Las miradas que nos hacen a ambas, siempre terminan con la misma frase: "cómo os parecéis!". Quizás la madurez ha permitido que yo sea capaz de ver esas similitudes mirándonos de otra manera. Quizás no se trata de que sus ojos sean verdes y los mios castaños, sino se trata de nuestra mirada que es similar. No es que sus labios sean finos y los mios más gruesos, se trata de la forma de sonreír, que es compartida. Y así, creo que me he ido convenciendo. Y sí mamá, cuando te miro, me veo.
Y pienso en esto porque H. me decía hace unos días (sí, la vida con ella, no es aburrida). Mamá ¿Yo me parezco a mi otra mamá? ¿Tu me viste cuando era un bebé? Creo que necesita mirarse en los demás y sentir que alguien le devuelve una mirada, que es un espejo.

Hace unos minutos, antes de las buenas noches que estamos reaprendiendo, me decía: "Mamá, quiero que seas negra" y me daba pistas: "Si vas mucho a la playa te puedes poner (soy de las que se tuesta rápido), ...luego te pintas el pelo de negro y con los rizos, ya nos parecemos!. Entiendo esa necesidad de continuidad que ella no tiene y necesita. Continuidad, que a la mayoría de nosotros, de pura obviedad, se nos vuelve imperceptible en lo practico y en lo emocional. De hecho, cuántos de nosotros hemos escuchado ante el nacimiento de un bebé... ¿Y a quién se parece?. Y buscamos reconocernos en nuestros hijos o aspiramos a que no hereden tal o cual rasgo físico que nos desagrada... Sin pensarlo estamos siempre construyendo los eslabones de la cadena.
Hoy, a pesar de sus inquietudes, H. tendrá dulces sueños. Nuestra familia es grande. Primero se abren bien los ojos y luego se aprende a enfocar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario