A. lleva un par de días a mi lado. A mi lado, laboralmente hablando.
A. tiene un nombre que llama la atención. Y si va unido a sus apellidos, no llama la atención, más bien genera curiosidad absoluta. Por diferente. Por poco habitual. Conocer su nombre generó preguntas en mi equipo en relación a cuánto sabía de ese joven. Poco. Sé poco. Le llamaré, así veremos cuánto castellano habla. Y habla bien. Nada que llame la atención. Nada si no sabes como se llama. Si no le ves.
Pero cuando le ves, ya sabes que su historia de vida no tiene su origen en esta tierra. A., como mi hija, con su físico, va diciendo que su origen no está aquí. Lo que no sabes con claridad es cuando ya empieza a serlo. Ser de "aquí" para que dejen de preguntártelo.
Y cuando yo presento a A. como un nuevo compañero, la gente le da la bienvenida y añade: ¿Y de dónde eres?. Y él responde paciente: "Yo nací en..." y con ello me refleja que está cansado. Cansado de dar explicaciones sobre su origen étnico. Cansado de ser identificado como ajeno. Cansado de tener que contar su vida, para contar de dónde es.
Y llevo dos días pensando en ello. Y observandole. Respetando su tiempo para contarse y tratando de ver a un joven que simplemente está aprendiendo de aquello a lo que se quiere dedicar.
Qué difícil es que algo en ti te obligue a dar explicaciones, sobretodo porque los demás se sienten en el derecho de preguntar. Incluso desde la más sana curiosidad y con la más bondadosa de las aproximaciones. Te acaban de conocer, pero te preguntan por tu vida. Y eso no lo hacemos habitualmente.
Me alegra haber sabido poco de A. Eso refleja que para quien lo guió
hasta mí, que fuera de origen extranjero, no resultó significativo. Y eso está bien. Es el nuevo estudiante en prácticas, es chico, vive en Salamanca en este momento, estudia una carrera universitaria, tiene una dulce sonrisa y una voz grave. Nada más.
Yo, sin embargo, le veo actuar. No sé si son mis prejuicios o mi mirada atenta pero veo su huella cultural en esa forma de estar, de caminar, de mirar. Y veo como en un halo eso que era antes de ser. Eso también me sucede con H. cuando veo en ella cosas que no tienen que ver con su experiencia ni con la mía. Es algo que trae de antes y que no son sus rasgos físicos, es más. Es su forma de moverse, las cosas que le resultan bellas, la estética que le seduce.
Y creo que es algo parecido a lo que yo siento al escuchar esta música. Esa emoción es para mi, genética. No producto de un aprendizaje consciente, es la herencia biológica de mis padres que me trasmite cosas que me emocionan, no por experiencia directa, sino por herencia cultural expresada a través de los genes.
No me digan que no es curioso...
Esta mañana he llevado mi coche al taller para una revisión de rutina. Al entrar, de espaldas a mi, se encontraba una mujer haciendo tareas de limpieza. Enseguida vinieron a atenderme. Yo comencé a hablar con quien me recibía...
Tras unos minutos de conversación, con su mejor sonrisa, esa mujer se acercó a mi para verme el rostro y dijo mostrando una gran alegría: sabía que esa voz era la tuya. Agradecí en ese instante, al ver su mirada ilusionada, que todos los dioses del olimpo, en un segundo, me ayudaran a recordar su nombre. Me dijo: ¿Te acuerdas de mi? Cuanto me habéis ayudado!. Le respondí Claro! Querida F. ¿Cómo estás?.
Se dirigió al que me atendía, que evidentemente era su jefe. Cuánto me ayudaron estas chicas! pronunciando mi nombre y el de una compañera. Sonreí. Hace trece años y se sabe mi nombre!, refiriéndose a mi que había pronunciado el suyo (nada común por cierto!!) . Realmente es algún año menos de los que ella recuerda, pero ciertamente más de una década.
Celebro recordar su nombre, por darle una alegría.
Durante unos minutos, para mi sonrojo particular, contó lo que supuso encontrar a alguien que la escuchara y que intentara entenderla cuando apenas balbuceaba el castellano, como le informamos y orientamos para que no se perdiera en la maraña administrativa que suponían entonces, las gestiones de regularización administrativa de lo población extranjera. Su gratitud fue realmente cautivadora.
O. y yo seguimos trabajando en la misma ONG que entre otros colectivos vulnerables sigue trabajando con población inmigrante. F. es de origen búlgaro y que recuerde su nombre es realmente una proeza de mi parte. Pero sí, lo he recordado. Recuerdo muchos nombres y sobretodo recuerdo sus historias. Porque cuando te narras, le das a alguien una parte de tu vida. Cuando la migración, voluntaria o inevitable, te hace perder tus redes sociales, cualquier persona que te mire, te sonría, te anime, te oriente... te otorga esperanza y confianza, te hace sentir que, aunque estas lejos de los tuyos, no estás sólo. Que hay alguien a quien le importas. Alguien que repara en ti y que asume tus batallas como propias y con ello también te ayuda a ganarlas.
Que importante es importarle a alguien. Que libren tus batallas como propias porque sólo las que no se luchan, están perdidas de antemano, y a veces tu no sabes de la guerra.
En ningún lugar he aprendido tanto como con ellos. Y sí, es verdad, sus batallas fueron y son, siempre, parte de las mías. Y me alegro. Doy, lo que me gustaría recibir. Doy, lo que mis padres emigrantes recibieron. Doy agradecida, por eso me sonroja su agradecimiento. He dado sí, pero he recibido en la misma medida. Y si no, fíjate F. me has tenido todo el día con la sonrisa en la boca.
Y no está mal sonreír con los tiempos que corren.
Esta mañana me puse un collar que V. le dejo en herencia a mi hija cuando se fue a vivir al pais de los colores y la lucha. Cuando se fue a ser más feliz de lo que aqui era. Y lo logró, aunque ahora otras cosas la mortifiquen. Yo también quería irme, a otro país amigo, pero me quedé. Y me gusta lo que ha sucedido. Lo que nos ha sucedido a ambas.
Como llevaba su collar he estado pensando en ella mucho tiempo. Era fácil, la tenía más cerca de mi corazón. El collar me ha hecho consciente de su huella. Esas señales que me hacen recordarla y, al hacerlo, me traen su rastro, escrito de muchas formas... su delgadez extrema, su cara de hada, ese espiritu sufrido que la persigue y caracteriza. Y también ha estado aquí su huella, en emociones y reflexiones de tantos años de tan buena compañía.
A raiz de esa sensación, he estado también pensando en otras huellas. Pensaba en la huella que dejamos nosotros desde una ausencia que no siempre es tal...
Pensaba, pienso...
En esa sonrisa que alguien me regaló en el sótano de un Hospital sin conocerme y cómo, una hora después por carambolas de la vida, se convirtió en mi tutor de prácticas de una de las asignaturas más importantes de la carrera. Un hombre que desde entonces y después me enseñó a luchar contra mis fantasmas, acogió mis miedos y mis llantos y me regaló ternura, amor y deseo cuando más necesario era. Que historia más bonita.

Pienso en esa mujer delgada y ojerosa que en las primeras semanas de Universidad, me invitó a acompañarla en la ruta aventurera hacia nuestra casa y como se convirtió a partir de entonces en una gran compañera de vida. No de un viaje por carretera, que hicimos miles, sino de un viaje vital que acumuló muchas horas y que desde su intensidad sacó la intensidad que había en mí. Tras la tormenta la calma.
Pienso en la huella de ese lugar paradisiaco, entre las montañas y la niebla, al que fui a trabajar al poco acabar la carrera y en la gente que allí me encontré. En los que confiaron en mi, los que me exigieron, los que me desearon y acompañaron en esos años. En esa mujer compañera hermosa y fiel que llenó mis horas de risas, complicidad y picardía. En esos hombres maduros que tenían entonces la edad que yo tengo ahora y que parecían señores, cuando en realidad lo que sucedía era que yo era una niña. En los compañeros de ese viaje vital, y de los muchos que en ese entonces hicimos a Cata y Choroní. En tu acento y tus caricias. En que igual que os fuisteis habeis vuelto. Con más años y mejores.
Pienso en JC por su amor y desamor. Porque hizo posible una migración a la que de otra forma me hubiera negado. No fue por tí, fue gracias a ti. A ti que no estas, lo que no significa que no pueda percibir tu huella. Lástima que no funcionó. Y los motivos fueron contundentes.
Y te veo a ti, como la primera vez, al otro lado de la ventana, y en todas las miradas de estos años. No es tu huella contundente. Es nuestra huella compartida. Cuando fuimos a buscar a H. yo pensé que dejarías de ser el amor de mi vida pero no era cierto Son amores diferentes.
Y huella dejó quien me volvió de tan valiente, imprudente. De tan seductora, seducida. De tan tierna, tan tirana. De tan torpe, tan ágil. De tan romantica, tan realista. De tan enamorada, tan compañera. De tan seria, tan sonriente. De tan intensa, tan serena.
Tras unos meses de convivir con H. me dije a mi misma, que suerte has tenido. Se nota que ha sido una niña querida. Porque el amor se nota. Aunque las heridas también. Y no está mal que las cosas dejen huella. Nos recuerdan lo que somos. Lo que hemos sido. Sólos, pero sobretodo, en compañía de otros.