Yo pensaba que había empezado el año con menos fuerza que otras veces. Las navidades no habían sido reparadoras, como suelen serlo, sino más bien, lo contrario.
Pero ayer acabó Febrero, y ha sido agotador..
Emocionario es un libro que recomendé hace algún tiempo, al igual que todos los de esta editorial. Ahora lo retomo porque tengo la sensación de haber sentido tanto este mes, tanto y de tan distintos modos...que he querido buscar una guía que me ayudara a deshacer esta confusa mezcla.
En el vaivén que supone siempre el sentir, mi corazón este mes ha estado monopolizado por cuatro grandes corazonadas....
Las incómodas (la ira, la irritación, el desaliento...) al ver la ruina en la que se ha convertido el país que me vio nacer, ese país que recuerdo ya lejano, lleno de virtudes y preso de sus defectos. Ese país vivido, añorado, leído y releído estos días a través de los relatos que otros tejen y destejen desde las celdas donde se encuentran o desde el exilio a donde han ido a parar sin pretenderlo, siempre condenados, siempre sin haber cometido delito alguno.

Las urgentes (el asombro, la irritación, la vergüenza y la decepción) contemplando los métodos pedagógicos de la profesora que a H. le ha tocado en este curso. Una mujer que no sólo es vaga que ya está mal, sino que se permite a estas alturas del cuento utilizar el castigo físico con sus alumnos. Hasta aquí hemos llegado...Y lo que supone el decir Basta Ya!!!...y movilizar, organizar, razonar, llevar a la acción esas sensaciones de frustración e impotencia frente al que acuna al mediocre y teme a las voces disidentes. He hablado más por teléfono (que me gusta más bien poco) en este mes que en el último semestre. He hecho, estoy haciendo, un ejercicio de templanza que contiene mi indignación y mi rabia cuando lo que quiero es gritar a todos esos cómplices del miedo, de la mediocridad, del dejar estar,....No hemos terminado aún esta batalla pero veo que damos pasos, que avanzamos para que las cosas se reconduzcan y ningún niño pague las consecuencias.
Las que se anuncian venideras (la inseguridad, la confusión, el orgullo, la ternura) con una preadolescente en casa que me iguala y supera en intensidad. Que aunque nunca lo ha sido, ya es menos dócil, ya reclama espacios y derechos a menudo sin haber cumplido con los deberes. No, ya los académicos, sino todos en general. Una preadolescente que me pilla agotada de otras luchas y quizás sin la serenidad necesaria para hacer frente a sus demandas. Una preadolescente que, en su línea, la de todos, cree que el mundo le debe lo que no tiene, pero no siempre está dispuesta al trabajo duro y al esfuerzo para conseguirlo. Han sido días duros pero parece estar reconducido. Después de muchas pruebas, finalmente parece que encontré la tecla para desactivar la bomba antes de que nos explotara en las manos. Entonces llega la paz, la miro, y huidas ya su tensión y la mía, me reafirmo en que tanta intensidad solo es posible desde la "tanta" importancia que tenemos la una para la otra.
Y las mejores (la ternura, el amor, la alegría). Hace veinte días nacieron de un vientre de alquiler, N. y A. las hijas del más especial de mis compañeros de vida. Su paternidad es una muestra más de su valentía. Acompañando todo su proceso he estado, planteándome junto a él y su pareja la enorme, inmensa, inconmensurable complejidad emocional y ética de esta decisión en el marco de su estrecho margen de maniobra. Ver las fotos de las recién llegadas, en medio de las tormentas que vivía desde aquí, ha sido un bálsamo que he agradecido cada noche al irme a dormir. Pensar en todo lo que hemos tenido que andar juntos y separados para llegar a materializar ese momento me hacia tener la serenidad necesaria para creer que las emociones anteriores también se transformarían.
Y en ello hemos estado, emocionandonos... a mares.
UNO. Hace unos años, encontré y traje a vivir conmigo, una foto de mi abuela, dicen que tenía 16 años. Tenerla, considerando aquellos tiempos, en aquellas condiciones socio económicas, es para mí un verdadero tesoro. Un tesoro que almaceno junto a otros retratos de media vida familiar vivida antes de mi llegada a este mundo. Porque al verlos, me siento más cerca de lo que soy y le doy muchísimo más valor al paso del tiempo, a la huella genética que, al precederme, me define.
DOS. Cuando de pequeña enseñaba el álbum familiar, mis amigos me preguntaban si mi madre se había casado dos veces. En ese álbum había fotos de una boda de mi madre con alguien que no era mi padre. Y más tarde otras fotos de estudio con ambos vestidos con el traje de boda. Mi madre se casó "por poder". Uno de mis tíos ocupó el lugar de mi padre en la ceremonia en este lado del mundo, mientras él la esperaba al otro lado del océano. Una vez reunidos, decidieron dejar constancia del matrimonio.

TRES. En las semanas anteriores a mi viaje migratorio, me dio por preguntar a
los amigos que habían viajado y vivido en otros países, por los consejos
que podían darme para hacer de mi migración un proceso menos costoso en pérdidas y ausencias.
El que todos estos años he considerado uno de los mejores fue: "LLévate
fotos de la gente que quieres. No es lo mismo hablar de ellos, que poder
decir, mírale, este es...y, a partir de allí, narrarte". Me traje muchas
fotos, y lo celebré, lo celebré muchas veces.

CUATRO. Antes de conocer a mi hija en persona, recibí dos o tres fotografías de ella. Un par de días antes de marcharme a conocerla, recibirla en mis brazos, traerla a nuestro hogar, pensé... (pensé miles de cosas) pero entre ellas pensé que sería un bonito detalle que ella sintiera que formaba parte de este hogar antes de entrar por la puerta. Saqué una copia de una de esas fotos y la coloqué en un portaretrato en el recibidor de entrada, junto a otras fotos familiares. Cuando entró se la señalé. Mira! eres tú! Esta es tu casa. Nuestra casa.
CINCO. Como ésta es, en buena parte de las ocasiones, una ciudad de tránsito, es frecuente que los vínculos que en ella creamos tengan que pasar la dura prueba de la distancia, una vez que el curso de nuestras vidas deja de reunirnos en su seno. A. nunca vivió aquí pero con M., su hermana, he compartido hogares, aventuras y desventuras, amores y desamores, compañías para celebrar y algunas otras para el olvido. Las suficientes horas de fiesta y baile. Comidas deliciosas y paseos inolvidables. Con ella y con P. que también ha formado parte de esa historia común. Ellos son mi familia en esta tierra continental. Y como si no, viven lejos. A ellas y a él les separan casi 800Kms. Yo vivo en medio.
Hace unos años cuando ya nuestra estable vida comenzaba a asentarnos a cada uno en lo que parece nuestro hogar definitivo comenzamos a reunirnos "a mitad de camino". Sin pretender convertirlo en una tradición, en la medida de nuestras posibilidades hemos ido organizando un encuentro conjunto anual, un finde rural, que ya dura un lustro y al que hemos ido incorporando paisajes, aventuras, vida y sobretodo hijos. A. nos ha hecho llegar hace unos días un álbum maravilloso que recoge el testimonio visual de esos encuentros. Un regalo precioso.
Cuando celebremos el siguiente encuentro, con un poco de suerte, si todo sigue según lo previsto, nos acompañarán dos más. Y con ellas de la mano esperamos seguir celebrando, y retratando, la vida y los vínculos que permanecen por la solidez de las cosas en las que se fundamentaron: la sangre, la amistad, el amor, la valentía.
Y en ello pienso a estas horas. Mi amigo tenía razón. No dejéis de tomar fotografías, de atestiguar la vida vivida, de imprimirlas, y llevarlas con vosotros, de mostrarlas y compartirlas...
P. siempre me dice "para sufrir solo hay que querer". Y yo creo que tiene razón.
Es verdad que a algunas personas el sufrimiento les llega por razones obvias pero, para la gran mayoría de la gente, el sufrimiento es una actitud. Una actitud que viene determinada por su tendencia a creer que lo que les sucede es el peor de los males, algo irreparable y dejará en su vida una huella que permanecerá para siempre.
Sí, da igual que sea que no les sonó el despertador, su catarro haya empeorado, les hayan puesto una multa, o la persona de la que están enamoradas no sienta lo mismo por ellas. Sea lo que sea, les amarga el día, lo cual ya está mal, pero es que además tienen el arte de amargarselo (o al menos eso intentan) a los demás. Esos, a los que casi nunca les pasa algo que sea tan malo, tan grave o tan descorazonador, como a ellos.
H. tiene esa tendencia natural. Sufre. Anticipa males. Focaliza defectos. Es sensible a lo que no funciona de la vida y, en ese orden de ideas pare usted de contar. En general, es una niña jovial, solo hasta que una pequeña circunstancia le amarga el día, entonces ella se transforma rumiando y rumiando su desgracia.
Yo, por genética o educación, soy lo contrario. Y eso me hace feliz, ser como soy. Por eso reconozco que ver esa tendencia en H. me hace sufrir, porque la veo sufrir a ella. Ya sabéis, mimetismo materno filial.
Sin embargo, algo está cambiando.
Hace unas semanas H. preparaba un baile para el acto de Navidad del Colegio. La indumentaria del baile, decidieron incluiría un sombrero de copa, de estos cargados de brillantina. Inicialmente, plateada, porque H. y yo ya lo habíamos comprado para otro baile. A dos días del baile una de sus amigas me escribe preguntándome cual de los dos sombreros dorados que me enseñaba en una fotografía era el que debía comprarse, le indiqué cuál pero le recordé que era color plata. Me dijo entonces: "...pero si H. nos ha dicho dorado". Sonreí. Otra más de sus virtudes..."Dorado o Plateado, da igual, mamá"...
Y sí da igual, en ciertas ocasiones, pero si quieren ir todas iguales más te vale que digas el color correcto. Y así terminaba el día, todas con el sombrero dorado, como H. había indicado y ella con uno plateado. Serenidad que se avecina un tsunami.
Le expliqué lo que sucedía y la responsabilidad que ella tenía en ello porque nunca le había importado distinguir ciertas cosas. Odia que la corrijan, pero eso no la lleva a aprender (para evitar la corrección) sino a rechazar a quien la corrige. Serenidad y Paciencia. ¿O no era eso criar,? un acto de paciencia infinito y de tesón y constancia inigualable. Pues sí, en eso creo, en eso estamos.
Ella no lo pidió explícitamente, pero anticipando la tragedia le dije: "Tiene remedio, falta un día, podemos comprar otro". El precio era insignificante y sin duda mucho menor que el pagaría H. por su error remarcando con ello su diferencia y, sobretodo, dejando de disfrutar del baile que con tanto entusiasmo había preparado con sus amigas.
A mi me esperaba un día terrible y sin margen laboral para la compra en horario comercial pero ponderando costes y logros, con una torre de trabajo para casa, salí de trabajar a las ocho de la tarde, a buscar el sombrero dorado a la tienda que hay al lado de casa, esa en la que días antes habíamos comprado el plateado.
"No hay, se han agotado" nos dice el dependiente. Me miró con cierta tristeza y le ofrecí: ¿Quieres que probemos en otro sitio? Sí, por favor.
Mientras, en el trayecto, comenzó serena a explicarme que lamentaba su error, que nunca más olvidaría la diferencia entre ambos colores. Y que si no encontrábamos pues no pasaba nada. Segunda tienda: "Están agotados".
Yo, asombrada con su serenidad y la ausencia de catastrofismo, con la visión constructiva que le estaba dando al asunto, le dije
-¿Lo intentamos en otra?
- Sí.
- Tendrás que entrar y mirar sola porque tendré que aparcar en doble fila
Ella, a veces aprehensiva para estas cosas contestó: "Sí, no hay problema".
Lo hizo buscando y nada en su cara reflejaba sufrimiento. Tercer intento: Tampoco había.
Entró al coche, la miré esperando su derrumbe pero estaba entera.
Cariño, son casi las nueve y media, sólo tendremos tiempo de intentarlo en un sitio más pero será más difícil porque para ir a ese, sí tendré que aparcar. "Lo intentamos", me dijo sonriendo.
Como mi buena estrella es inmensa, tras una vuelta, en hora punta para buscar un sitio donde aparcar, en un barrio donde los aparcamientos brillan por su ausencia. Allí estaba, en la calle de atrás de la tienda, un sitio para aparcar nos estaba esperando.
Entramos corriendo a la tienda. Buscamos con la mirada y nada. Ya rendida la busqué y le dije: nos vamos. Y ella me miró sonriendo: Míralos, están ahí!!!. Lo tenemos!!!, un sombrero de copa dorado.
Bailó con su sombrero. Feliz, sonriente, segura.
Antes, tuvimos una conversación interesante. Gracias mamá, me dijo, por ayudarme a buscarlo. Yo sonreí jugando con ella a distinguir dorado y plateado en mil ejemplos de imágenes. Y señalando al final que no es lo mismo, ni esa ni muchas otras cosas a las que ella, por no aceptar la corrección, no les da importancia. Y no aceptarlo, no aprenderlo, tiene sus consecuencias.
Y hablamos también de lo importante que es pensar en las soluciones y no en los problemas. Buscar con constancia y con esperanza. Confiar, insistir. Atraer hacia nosotros las posibilidades, enfrentarnos a aquello que nos cuesta, para lograr aquello que queremos.
Esa noche me tocó trasnochar algo para terminar el trabajo que me llevé a casa pero lo hice feliz. Orgullosa de ella. Y se lo dije muchas veces esa noche. Si tu te hubieras rendido a la primera, si hubieras empezado a quejarte, a hablar de la mala suerte que tenías, a echarle la culpa a otro por la confusión; seguramente yo hubiera regresado a casa, cargando tanto tu desaliento como el mio. Pero no, esta vez no, esta vez fuiste más fuerte que la adversidad y por eso tuviste una recompensa. No siempre es así, le dije, y también hay que aceptarlo pero, por esta vez, lo hemos logrado y vamos a disfrutarlo.