo de aquellos días es lo que pasó cuando la intervención acabó. Llegué a casa, donde entonces vivía sola y a los pocos minutos sonó el teléfono. ¿Cómo estás? Bien, respondí. Y empecé a llorar todo lo que no había llorado. Supongo que hay algún momento en el que también sabes que te toca a tí expresar tu dolor. Aprendimos mucho entonces y en las pequeñas intervenciones que vinieron después.

Hace unos meses, tras el accidente de tren de Santiago de Compostela, re-descubrí la tristeza de entonces. Y lloré mucho, a deshora, por cualquier cosa que me lo nombrara. Y fuí consciente de mi cobardía, de la incapacidad que sentía de exponerme otra vez al horror de tantas muertes. Me sentí muy frágil, yo que siempre me he sabido fuerte.

El lunes en la noche al ver los titulares de lo que sería la prensa del día siguiente pensé en lo duro que iba a ser volver a escuchar mil veces el relato de aquellas horas. Preparemonos para lo peor, pensé.

Pero no. No ha sido así. O. que estuvo conmigo en Madrid me escribió un mensaje en nuestro amanecer: "10 años después algún recuerdo triste tendremos ...pero creo que volvería a hacerlo si contara con compañeras como tu, como las demás. Gracias por ayudarme a tener recuerdos positivos y tejer una red de sostén que ha pervivido todos estos años" ....y donde esperaba una lágrima, me sacó una sonrisa. Ciertamente con ella, con ellas, volvería a hacerlo sintiéndome segura emocionalmente. Y en eso, se va la vida en estas intervenciones.

Ella me habló entonces de Vera, de sus ojos. Anoche lo ví. Y sí, es difícil sobrevivir en todos los matices y todas las consecuencias, pero la vida continua...con esa sonrisa, esas dudas, esa voz rota y quebrada de cada uno de los protagonistas entrevistados. Rescatando la experiencia emocional vista en perspectiva y sacando los aprendizajes.

Estamos vivos y es nuestra obligación seguir adelante. Trabajar con los recuerdos, no con el olvido, rescantando el valor de lo vivido.

Gracias chicas, gracias O. Porque hay cosas que nos cambian y algunas, nos hacen mejores.


lunes, 14 de octubre de 2013

En estos días, estoy algo silenciosa y reflexiva, sin sentirme especialmente bien. Algo temerosa vitalmente (mientras a mi alrededor todos ven mi valentía). Cuestionandome en muchas cosas. Sí, juez, conmigo misma.

En estos días, miro mucho a la gente y escucho sus motivos para ser o dejar de ser, para hacer y dejar de hacer. Veo sus logros y también sus miedos.  Comparto sus ilusiones, y busco las mías. Callada pensando. Sonrío. Lo intento, pero no me sale. Sí, juez, conmigo.

En estos días, me faltan muchos "sí" cargados de sonrisas y me sobran muchos "no". Los que más, los míos.

Me está costando encontrar la manera de educar desde el SÍ. Tengo la sensación de estar con demasiada frecuencia recordándole a H. lo que no está bien, lo que no debe, lo que no se hace de esa forma, lo que no es oportuno, lo que está feo. Y sale por mi boca, lo percibo y me torturo

Se que en paralelo la elogio mucho porque me sale con la misma fuerza del corazón. Se que está llena de virtudes que le repito hasta la saciedad. Alabar siempre es sencillo, pero qué hacer para corregir un comportamiento que no está bien. Como freno su ímpetu, cómo su intensidad desbocada, como educo su impulsividad, sus dificultades para autoregularse y respirar física y emocionalmente. Como evitar que absorba de la manera que lo hace. Como autoregularme yo, para no ahogarme con las expectativas que tengo sobre lo que está bien, en relación al comportamiento que debe tener. Qué complicado!.

Y cuando tomo consciencia de ello, de todos los "nos", de todos los días, me siento fatal.


Y entonces todo me estalla en la cara. Y me hace sonreír. 

Sentada frente a mi con su bella sonrisa

"Mamá me haces feliz".. 

La miro riéndome "¿Si? ¿De verdad? pero si estoy todo el rato diciéndote que No!"

"Claro! Me estás educando!"

Alivios que vienen bien. Sin dejar de ver lo que en mi está mal, pero regulando. Y sí, siempre ha sido así, mi juez mas estricto, soy yo.


martes, 3 de septiembre de 2013

DEL LLANTO AL CONSUELO

H. y yo habitualmente vivimos solas. Compartimos y negociamos nuestro espacio, nuestro tiempo. Lo compartido y lo concedido. No ha sido fácil encontrar la medida en la que ambas nos sentimos cómodas. Ni siquiera afirmo que sea algo estable. Es algo en lo que ya conocemos nuestro margen de maniobra. A veces, ese equilibrio de márgenes conocidos recibe visitas y no siempre resulta fácil adaptarse a los cambios.

En estos días nos visitan los abuelos. Veo a mis padres dos veces al año, todo el tiempo que puedo en esos dos períodos, un tiempo que siempre me sabe a poco. Sé que es lo que elegí. Irme lejos de casa y eso ha tenido muchas ganancias. No por alejarme del lugar en el que estaba (y en el que era feliz) sino porque las posibilidades de esa felicidad eran muchas más, estaban en muchas otras cosas. Lo sé, incluso lo celebro. Otra cosa, es el precio.

El precio tiene que ver con el tiempo, que pasa. Les echo de menos. Sí, mucho, por eso disfruto tanto de sus visitas. Y les dedico tiempo y les cuido y una parte de mi atención hacia H. se distrae en ellos. Ella lo lleva fatal.

A H. le cuesta compartir mi atención y creo que hace esfuerzos importantes por llevarlo bien, cada día mejor, durante períodos cortos. Sin embargo, compartir todo el tiempo, convivir día tras día con dos personas que le restan mi atención, es una prueba de hierro. Y le está costando.

En estos días H. está irritable, frágil emocionalmente y con una frecuencia inusual llora por las cosas más nimias. Llora sintiéndose desatendida, cuestionada, abandonada frente a otros y es que H. es así de intensa. O estás conmigo o estás contra mi.

 Y así, llorando, la he dejado un par de veces.  Voy un ratito después a consolarla y acompañarla en el camino de regreso. Porque H. se va llorando y corriendo -emocionalmente hablando- y luego,... sigue llorando, porque aunque quiere, no sabe volver.

Cuando H. llegó a mi vida tenía pocas rabietas pero las que tuvo fueron intensas. Al principio, yo sin querer, las alimentaba, esperando una calma que ella no sabía conseguir sola. Todo, hasta que descubrí que sólo se calmaba cuando yo iba a su lado y la consolaba. Ella rápidamente había elaborado la situación y la entendía, pero no sabía "recomponerla". Empezaba llorando por una cosa y, lista como es, la podía resolver, entender, manejar emocionalmente con éxito, pero luego lloraba por haberse perdido, ya que no sabía volver. 

Cuando unos minutos después acudo a buscarla, me recibe llorando pero el motivo ya es otro. Siempre me cuenta que está "perdida", que reconoce sus fallos y no sabe cómo remediarlos. No pasa nada, le dijo. Ya lo tienes claro, eres una chica lista. Eso es una alegría. Mamá te acompañará. Podemos regresar juntas. Y siempre pasa que esa certeza, trae la calma.

Creo que el que los niños lloren es inevitable. Que no nos complazcan en todo, suele generar malestar y no está mal sentirlo y aprender a manejarlo. No está mal que a veces se frustren nuestros deseos y lloremos de rabia. Sin embargo, ningún niño debe llorar indefinidamente. No deben llorar de más y, al "más" se llega rápido. Los niños necesitan consuelo y éste debe llegar más temprano que tarde. Debe siempre llegar pronto. 

Y somos los adultos los que tenemos la obligación de proporcionárselo. Para eso hace falta calma frente a su llanto, aunque este nos irrite. Los adultos somos nosotros y la obligación de mantener la calma, es nuestra. A nosotros corresponde enseñarles el camino de regreso. 

No hay lágrimas que merezcan ser compañía permanente. Algunas, sólo música de fondo. Y es que esta versión me emociona.

domingo, 11 de agosto de 2013

DORMIR

No hay muchos nombres de mujer que empiecen por H. Mi hija tiene uno de ellos pero hay otros.

Hay otros como el de H. que tiene un nombre precioso y una historia dolorosa. No en balde le han reconocido el estatuto de refugiado y me alegro de ello. Lo merece sí, como muchos otros a quienes se lo han denegado, con parecidos desgraciados méritos. Pero esa como siempre, es otra historia.

La conocí hace meses cuando no dejaba de llorar. Lloraba con angustia aunque sus circunstancias eran otras y la amenaza había cesado. Estrés post-traumático. Que fácil de decir, que duro de vivir. Lloraba porque la emoción cubría los recuerdos y no la dejaba articular el pensamiento. Y esa congoja era inhabilitante para lo que nos pedía. Pedía lo que sabía necesitaba, la forma de cubrir sus necesidades básicas y ese apoyo que sólo podía ser puntual necesitaba que ella se recuperara de lo que no nos pedía, de lo que creía la atormentaría para siempre. Sin embargo tenía que sobrevivir a su historia y sus circunstancias. Resurgir de las cenizas. Seguir.

La última vez que la vi, la semana pasada, no paraba de sonreír. Ha sido un proceso, llevamos meses trabajando y han sido muchas las cosas que han influido en su mejoría. Yo sólo soy parte de ese conjunto, pero me hace feliz ser copartícipe de esos avances.

Cuando la conocí una de las cosas que le agobiaban era que no dormía. Sólo podía hacerlo durante 2-3 horas cada noche. Dormía poco y mal. Al dormir, volvían las pesadillas. Tenía tantos recuerdos dolorosos, y los sentía de forma tan vívida  que re-experimentaba el terror de lo vivido cada noche. Y entonces no descansaba, dormir la angustiaba. Si no duermes ¿Cuándo descansas, cuándo repones fuerzas, cuándo te recuperas?. Más, cuando ni siquiera te atreves a encender la luz para que no se den cuenta de tu infierno quienes duermen contigo. Me dice ahora que duerme el doble, pero que sobretodo duerme bien, descansa, las pesadillas no aparecen ya en el discurso. Me siento bien porque la veo sentirse bien.

Y pienso en ello, en la importancia de un sueño sosegado, no sólo por ella sino también por mi. Por nosotras, por mis noches con H., mi hija.



Ha vuelto sana y feliz del campamento. Y el echarnos de menos es una de las cosas que nos invita al colecho, uno de los temas polémicos de la maternidad. Uno de aquellos en los que he cambiado de opinión tras ser madre. Yo creía y creo que cada persona necesita un espacio físico y emocional; y creía y creo que hay que educar a los hijos en la autonomía. Siempre me pareció que aquellos padres que mantenían a sus hijos en sus camas por períodos prolongados no favorecían dichos procesos. Observaba el hecho y opinaba sobre sus consecuencias. Hoy en día, por experiencia, creo en sus beneficios.

H. y yo no hacemos colecho siempre pero sí a veces, a veces en su habitación, a veces en la mía, casi siempre vinculado a situaciones que nos vuelven frágiles y en las que necesitamos sentir más cerca la presencia física y emocional de la otra (enfermedades, ausencias, broncas, días malos y días buenos que nos desbordan en emotividad....). Hacemos colecho y nos parece bien, lo disfrutamos.

En estos días me sorprendía que pudiéramos hacerlo toda la noche porque no siempre ha sido así. No sé en qué momento ha dejado de suceder pero me he dado cuenta de que H. ha dejado de dar patadas. H. siempre ha dormido bien. Nunca ha tenido pesadillas pero se movía mucho y si había alguien a su lado lo pateaba hasta echarlo de la cama.

Y entonces pienso en todos esos fantasmas que se aplacan y dejan de venir a visitarnos cada vez que bajamos la guardia. Pienso en lo duro que es vivir en estado de alerta, defenderte de cualquier contacto porque temes o te inquietan otras presencias. 

Me alegro de ver que H. duerme tranquila y me abraza. Me alegro de compartir su lecho y que pueda compartir el mio. Me alegro de su conquistada serenidad y de su reposo. Creo que si existe un perjuicio en el colecho, nunca superará los beneficios que aporta a un niño que necesita ser arropado.  Y yo que utilicé siempre el verbo arropar en sentido metafórico, ahora también lo utilizo en sentido literal.


miércoles, 5 de junio de 2013

ABANDONO


El lunes amanecí leyendo esta interesante reflexión. Pensando en cómo este compañero de viaje había encontrado una metáfora perfecta. Una metáfora que describe las dificultades con las que se encuentran muchos de nuestros hijos, cuando la escuela no sabe dar respuesta a sus necesidades específicas. Pensé en lo útil que me sería la imagen para explicar ciertas cosas en el centro educativo de mi hija. El lunes, entonces, amaneció de cuentos y con sonrisas.


Pero el martes, amaneció de pesadillas. Cuando escribí mi anterior entrada yo argumentaba que lo que representa la palabra VINCULO constituye uno de los mejores predictores de la sana evolución del proceso adoptivo vivido por una familia. Al mismo tiempo, pero ya sin escribirlo, pensé:... y la otra palabra esencial es DUELO. Como era un post sobre la magia y las cosas buenas, decidí omitir esta última parte de mis pensamientos.

Pero el horror es a veces más fuerte que el amor. El horror de la crueldad lo tengo dando vueltas en mi interior, pensando en esa madre que sufre, viendo a su hija sufrir. 

Crueldad, sí. Y ganas de llorar, también. ¿No tienen ya suficiente en su mochila?. Sí, sin duda, pero me temo que nuestros hijos tendrán que lidiar con eso y con mucho más, y muchas veces, a lo largo de su vida. Yo no sé si en el mundo hay muchas o pocas personas crueles, pero no creo que nuestros hijos se libren de encontrar alguna por el camino. Alguna que les dirá estas cosas o quizás otras peores. Alguna que, en el mejor de los casos, intentará agredirles verbalmente pero que, según la ocasión, legitimado como se siente para ello, puede llegar a más. 

Me gustaría decir que son escasas esas personas, la verdad es que no me lo creo. Aún así, para hacer daño sólo basta que te topes con una de ellas. Basta una bala en el lugar preciso para matar a alguien.

También me gustaría decir que no vale la pena hacerles caso, pero me parece imposible, por eso mi único camino es hacia adelante, mirando de frente, hablando de lo sucedido, razonando, intuyendo, opinando, cuestionando y, por su puesto, llorando, peleando, reprochando, validando,... En general, fortaleciendo a nuestros hijos para que, desde su interior, puedan generar las respuestas ante esos señalamientos del otro, buscando las palabras que pongan freno al daño. No daña quien quiere, sino quien puede.

En la mayoría de los casos eso tiene que ver con la elaboración del duelo, con sanar en lo posible la herida de esa pérdida esencial del cuidador primario, cualesquiera sean las razones de tal pérdida. Creo que como padres y madres además de abrazar y consolar, tenemos que ayudar a nuestros hijos a procesar, desde lo cognitivo y lo emocional, cada una de esas expresiones dañinas hasta que dejen de doler…porque sólo cuando dejen de doler esas palabras, habrán perdido su poder y dejarán de ser dichas.

Y eso, ¿cómo se hace?, supongo que cada historia es única y ha de ser trabajada con nuestros hijos de forma diferente y no hay recetas sino pistas, intuiciones, intentos... Si trabajamos esas posibilidades, desde el análisis de las fases del duelo, a mi se me ocurre:

Primero, facilitar en el niño su relación con esa ausencia, hablar abiertamente de abandono o de la muerte y de las posibles circunstancias que generaron ese hecho, trasladando la responsabilidad de los hechos a los adultos y eximiendoles a ellos de toda responsabilidad. Insistir en cómo determinadas circunstancias personales, sociales, familiares; elegidas o forzadas, construyen la realidad de una madre, unos padres, que no pueden cuidar a sus hijos. Y claro, según la edad, creo que lo simbólico nos ayuda mucho en la construcción de esas narrativas: cuentos que traten el tema, dibujos, obras de teatro, películas que nos inviten y nos hagan hablar él.  Tendremos que ayudarles a expresar el dolor de la injusticia, la rabia, el desconcierto, que producen el abandono y la pérdida, primero vista en otros y luego en ellos mismos.


Segundo, tendremos que aceptar que se produzca una idealización de esas figuras ausentes, permitir la posibilidad que se justifique la ausencia, la fantasía de lo que pudiera haber sido y, a veces, incluso, el cuestionamiento de nuestro papel en esa historia. A partir de allí, trabajar progresivamente en acercarnos a la realidad conocida y la responsabilidad de las decisiones de otros que posibilitaron su llegada a nuestras vidas. Validas serán también entonces, las inquietudes en relación a la situación actual de esa familia imaginada. En este apartado, es especialmente útil que los padres adoptivos tengamos elaborada (y reconciliada) nuestra relación con la familia biológica de nuestros hijos.

Tercero, llegará el momento en el que nuestros hijos cuestionaran las decisiones y las circunstancias que los llevaron a nuestras vidas. Aceptarán el dolor de la pérdida y las ausencias abiertamente. Expresarán sin miedo, su rabia y su dolor. Y protestarán. Y finalmente aceptarán estas circunstancias, con sus ganancias y sus perdidas. Validar esas emociones y canalizarlas de formar presente y constructiva es el mayor reto de esta etapa.

Finalmente, llegará el momento de asumir y asumirse, para después construirse, mejor re-construirse integrando en su identidad su realidad bi-familiar, llena de presencias y ausencias, de afectos y desafectos, de sueños y de tragedias, de suertes y desgracias.


La fotografía pertenece a Daniel López, no dejéis de visitar su web
Y creo que es una tarea compleja, un camino largo, que se vive en paralelo entre nuestros hijos y nosotros, una tarea en la que sólo les podemos brindar la certeza de amarles y acompañarles incondicionalmente. Y una tarea en la que, también como adultos, tenemos un duelo que elaborar frente la compleja realidad emocional que hemos elegido, con consciencia o no, al decidir ser madres y padres por la vía de la adopción. Más, cuando esa opción es pública, como sucede siempre en las adopciones interraciales.

Y no es poco el camino que nos queda, sin embargo toda larga caminata se alimenta de pasos pequeños y sostenidos.


jueves, 1 de noviembre de 2012

LA MUERTE Y LOS MORIBUNDOS

Retomo hoy, que como latina, prefiero conmemorar el Día de los Muertos; este texto que escribí hace unos meses, un día cualquiera. Nuestros muertos están siempre con nosotros, no sólo hoy, pero quizás hoy más.

"La Muerte y los Moribundos" es el título de un buen libro de Elizabeth Klubber-Ross, una psiquiatra pionera de la humanización de la atención a pacientes terminales. En su día, me tocó leer, no se si por placer o por angustia, muchas cosas de ella. Me resultaban muy interesantes sus observaciones sobre el buen morir y lo que podemos hacer los que estamos cerca de quien se muere. Eso no tiene mucho que ver con lo que ahora escribo (o sí) pero es que pensar en la muerte siempre trae su nombre a mi memoria.

Hace unos meses la madre de S. una compañera de clase de mi hija,  me dice en medio de una conversación trivial sobre las batallitas de nuestras niñas. "Sí, S. me dice qué graciosa es H.!. Si estamos hablando de Galileo Galilei ella levanta la mano y pregunta ¿Esta muerto?...Si decimos que Cristobal Colón descubrió América ¿...pero está muerto? pregunta H. y así con todos". La escucho y sonrío recordando la cantidad de veces que me pregunta en relación a su abuelo ¿Está muerto? ¿Se va a morir? (...y está bien, no le pasa nada) o en todas las muchas conversaciones que hemos tenido sobre la muerte...¿A los muertos los tiramos a la basura también ? (3 años); Qué suerte si nos morimos dentro de casa porque como está el techo no nos deja pasar y no podemos irnos al cielo! (4 años); Si tu te vas a morir yo me agarro de ti para irme contigo (4-5 años). Aparte de su afán por saber Cómo se muere la gente, querer visitar cementerios, ver muertos para ver cómo están y esas cosas...Al lado de eso (y supongo que porque podemos hablar tranquilamente del tema) ni una pesadilla, ni angustias detectadas, ni miedos más allá de estas conversaciones, "simplemente" curiosidad.

Sonrío con tristeza sí, como se llora de alegría.

Cuando un niño cercano a nosotros tiene dos años y pierde a sus padres, somos muy conscientes del dolor y de la pérdida que ese niño tendrá.

Cuando alguien adopta a un niño de dos años que ha perdido a sus padres, pensamos en la suerte que ha tenido. ¿De qué? me pregunto.

Que difícil resulta que no se minimice el daño y la perdida previa que ha vivido un niño que es dado en adopción. Que se entienda que la vida de antes, es la misma vida y que sobre ese dolor mayor, se pueden asentar otras cosas buenas para ambas partes, pero que antes, se ha perdido algo muy significativo. Y todo deja huella.

Se que H. fue una niña querida y cuidada. No veo en ella rastros de daño emocional, por eso quiero a su familia. Esa familia, al quererla, le dio las bases para la salud emocional que yo hoy disfruto. Viendo lo que hay allá afuera más me vale estar agradecida a mi. Nunca le he temido a la muerte y mi relación con ella es muy serena pero reconozco que no quiero que me pase nada, que me den vida para vivirla pero sobretodo para que H. no tenga que pasar otra vez por esa pérdida. No te puedes quedar sin madre dos veces, aunque llegará el día en que así sea, mejor esperamos y nos fortalecemos para poder integrarlo sanamente en nuestra vida.

Lleva cinco años conmigo y aunque puede sonar extraño que lo diga  en los últimos meses noto mucho "que me quiere". Parece una tontería pero no creo que sea fácil -o al menos a mi no me resulta nada fácil, sentir que el otro me ve y me quiere-, con amor de adentro, con amor profundo. Por eso tengo la ternura alborotada. Por eso sonrío aunque sea con tristeza.

"El amor" es una cosa intensa. Y da mucho miedo perderlo. No me extraña que para mi hija "saber y sentir" la muerte, sea importante. Y en eso pienso, hoy, de forma evidente pero también muchos otros días. Pienso en mis muertos, en los suyos y en los nuestros...porque forman parte de nuestra vida.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

LA REALIDAD...


Decía mi amigo R. para mi desesperación personal: “La realidad es la realidad”

Ayer, camino a casa, tras el cole…


“Mamá, sabes que A. (un compañero de clase) ya no va al cole porque ha venido la policía y le ha quitado su casa porque no la pagaban. Ahora viven en la calle, y eso que tienen un bebé”

Dado que va a su clase desde hace cinco años, tengo alguna información sobre la familia de A. Puede que sean usuarios regulares de nuestros Servicios Sociales (padres en paro antes de que el paro colapsara este país, absentismo escolar, y en general, su apariencia y sus actitudes en las reuniones del cole...). Puede también que me equivoque. 


Quizás los padres de A. forman parte de esas estadísticas que viven quebrándonos la paz desde hace años y que cada día sientes más cerca, más frecuentes, más normales. Que terrible que lo normal sea lo frecuente. Para muestra un botón

He tenido que dar respuesta a una batería de angustias en relación al dinero que tenemos, si podremos pagar la casa, si la policía también vendrá a buscarnos a nosotros, si el bebé estará bien durmiendo en la calle.
 

He estado preguntándome si toda esta angustia colectiva (que buena base tiene) podemos mantenerla al margen de nuestros hijos, haciéndoles inmunes al dolor que supone. O si más bien, deberíamos dejarla pasar algo masticada ya, para que aprendan algo de las crueldades del mundo adulto –y le den valor a las virtudes de la niñez-; aprendan algo del valor de cada una de las cosas que tienen, materiales (casa, juguetes, libros…) e inmateriales (un hogar, afecto, salud,…) y que a veces creen les corresponden por derecho inalienable.  

No tengo una respuesta clara porque en la vida la angustia innecesaria está de sobra. Sólo sé que H. hoy ha llegado del cole muy contenta. Ha logrado arreglar un desperfecto de su mochila. “Ya no tenemos que comprar otra mamá!...que bueno que podemos ahorrar!”. 

Yo hay días que pienso lo mismo que Felipe. Y a veces es todos los días