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viernes, 26 de julio de 2013

TIERRA

Hace diez años viajé a Argentina con dos amigas. Al final de ese viaje G. me regaló una botellita pequeña con tierra rojiza que había recogido en Iguazú. Ese viaje, fue una celebración de la vida y de la amistad. La cumplida promesa de conocer un lugar con el que soñaba desde niña.

Ese regalo marcó el comienzo de una tradición. Desde entonces, intento traerme un trocito de tierra de los lugares que me son especialmente significativos. Esos centimetros cúbicos de arena que van del blanco al negro pasando por diversos matices. También del terracota al amarillo, y varias gamas de marrones. Todos muestra de la diversidad que tanto me gusta. Esas botellas llenas de tierra y arena me recuerdan la vida vivida en esos lugares. Que casi siempre, es una buena vida.

La tierra habitualmente representa el suelo firme, las certezas, los nutrientes que nos ofrece la naturaleza, nuestro alimento y cobijo, el lugar de nuestras raíces. Raíces que nos dan certezas incluso a los que tenemos alas y no hemos dejado de volar -ni queremos-. 

Tres de esos botes tienen una relevancia emocional importante para mí.

La primera es blanca y la recogí en una hermosa playa del Caribe Venezolano en el último viaje que hice a mi tierra. Lo hice acompañada de los amigos de la infancia que han permanecido en mi vida adulta. Amigos que sólo llenan mi vida de sonrisas y lugares que sólo llenan mi corazón de amor por la belleza de la tierra en que nací, a pesar de aquello en lo que se ha convertido.

La segunda es negra. Es arena volcánica de la Playa del Faro en la Isla de La Palma. La playa del pueblo en el que nacieron mis padres y deseo acabar mis días en esa visión tan romántica que atesoro de mi vejez. Esa playa de aguas cristalinas que tantas imágenes familiares me evoca.


La tercera es la arena que recogía junto a H. en el monte Entoto, a 3000 metros de altitud y con la ciudad de Addis Abeba a nuestros pies. Lo hicimos unos días antes de regresar a nuestra casa. En medio de un paisaje natural plagado de eucaliptos, y de un paisaje humano cargado de sonrisas y grandes esfuerzos físicos.



Me gustan las cosas que me nutren. Me gusta sentir que en el salón de mi casa, situada en plena meseta castellana, lejos de esas montañas y de esos mares, hay un trozo pequeño de los mundos que viven en mi. 

Por cierto, me acabo de dar cuenta, no tengo ninguna botellita con tierra, de esta "tierra". Habrá que poner remedio.


lunes, 7 de enero de 2013

EN TRANSITO II

En el post de hace unos días, me sumaba al transito colectivo que supone el inevitable cambio de año. Las reflexiones que evoca, las promesas a las que invita, los sueños que se permite.

Como cada año, desde hace muchos, yo he comenzado hace un par de días mi segundo transito, ese proceso lento y sutil que me lleva de un lado a otro de mi vida....

Mañana, saldremos de este hogar para llegar al nuestro. Aunque éste, de alguna forma, también lo es. Aquí también nos sentimos en casa, aunque nunca hemos vivido en ella. Esta casa nos conoce como ave de paso, pero aquí tenemos a nuestra familia. Quizás por eso, ésta, es también mi casa. Creo que puedo tener esa idea porque yo no me fui de este hogar sino de otro. Esta no es la casa de mi niñez, ni de mi adolescencia, es otra. Esta no es la casa de mis padres (aunque lo es) es sólo, nuestra casa en este lado del mundo. Un hogar en préstamo afectivo en el que hemos tenido que echar raíces, mis padres reincidiendo, mi hermano y yo, esforzándonos por hacerlo, aunque hoy nos parezca tan natural la vida en ella.


Mañana, nuestro paisaje se transformará radicalmente. Eso a veces me duele hasta físicamente. Dejaré de ver el mar que ha formado siempre parte de mi añoranza y dejaré de ver montañas entre las que me siento cobijada. Mi mundo se volverá de secano y mi vista se perderá en el horizonte. Buscaremos la hermosura también en ello, porque es un ejercicio de salud emocional amar los lugares en los que permanecemos. 


Mañana, cambiarán los colores de mi paisaje, desde estos verdes y azules en todos los matices, a los amarillos y ocres de las tierras de Castilla. Dejaré el pueblo con encanto, para volver a la ciudad que también lo tiene. Y se agradece.

Mañana, descansaran mi oídos de los gritos y la algarabía que llenan las horas de esta casa, y los cambiaré por el silencio y la conversación a pares con la bella etíope. Y aún anhelando el silencio, añoraré sus voces y, sirva de inciso, también la tuya.

En unas horas pasaremos de ser diez, a ser dos, y en esa división familiar, ganaremos y perderemos. Nunca llueve a gusto de todos, ni siquiera de nosotros mismos.

Dejaré los senderos y paseare por las calles repletas de coches y de rostros. Dejare el mar infinito por el río, a falta de aquel, bienvenido sea....y todo ésto, incluso antes de pensar que dejaré los 20ºC para enfrentarme a los 10ºC. Y lo que nos queda. Aunque los días crecen y su luz vale casi tanto como cualquier verano.

Dejaré todo este modelo de crianza que tan poco se parece a la mía. Preguntándome por enésima vez en la vida donde residen las razones de tanta diferencia, cuál es mi papel en esa crianza ajena y cual será el destino de la misma. Y cada vez, las mismas rabias, las mismas dudas, la misma impotencia y al mismo tiempo, la misma inevitable ternura.

Desde hace días estoy en ello, con la cabeza puesta ya en la despedida y el destino. Mañana se irá mi cuerpo. Y el corazón que viaja en las nubes de este mar, llegará unos días más tarde. Siempre llega. Debe seguir, es lo que toca. Confiando en el siguiente transito. Esos que tanto nos transponen pero, cierto es, tanta adicción nos generan.

Hasta pronto. Nunca es tarde si la dicha es buena




jueves, 6 de diciembre de 2012

CON PATAS...

Como ha sido el cumpleaños de H. una amiga me ha preguntado si podía regalarle una tortuga. La verdad, no lo he dudado ni un momento, he dicho que sí. "Tortugas" pasa la estricta criba que determina quien viene a a casa a vivir con nosotros.

Vivimos en un piso pequeño así que el uso del espacio es importante. Tambien, por tiempos, a veces tenemos dificultades para cuidarnos a nosotras mismas. No podemos entonces asumir muchas más responsabilidades en el cuidado de otros. Con nuestras plantitas, que a veces notan nuestra falta de mimos, es suficiente.

Hace años vi una pelicula indiferente de las que pasan los domingos por la tarde. En ella, el terapeuta de un centro de desintoxicación,  al darle el alta a sus pacientes, les regalaba una planta y les decía algo así: cuídala, si dentro de un año está viva, estás preparado para iniciar una relación afectiva. Esa frase, sí ha trascendido en mi memoria. 

La capacidad de cuidarnos a nosotros mismos va de la mano de nuestra capacidad de cuidar a otros. Creo que cuidar a otros seres vivos, durante cierto tiempo y a cambio de nada, puede ser el paso previo a comprometernos y ofrecer garantías de relaciones humanas estables y sólidas. Por eso pienso que es importante que en la vida de los niños exista esa posibilidad de cuidar a otros. Y eso, las mascotas, lo posibilitan.

A pesar de haber crecido buena parte de mi vida entre animales, no soy de las que los quiere en casa. Siempre he tenido la excusa del tamaño de estas para no tenerlos.  Me gustán, sí, pero los prefiero en libertad. Como testigo, sin embargo, me emociona que alguien los trate como un miembro más de la familia.

Hemos celebrado la llegada de Rita (la tortuga) porque H. vive suspirando por una mascota, como vive celebrando la mayor parte de los animales. Eso sí, en la distancia. En la cercanía, les teme. Siente fascinación y curiosidad ante su presencia pero en los espacios cortos, se asusta. Se siente vulnerable ante ellos.

Rita es una bebé pero en estos días que lleva en casa no he logrado que se anime a cogerla entre sus manos. No tolera el hormigueo de sus pies e incluso noto que se pone nerviosa cuando la ve caminar sobre mi mano.

Hace algunas semanas me contó que en el colegio, un niño llevó castañas a la clase y aprovechando que estamos hablando de las plantas, hablaron del castaño y sus partes. Al llegar al fruto abrieron la castaña y tenía un gusano lo que provocó asombro (y asco) en muchos niños, pero es que H. se puso a llorar de la impresión y el miedo. Ni el gusano ni Rita pueden hacerle daño, pero ella les teme.

H. tiene una cicatriz grande en la frente. Cuando comenzaba a hablar en la lengua que compartimos y  sus recuerdos aún eran frescos, le pregunté qué le había pasado. Contestó: "La vaca". Ante mi cara de sorpresa insistió: Sí, mi vaca, me pegó con su pata cuando estábamos jugando. Ya comenté hace tiempo en esta entrada sobre aquello que suponen las ausencias en nuestros recuerdos y en cómo los llenamos. 

La vaca es la parte más estable de los recuerdos desdibujados de mi hija en esos primeros dos-tres años que no compartimos. Y a mi ciertamente me pareció siempre inverosimil que ella, en sus orígenes, tuviera una vaca. 

Hace unos meses, contacté con esta ONG . Ellos trabajan a lo largo del año, pero especialmente en verano, cerca de la localidad en la que H. nació. A través de un par de mujeres infinitamente amables y entregadas al buen hacer, he vuelto a tener un contacto directo con la familia extensa de mi hija. Por lo que me cuentan estas mujeres, es posible, incluso es más que probable, que su familia pudiera tener una vaca en casa. Si hay vaca, posible ha sido el golpe de la importante cicatriz. Si con dos años, una vaca te ha golpeado con su pata en la frente, es comprensible que le tengas miedo a todo lo que tiene patas.

A pesar de ello, la vaca también evoca sus sonrisas y su ilusión y la ha defendido en su memoria más que a los humanos que también formaron parte de ella. No tengo dudas de su deseo de disfrutar de los animales...de Rita, de los perros y gatos de los muchos amigos, de los caballos, conejos, pajaritos y gallinas que nos han rondado en estos años y de todos los muchos animales vivos y en libertad, que nos toparemos por el camino, sólo hay que darle tiempo al tiempo. El camino de regreso del miedo a veces es muy lento pero siempre es posible.

martes, 11 de septiembre de 2012

ENTRE EL TIEMPO Y EL DESTIEMPO...



Últimamente me fallan los recuerdos…Hace unos días me encontré, en dos momentos del día, con dos personas diferentes. Me saludaron con la mejor de las sonrisas y con alegría de verme. Yo no sabía quienes eran. He tardado algunos minutos de conversación -que se me hicieron eternos- en recordarlas. Me asusta no recordar. Por eso hago ejercicios de memoria.

Me gustan mucho los aniversarios. Me gusta celebrar y conmemorar, que son dos verbos distintos. Me gusta que existan hitos que anclen nuestra memoria y nuestra consciencia; fechas, que nos inviten a recordar, en el mejor sentido de Galeano. Que nos inviten a volver a pasar por el corazón.

En estos días de inicios de ciclos, de exploraciones buscando una sincronía en el tiempo, también nos toca celebrar nuestro año nuevo, quién sabe cuál de los dos está a destiempo.

Sin duda los mejores recuerdos de mi infancia, son las fiestas con las que celebrábamos en mi casa el Año Nuevo. Eran dos días de fiesta, cinco-seis familias migrantes, y todos los allegados, que algunas veces fueron muchos. Todos celebrando estar juntos, disfrutar de un lugar maravilloso (como extraño el buen tiempo en navidad…fresquito pero a gusto), comiendo rico, bebiendo lo suficiente, bailando lo demasiado. Al amanecer de grandes y chicos, chocolate y pan dulce. Volvería a mi infancia y adolescencia sólo por revivir esas noches viejas y años nuevos.

Margaritas Meskal
Mi papá siempre ha preferido esas fiestas a las navideñas y siempre me ha dicho: "quiero despedir un año y empezar el siguiente, junto a los míos”. Desde que H. está conmigo nuestra celebración del Año Nuevo “es doble”. Vaya suerte la mía!!. En Etiopía, una de las costumbres de ese día es regalar margaritas amarillas (la margarita Meskal que crece en las zonas altas) y cantar y bailar las canciones de Año Nuevo.


Para saber más unos y no repetirnos otros, los interesados en los motivos de esa celebración a destiempo -o no-, podéis pinchar aquí Calendario etíope

Yo por mi parte, llena de encuentros y despedidas, sólo puedo decir: Año Nuevo, bienvenido seas…Melkam Addis Amet para todos...


domingo, 5 de agosto de 2012

FUEGO


En estos días, gracias a la inestimable compañía de los abuelos, podemos disfrutar de las noches de verano. Me he pasado más de la mitad de mi vida llena de noches de verano que no sabía que lo eran. Como con muchos procesos afectivos, yo apenas soy consciente de lo valiosas que son para mi algunas cosas, cuando las pierdo o voy perdiendo. Habitualmente se diluyen entremezcladas en otras presencias más intensas o en otras decisiones más trascendentales. 

Sin embargo, sucede a menudo, que las reconozco cuando reaparecen. Sí, aún antes de que lleguen con entidad. Supongo que es un proceso emocional avocado a la superviviencia. A evitar la tristeza de la pérdida y, sin embargo, a celebrar los reencuentros.

Estas noches de verano me he reencontrado con la amistad adulta, con las largas conversaciones sin horarios ni interrupciones infantiles, compartiendo la trascendencia o la trivialidad de la buena compañía y con ella de las ilusiones o los quebraderos de cabeza. Esta ciudad emociona por las noches. Y sus noches de verano aún más. Y a mi esta semana de relaciones y afectos me tiene especialmente contenta. No han sido noches de intensidad. Solo han sido noches de certezas
  
Pero mi noche de verano tiene fuego desde ayer en la tarde y entonces ya las noches no me gustan porque están llenas de fantasmas y de sombras, están llenas de incertidumbre. Estamos pagando caro el verano. Estamos pagando caro el no recordar las cosas valiosas que nos rondan y cuidarlas con celo. Por eso soy tremendamente consciente de los cuidados que me han prodigado esta semana. Cuidar es una forma de hacer las cosas perdurables.

Las fotos son de mi amigo Saúl, un hombre que ama la Naturaleza y para muestra un botón http://www.santossaul.com/