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sábado, 16 de noviembre de 2013

EMOCIONARIO...

MIEDO: J. me pide una cita para hablar conmigo. "Creo que vuelvo a estar mal". Me encuentro con ella y su aspecto externo no denota ese malestar. Se le ve bien. Sonríe. Habla pausadamente. No llora. Me relata cómo están sus historias y siguen reflejando logros. Señalo todas las fortalezas que sigo viendo. Hago énfasis en todas las que ella narra. Termina diciendo "Me quejo de vicio" y sonríe, pero a veces me asusto y necesito venir a contártelo, eso, que estoy asustada, pero al escuchar mis palabras, cuando me escuchas y me escucho, me tranquilizo. Y entonces sé que estoy bien.

He visto muchas veces las cicatrices que J. tiene en sus muñecas, en sus brazos. Sus cicatrices reflejan el daño que, siendo aún una adolescente, se autoinflingía. Así descargaba su miedo y su ansiedad. Han pasado más de dos décadas desde entonces. Cuando la conocí, hace una, ya no se hacía daño pero tenía mucho a favor para recaer. Juntas y gracias a muchas cosas, además de mi apoyo, fue saliendo adelante, encontrando la manera de reconciliarse con su pasado, de encontrar recursos internos - que tiene muchos- y externos, en los que apoyarse; de ver posibilidades donde antes sólo fue capaz de encontrar inconvenientes. J es una superviviente y una mujer muy resiliente.

DESCONSUELO: Mientras tengo esta entrevista escucho en el pasillo un llanto desconsolado. Es tan profundo que súbitamente se encoge mi corazón. Desvío mi atención para tratar de percibir si alguien acude en su auxilio. Oigo voces alrededor pero el llanto continua. Sólo cuando veo salir a C. me tranquilizo. Ella sin duda manejará la situación si se requiere. A los pocos minutos vuelve a entrar, me mira porque sabe que estoy con ella. Su mirada me calma. Poco a poco el llanto se serena. Al terminar mi entrevista le pregunto a C. por lo que ha pasado. "Ha sido G."... G. viene a vernos. Ha sido su primer encuentro con nosotros.

G. acaba de tener un grave accidente de coche mientras estaba de vacaciones en un país bastante lejano, a los pocos días a llegar allí. Con su bebé de pocos meses. Sin hablar el idioma. Sin red afectiva de apoyo salvo su pareja que también viajaba en el coche. Vuelven a casa vivos, que al parecer no es poco, con daños visibles en sus cuerpos, salvo el bebé al que aparentemente no le ha pasado nada. Llegan con daños que no soy capaz de medir en trascendencia pero desde luego con un daño emocional intenso. Daño por lo que ha sido realmente. Por lo que podía haber sido. Por lo que no sabemos si será. Estrés postraumático lo llaman. Normal, ante una situación anormal. Pequeños o grandes accidentes emocionales que G. ha tenido que ir sumando a sus espaldas en los últimos años. Situaciones que requieren de tiempo para ser asimiladas. Que requieren de apoyo. Que demandan toda nuestra capacidad de ver lo positivo, en medio de tantas cosas negativas.

VALENTIA: A E. le dijeron que tenía una bomba de tiempo en su cabeza y valientemente decidió que había que desactivarla a pesar de los riesgos que eso implicaba y que todos conocíamos. Desenredar las venas que en tu cabeza han decidido enredarse requiere de grandes dosis de sabiduría, serenidad y valentía. Y E las tiene, las tres aunque, como todos, unos ratos más que otros. Esta semana comenzaba así, con ella apostando por vivir, por bien vivir. Nuestros corazones latiendo a su compás. Todo fue bien, los sabios doctores dicen que están desenredadas, y su evolución de estos días ha sido muy favorable, tanto, que E está en casa y ayer la hemos ido a ver. Se ve bien. Ella también ha sido desde niña, un ser muy resiliente.


INSEGURIDAD: Y, claro, está H. que vive conmigo y esta semana se ha sumado a mis tormentas. Ella que es la más significativa. La que está creciendo y aprendiendo. En quien tengo que serenar mareas, calmar daños, ofrecer herramientas. Su corazón tan intenso se enfrenta a todas las batallas (relacionales) dándolas por perdidas. Sintiéndose una víctima. Doliéndose en sus miedos. Y yo, que la sé fuerte, sin embargo tengo que aprender a ir despacio, porque ella es un león herido que siempre se defiende de su fragilidad. Sabe que está tocada. Y sabe también que ha de protegerse para no estar muerta, así que saca su furia y no deja que calme sus heridas, que son pequeñitas, pero aún así le recuerdan que pueden llegar a ser mayores. 

De terapeuta sí, desde que amanece el día hasta que se oculta el sol. Y estoy cansada, tratando de mantener la calma y atender cada cosa en su momento. Y dándole a cada una su espacio. 

Sin pretenderlo, acabando la semana, me encontré con esto que me parece un buen material para trabajar emociones con niños. Y, porque no, con adultos!



domingo, 11 de agosto de 2013

DORMIR

No hay muchos nombres de mujer que empiecen por H. Mi hija tiene uno de ellos pero hay otros.

Hay otros como el de H. que tiene un nombre precioso y una historia dolorosa. No en balde le han reconocido el estatuto de refugiado y me alegro de ello. Lo merece sí, como muchos otros a quienes se lo han denegado, con parecidos desgraciados méritos. Pero esa como siempre, es otra historia.

La conocí hace meses cuando no dejaba de llorar. Lloraba con angustia aunque sus circunstancias eran otras y la amenaza había cesado. Estrés post-traumático. Que fácil de decir, que duro de vivir. Lloraba porque la emoción cubría los recuerdos y no la dejaba articular el pensamiento. Y esa congoja era inhabilitante para lo que nos pedía. Pedía lo que sabía necesitaba, la forma de cubrir sus necesidades básicas y ese apoyo que sólo podía ser puntual necesitaba que ella se recuperara de lo que no nos pedía, de lo que creía la atormentaría para siempre. Sin embargo tenía que sobrevivir a su historia y sus circunstancias. Resurgir de las cenizas. Seguir.

La última vez que la vi, la semana pasada, no paraba de sonreír. Ha sido un proceso, llevamos meses trabajando y han sido muchas las cosas que han influido en su mejoría. Yo sólo soy parte de ese conjunto, pero me hace feliz ser copartícipe de esos avances.

Cuando la conocí una de las cosas que le agobiaban era que no dormía. Sólo podía hacerlo durante 2-3 horas cada noche. Dormía poco y mal. Al dormir, volvían las pesadillas. Tenía tantos recuerdos dolorosos, y los sentía de forma tan vívida  que re-experimentaba el terror de lo vivido cada noche. Y entonces no descansaba, dormir la angustiaba. Si no duermes ¿Cuándo descansas, cuándo repones fuerzas, cuándo te recuperas?. Más, cuando ni siquiera te atreves a encender la luz para que no se den cuenta de tu infierno quienes duermen contigo. Me dice ahora que duerme el doble, pero que sobretodo duerme bien, descansa, las pesadillas no aparecen ya en el discurso. Me siento bien porque la veo sentirse bien.

Y pienso en ello, en la importancia de un sueño sosegado, no sólo por ella sino también por mi. Por nosotras, por mis noches con H., mi hija.



Ha vuelto sana y feliz del campamento. Y el echarnos de menos es una de las cosas que nos invita al colecho, uno de los temas polémicos de la maternidad. Uno de aquellos en los que he cambiado de opinión tras ser madre. Yo creía y creo que cada persona necesita un espacio físico y emocional; y creía y creo que hay que educar a los hijos en la autonomía. Siempre me pareció que aquellos padres que mantenían a sus hijos en sus camas por períodos prolongados no favorecían dichos procesos. Observaba el hecho y opinaba sobre sus consecuencias. Hoy en día, por experiencia, creo en sus beneficios.

H. y yo no hacemos colecho siempre pero sí a veces, a veces en su habitación, a veces en la mía, casi siempre vinculado a situaciones que nos vuelven frágiles y en las que necesitamos sentir más cerca la presencia física y emocional de la otra (enfermedades, ausencias, broncas, días malos y días buenos que nos desbordan en emotividad....). Hacemos colecho y nos parece bien, lo disfrutamos.

En estos días me sorprendía que pudiéramos hacerlo toda la noche porque no siempre ha sido así. No sé en qué momento ha dejado de suceder pero me he dado cuenta de que H. ha dejado de dar patadas. H. siempre ha dormido bien. Nunca ha tenido pesadillas pero se movía mucho y si había alguien a su lado lo pateaba hasta echarlo de la cama.

Y entonces pienso en todos esos fantasmas que se aplacan y dejan de venir a visitarnos cada vez que bajamos la guardia. Pienso en lo duro que es vivir en estado de alerta, defenderte de cualquier contacto porque temes o te inquietan otras presencias. 

Me alegro de ver que H. duerme tranquila y me abraza. Me alegro de compartir su lecho y que pueda compartir el mio. Me alegro de su conquistada serenidad y de su reposo. Creo que si existe un perjuicio en el colecho, nunca superará los beneficios que aporta a un niño que necesita ser arropado.  Y yo que utilicé siempre el verbo arropar en sentido metafórico, ahora también lo utilizo en sentido literal.


viernes, 19 de julio de 2013

VULNERABLES

Antes de comenzar a trabajar en la organización en la que actualmente trabajo, yo pensaba en la gente más en términos de fragilidad que de vulnerabilidad. Pero ahora, después de mucho repensarlo, prefiero la segunda. Vulnerabilidad. Supongo, que porque la primera me habla de una certeza, de la esencia de algo o de alguien, visto desde su debilidad. La segunda me parece más esperanzadora, habla en términos de probabilidad. No habla de una situación estructural sino más bien de la posibilidad de ser dañado. Es posible, sí; pero puede evitarse.

En estos días P. y X. me hacen pensar en ello. Les veo protegerse y pienso en lo que saben de sí mismos como certeza y en lo que temen para sí mismos, como posibilidad.

Cuando efectivamente has sido dañado o temes serlo y te presupones débil, o susceptible de daño, es razonable que te protejas. Pero en un caso padeciéndolo y en otro observandolo, soy consciente también de cuánto dejas de vivir por cuidarte de lo que pudiera pasar. Cuánto se deja de recibir.
 
X. no deja que nada salga de si misma. P. no deja que nada entre. Con ambos, la puerta está cerrada.

Yo soy de las que cree que todas las puertas tienen llaves y en eso ando. Ando, haciendo equilibrios porque si se dan cuenta de que alguien intenta abrir la puerta, y se sienten inseguros, levantarán barricadas al otro lado. Hago equilibrios, pienso, espero. Y que difícil.

Que difícil, porque a X. la veo sufrir y porque a P., simplemente, no le veo. Y quiero hacerlo.

No le veo, o quizás a él sí, pero con trampas. Y no me gusta.

X. nos dice que quiere abrir su puerta pero no sabe cómo hacerlo. No sabe cuál es la llave y la busca desde hace tiempo. Y la busca apenada por no saber donde se encuentra, por no saber cómo enseñarnos lo que hay dentro de su hogar emocional. Ella sabe que con ello se reconciliara con su historia. Con X. tengo la certeza de que sólo se trata de avanzar despacio y de darle pistas ayudando a sus recuerdos. Se trata de trasmitirle la certeza de lo fuerte que es, a pesar de lo vivido. En ello andamos, por suerte bien acompañadas, en equipo, que es como mejor se hacen estas cosas.

Con P. es más difícil porque no es sólo lo que él necesita sino también se trata de lo que necesito yo. Con X hablo de su terapia, con P. hablo de mi vida.

P. está en mi vida, sí, por llamarlo de alguna manera. Esta en ella desde hace años. Y esta con significado. P. tiene un vinculo fuerte con dos situaciones o momentos importantes de mi vida. P. está en mi vida porque yo le otorgo significado en ella. Yo le dejo entrar cuando se acerca. Mis puertas están abiertas. 



Yo no tengo miedo.Y esa es mi suerte y mi calma.

No me da miedo mi debilidad. Primera certeza. No me romperé en pedazos, lo sé. Puede que no sea fácil pero ya he "resucitado" muchas veces y siempre lo hice sintiéndome algo más fuerte.

Pero sobretodo; segunda certeza, porque no creo que el que llega, consciente de mi debilidad, pretenda dañarme. Y entonces pienso que es verdad, la puerta más segura, la que está mejor cerrada, es aquella que puede dejarse abierta.

He probado a entrar por la puerta de atrás, alguien la dejo abierta. Y no me siento bien por ello. Trabajé mi necesidad pero me olvidé de la tuya y tengo sentimientos contradictorios por ello. Por eso escribo para librarme de mis fantasmas.




lunes, 15 de julio de 2013

DE LA ZONA DE CONFORT AL LUGAR SEGURO

Una de las herramientas de intervención terapéutica más potentes que han surgido en los últimos años para trabajar con el trauma, es el EMDR (Eye Movement Desensitization and Reprocessing). Se basa en el modelo del Procesamiento Adaptativo de la Información, que considera que todas las personas somos capaces, en las condiciones adecuadas, de gestionar situaciones traumáticas.

Según este modelo, los recuerdos se archivan en redes neuronales interconectadas entre si, pero en el caso de las experiencias traumáticas, la intensa reacción fisiológica de estrés y terror, bloquea el procesamiento de la información del suceso y la información queda fragmentada en el sistema nervioso.   

Esta técnica por la que cada vez siento más curiosidad, destapa de forma intensa y rápida recuerdos y experiencias, mensajes o programaciones antiguas que se han mantenido, por dolorosos, alejados de la consciencia durante mucho tiempo, pero que son importantes para la resolución de  situaciones del presente ya que sin acceder a ellos la persona se encuentra bloqueada o con imporantes resistencias al cambio y, por lo tanto, al crecimiento.

El procedimiento para la aplicación de la técnica, incluye una serie de pasos que se inician en los primeros momentos, entre otras cosas, con la construcción en la imaginación de "un lugar seguro". La visualización de éste busca que el paciente sepa que existe un espacio en el que podrá refugiarse en el caso de que los recuerdos dolorosos que se evocan, amenacen con desestructurarle. Este oasis emocional puede ser usado como un descanso temporal durante el procesamiento, como un elemento de apoyo para disminuir la perturbación y concluir la sesión, y como una manera de manejar el material perturbador que pudiera aflorar entre las distintas sesiones.

Pensaba hoy en la importancia de ese lugar seguro en nuestras vidas. En la necesidad que tenemos todos de que exista un espacio emocional, incluso a veces un espacio físico, donde podamos estar tranquilos por las sensaciones que evocamos en relación a nosotros mismos a partir de nuestras experiencias previas. Y pensaba en la relación entre ese lugar seguro, que nos calma, que nos alivia y protege; y con ello nos garantiza nuestra posibilidad de supervivencia emocional, y ese otro concepto del que se ha hablado mucho también en Internet, y que es la zona de confort.
  

La zona de confort es aquella zona en la que nos encontramos seguros, en la que controlamos lo que sucede, nada se nos escapa y  conocemos de principio a fin. Mientras hacemos cosas o estamos en sitios que nos resultan “familiares” nos sentimos cómodos, relajados. La zona de confort es todo aquello que nos rodea y a lo que nos hemos acostumbrado. Es el espacio de vida que conocemos y validamos. Aquello que no nos inquieta y que, más bien al contrario, nos calma.


A veces pasa que tras esas fronteras de la zona de confort, de ese lugar seguro hay todo un mundo de posibilidades de crecimiento no exploradas, por miedo, real o imaginado, que nos limita y no nos deja crecer. Y crecer es importante.

Hoy H. se ha ido de campamento dos semanas. Abandona sin convicción su zona de confort y lo he sentido con toda intensidad esta mañana al dejarla en el autobús. Lo hace de la mano de un grupo con el que ha estado compartiendo cada semana a lo largo del año académico. Un grupo que sé, porque me lo dice, que le gusta en las actividades que realiza; pero con el que también sé que le cuesta conectar socialmente. "A veces me siento sola" es su expresión sobre esos momentos. Y quince días es mucho tiempo para sentirse sola.

Tras media hora de espera, torturante para ella y para mí, se ha subido al autobús. Al hacerlo, una niña delante de ella se ha girado y le ha dicho "H. ¿te sientas conmigo?". Y con esta frase oída en la lejanía, casi leída en los labios yo he respirado algo más tranquila.  No está sola. Sólo tiene que aprender a acercarse. Y cómo le cuesta!

Confío en que estos días sea capaz de encontrar en alguno de los que le rodean ese lugar seguro que a veces es tan necesario para seguir avanzando. Y que cuando vuelva, su zona de confort sea más amplia y parte de sus miedos hayan desaparecido. 

Inshalá, por ella. Y también por mi. Que responsabilidad tan grande es la maternidad.


jueves, 25 de abril de 2013

CARTAS E HISTORIAS

Como parte de un entrenamiento que realizo para mejorar mis competencias profesionales, este fin de semana he recuperado las enseñanzas de Michael White sobre los medios narrativos con fines terapéuticos. 

Michael White, trabajó en los servicios de psiquiatría para niños y adolescentes de hospitales psiquiátricos públicos de Adelaide, en Australia. Durante toda su vida, se mantuvo en la obligación de cuestionar los tratamientos que patologizaban las vidas de las personas, y siempre buscó desarrollar formas de trabajo colaborativas. Se mostraba fascinado por cómo influyen las narrativas vitales en las personas, y por cómo dichas narrativas podían modificarse y resultar más adaptativas. Entendía la terapia como un proceso de transformación del discurso. 

Las personas, decía, cuentan su historia personal desde un determinado punto de vista, olvidan que la interpretación que le dan a esa historia marca las emociones, los pensamientos, los sentimientos, etc. que esa historia les produce a ellos y a los demás.

Una de las técnicas que utiliza este modelo, es la del envío de cartas a los pacientes/clientes. Creen que al escribirlas, siempre ofrecen posibilidades que complementan a la palabra hablada y permiten en la narrativa, construir nuevas historias complementarias a la historia dominante que es la que habitualmente ésta cargada del problema. 

Pensando en todo esto me encontró la semana y, con los hechos que le siguieron, puestos a elegir, elegí escribir una carta.

Un lunes cualquiera, tras una comida plácida, volvemos al cole. H. decide bajar las escaleras de espaldas. Sí, le parece mejor, es más divertido. Ya sabemos, si no hay riesgo, no hay diversión. Tras llamarle la atención un par de veces, tras girarla para evitar el riesgo de caida y tras recibir su molestia e incluso furia por mi impertinencia de corregirla, di la batalla por perdida. En ese punto el desgaste era mayor que el riesgo, faltaban cinco escalones en el peor de los aterrizajes. 

Le hablé de mi enfado y H. decidió utilizar toda su artillería: "Hay que ver como te pones", "Si lo estoy haciendo con cuidado"...y un largo etc. que sólo provocaba que mi enfado creciera. Por ello decidí penalizarla quitándole algo agradable que le había entregado minutos antes. Ella respondió, como lo hace muchas veces, huyendo hacia adelante: ...me quedó retrasada, ....camino despacio, ....pongo morritos...yo, una vez declarada la guerra, decidí respirar profundo pues brillaba el sol y había una temperatura maravillosa

Avanzamos treinta pasos, una breve tregua, huele a hierba recién cortada, uno de los aromas que más me relajan, se lo cuento y me habla con normalidad. Pensé que la batalla había acabado, pero me equivoqué.

Cuando llegamos al cole volvemos a la escalada. "H. bájate de ese árbol que se puede partir la rama"...Se baja a la tercera llamada de atención, pero enfadada. La llamo para hablar con ella y me mira durante un segundo y se va "porque yo no le hablo". Cuando debe entrar al colegio se va sin despedirse. Está molesta conmigo y debe ser mucho porque es la primera vez que lo hace. 

Mi furia se hace mayor.

La dejo allí y me voy a trabajar, no puedo dejar de preguntarme cómo, de la nada, habíamos generado "una batalla campal" en menos de quince minutos. 

Hora y media después me encuentro con ella y le doy un beso preparada para continuar la guerra. Me saluda con un beso y tras hablar de otras cosas me pregunta ¿sigues enfadada?. No, le digo, sólo me sigue preocupando que nos pasen estas cosas, pero podemos hablarlo después con más tranquilidad. La dejo en  Baloncesto y pienso que quizás es buena idea escribirle una carta contandole lo que he ido sintiendo, por qué y lo que me gustaría que hubiera sucedido en cada momento, asumiendo yo la responsabilidad...

"Me hubiera gustado que bajaras las escaleras de frente, cuando no lo haces, tengo miedo de que te hagas daño...

Me hubiera gustado que al darte cuenta de que habías cometido un error, pudieras reconocerlo como yo reconozco cuando los hago...

Me gusta que te subas a los árboles y sabes que siempre te dejo, pero te olvidas que estas creciendo y que tu peso es mayor y esa rama no parecía poder resistirlo. Temo que tu y el árbol se hagan daño, tus brazos y sus ramas rotos, causan mucho dolor...

Me hubiera gustado que me dieras tiempo para hablarte porque no siempre sé encontrar las palabras para que me entiendas, mejor y más rápido 

Y, sobretodo, me gusta despedirme de ti con un beso, porque eso me hace sentir que más allá de los malentendidos o las dificultades, siempre logramos encontrarnos y nuestro amor es más fuerte que ellos..."

Estas eran algunas de las ideas de esa carta que escribí mientras ella se duchaba. Al terminar, se la dí diciendole "te he escrito una carta" y me fui a preparar la cena. Cuando nos sentamos a cenar me dijo con una sonrisa: ya la he leído. Sonreí también. "¡Que es en serio que la he leído! y me la recitó. "Ahora entiendo qué te pasaba y como te preocupas porque yo este bien" Le pregunté si creía que podíamos hacer las cosas mejor la siguiente vez. Sí, me contestó. La próxima vez no bajaré las escaleras de espaldas, tu no te enfadarás, ...podremos caminar juntas al cole, ...volverás a oler la hierba...

Tras la tormenta, la calma. Tras la teoría, la práctica. El efecto terapéutico que tuvo sobre la situación me sorprende. El efecto terapéutico y de aprendizaje personal al escribirla, sobretodo por el esfuerzo de hacerlo en términos positivos y de aprendizaje para el futuro, me resultó muy sanador por las malas sensaciones con las que me quedé en la tarde. Me sorprendió la rapidez con la que se quedaron en su memoria las cosas que señalé en la carta. 

Igual tienen razón los terapeutas que defienden los modelos narrativos, cada historia, tiene dentro muchas historias y, sobre todo muchas formas de ser contada y de otorgarle significado a la experiencia.

Somos, según nos contamos...







domingo, 3 de marzo de 2013

LAS PEQUEÑAS TRAGEDIAS



Esta semana que hoy acaba ha comenzado con lo que creo es una gran tragedia. Ha muerto el padre de un gran compañero de vida. Si muere quien te ha dado la vida y te ha ayudado a transitar por ella, y lo ha hecho estupendamente bien, vives una gran tragedia. 

Y eso duele, duele enormemente, aunque ese padre tenga 81 años y a lo largo de los últimos cinco hayas visto como su luz, poquito a poco, dejaba de brillar. Eso le ha pasado a P. esta semana y como yo quiero tanto a P., pues digamos que he estado también expuesta a su dolor, que se ha hecho un poco mío.


Para equilibrar ese sentimiento, esta semana ha nacido H. un niño muy deseado que, como no podía ser de otra manera, ha traído mucha alegría a su hogar que, por familiar, es también un poco el mío. H. ha llegado para devolvernos la ternura y la alegría de esta semana.


Con ambas noticias hemos visto oscilar el péndulo de nuestras emociones de un extremo a otro, en un período de tiempo muy corto.


Frente a estas noticias mi hija ha reaccionado con más preguntas que emociones. El origen de la vida y su desaparición son dos procesos que a la bella H. le generan enormes interrogantes. Como siempre, he estado expuesta a su infinita curiosidad y a la batería de preguntas. Creo he salido más o menos airosa de ellas. 


Paralelamente, la semana de H., más bien las últimas semanas, han estado plagadas de pequeñas tragedias que provocan en ella una gran movilización emocional. 

En los últimos dos meses, hemos estado expuestas a un sinfín de pequeños “traspiés” (unos menores y otros mayores) pero que, por suerte, se han resuelto de la mejor manera posible y sin grandes daños colaterales. 

Resumiendo:

....un incendio en nuestra cochera quemó nuestras bicis, pero no nuestro coche, que el azar quiso que no estuviera allí cuando la norma es que esté.
... su cuidadora un día a la semana no va a recogerla en el cole pero  madres conocidas pueden acogerla y llamarme.
...nos dan un golpe en el coche por detrás sin daños más allá del susto.
... se cierra la puerta de nuestra casa con las llaves olvidadas dentro pero un vecino amable logra abrirla en poco minutos.
...tras generarles muchas expectativas, un fallo de la ONG que organiza la Operación Bocata deja a su colegio a última hora, sin la actividad. 
.... su maestra decide cambiarla de asiento en su clase para ver si deja de distraerse.
.... suspende en Mates.
...el equipo rival del último partido de baloncesto, es superior en destrezas deportivas pero, sobretodo superior, en mala intención y conducta antideportiva...

.... y estoy segura que alguna más que se me escapa. Leáse, menudo año llevamos de pequeñas tragedias!!. Y esas pequeñas tragedias a H. la hacen sufrir. Y yo estoy pensando en ello.

Creo que H. es una niña fuerte y sana emocionalmente, disfruta de la vida, sonríe con frecuencia y sobretodo tiene la capacidad de generar sonrisas a su alrededor.  Sin embargo, observo ciertamente con curiosidad como esas experiencias de daño “posible”, el que la roza, pero no se concreta; le crean un enorme desasosiego, que a veces, le dura días, que incluso a veces llega al llanto. 


Habitualmente pensamos que las personas expuestas a condiciones adversas de vida se encuentran más dañadas emocionalmente. Y sí, tienen más billetes en esa lotería negativa, pero también es cierto que estar expuestas a esas circunstancias, si se dan otras condiciones, puede ayudarles a fortalecerse en sus herramientas emocionales para manejar la adversidad. 

Las capacidades resilientes, nacen, o al menos se hacen conscientes, en la exposición a eventos dolorosos o traumáticos que logran superarse, pero me pregunto si esa consciencia de lo que puede llegar a doler una experiencia traumática, no te hace a menudo más sensible o frágil ante la posibilidad de experimentarlos. Es como si te hicieran más fuerte si los vives y los superas, porque te dan herramientas para manejar los siguientes y, sobretodo, te dan la conciencia de que puedes sobrevivir a ellos, pero también te hacen más vulnerable.


Me pregunto, si esas herramientas útiles para prevenir el daño no pueden estar a veces descompensadas, activando en demasía tus procesos de alarma previos a la posibilidad de daño, creando un desasosiego demasiado intenso frente a las posibilidades de “perder” el bienestar del que ahora disfrutas, que tanto te costó conseguir y sin el que ahora te sentirías más frágil.


Y, sobretodo, me pregunto, ¿Cómo regular esta inversión emocional? ¿Cómo ayudar a H. a vivir más serenamente estos pequeños traspiés? ¿Cómo rescatar todas las lecturas en positivo que tienen estos pequeños eventos negativos?

Y no encuentro más respuesta que mi propia calma, la serenidad de reflejarle todas las posibilidades de hacer frente a esa pequeña tragedia que fue, o frente a la gran tragedia que podría haber sido. Pero no sé si eso es suficiente. No sé si hay algo más que puedo hacer para ayudarla a asumir con entereza esas experiencias.

Y me gustaría saberlo... 



domingo, 11 de noviembre de 2012

CENTRADOS EN SOLUCIONES

Hace unas semanas retomé, tras varios (muchos) años, mi formación como terapeuta. Lo hago de la mano de M. y M. Igual que hace veinte años renovada de ilusiones, con un gran rodaje a las espaldas, y con la humildad de quien siempre ha sentido que sabe infinitamente menos de lo que debería.

Nuevamente me encuentro con M. Me deslumbra de la misma manera que lo hizo entonces y, probablemente, lo hace por las mismas razones, que con en el tiempo, se han magnificado.

El trabajo de ambos me gusta porque lo hacen desde el concepto de FAMILIA como concepto real pero, sobretodo, emocional. En estos veinte años, he crecido exponencialmente en lo familiar, he tenido más cerca a la familia extensa y hemos hecho sólido nuestro vínculo desde la experiencia interpersonal y no sólo desde la biología. También he crecido por tener más lejos a la familia nuclear, por no tener-nos siempre que quisimos, y, sobretodo porque desde la maternidad me he posicionado en un lugar distinto en la experiencia de la construcción de vínculos. Yo en estos años sólo he multiplicado la convicción de que la familia, esa en sentido amplio y desde distintos modelos, es el germen y el guardián de lo que eres y no puedes comprenderte si no es en relación a tu historia familiar.

Me gustan por que trabajan desde un profundo respeto por lo que los clientes nos cuentan, por el DOLOR que traen a terapia. Sin ser personas suaves, más bien lo contrario, toman entre algodones las historias de daño, tristeza y angustia que se traen a terapia. Luego los diseccionan agudamente, infinitamente, tanto, que los transforman en su opuesto. Diseccionan para fundirse en la comprensión emocional del otro. Y, una vez allí, siguiendo la voz del cliente que les guía, van encontrando el camino de regreso a estos espacios de luz donde a veces, sólo a veces, parece más confortable vivir.

Y, finalmente, me gustan por ese esfuerzo deliberado que nos invitan a hacer a los terapeutas: ayudar a las personas a encontrar LAS SOLUCIONES que ya tienen en ellos cuando se encuentran con nosotros. Buscan y buscan hasta encontrar esa senda de regreso de la que el cliente va dándonos datos. Sigues su voz, que escucha tus indicaciones, tu no ves, pero sí sabes, ellos ven pero no conocen el camino. Sólo te siguen y juntos encontráis el camino de regreso. 

Es imposible conseguirlo si no partes de la convicción de que ese camino existe y que son ellos los que te guían hacia ella. Los clientes sólo dan buenas respuestas a nuestras preguntas, somos nosotros los que tenemos que transformarlas en respuestas útiles. No tenemos que descubrir nada, sólo de reconocerlo.

 


sábado, 15 de septiembre de 2012

RUTINA


Pregunta P. qué tal llevo la rutina de la semana. Esa en la que ha empezado el cole y, sin abuelos, vuelvo a tener horarios irremediables. Tiene razón en preguntar, el domingo tuvo que cargar con mi tristeza ante la inminencia del duro cambio de los buenos hábitos veraniegos.

Lo pienso. Inmediatamente sé que no es rutina lo que he sentido esta semana, al contrario, es “afán”, como dirían mis amigos colombianos. Hay días que envidio la soledad de P. Él trabaja sólo en su oficina –con su planta, que le hace compañía- pero no cambio este frenesí por esa soledad. Cuando estás con otros, cuando miras a otro y escuchas las historias que te narran, tu vida nunca es rutinaria. Porque no dejas de pensar y sentir con él o con ella. No dejas de repensarte.

Desde hace cinco años tengo otra viviendo conmigo 24h. Vaya diferencia. No me aburro insisto, aunque a ratos extrañe algo de soledad. H. me hace sentir y pensar mucho. Sí, aún más de lo que ya lo hacía solita. Y no era poco.

Trabajo en equipo y tengo suerte. Mi vida laboral está acompañada. Tengo compañía y contraste y eso es bueno y sano. Allí, ampliando la mirada, somos muchos más. Allí van a vernos otros muchos que esperan que podamos ayudarles. Es lo que tiene trabajar en una ONG, te da fama de bueno. Y eso terrible.

A lo largo de este mes estaremos al 50% por diversas, buenas y merecidas circunstancias, así que los que estamos recibimos el doble. El doble de historias. El doble de angustias. Y es imposible estar angustiado y aburrido por la rutina al mismo tiempo. P., de la rutina, ni rastro.

En momentos difíciles, y éstos lo son, siempre me pregunto cuánto dolor puedo recibir sin que surja el mío. Cuanta angustia, sin que desaparezca mi serenidad. Cuanta rabia, sin gritar las mías. Pero siempre, cuando parece que te vas a romper, aparece alguien y te alegra el día. O tu vas y buscas la alegría si has aprendido a cuidarte (es lo que tiene la experiencia). Estamos en Ferias en esta bella ciudad, sigue haciendo calor. Y eso me produce una alegría inmensa.


Entonces, en el trabajo y en la calle, ves una sonrisa, un logro, una decisión firme –aunque sea mala-. Ves el camino a seguir en ese campo minado que es la vida de los que vienen a vernos y te sientes útil. A veces, en aquello que vienen a pedirte. Otras, en aquello que vienen necesitando y no saben pedir. Alguien con quien compartir, que les escuche, les ayude a pensar, a priorizar, a decidir, a llorar, o a rabiar…Y hacer todo eso no es rutina.

Cuando anticipas lo peor, sólo pueden sucederte cosas buenas. Ha sido una buena semana.

P. siento mi tensión y mi tristeza. Yo no soy así, sólo que a veces me asusto. Y claro, está todo lo demás.